LA GAVIDIA NO PUEDE CONVERTIRSE EN UN LUGAR DE COPAS

LA GAVIDIA NO PUEDE CONVERTIRSE EN UN LUGAR DE COPAS


LA HISTORIA NO SE PUEDE REHABILITAR COMO SI FUERA ÚNICAMENTE UN EDIFICIO. LA HISTORIA EXIGE RESPETO.


Por Fidel Romero Ruiz


Hay edificios que dejan de ser ladrillos para convertirse en conciencia.


La antigua comisaría de La Gavidia, en Sevilla, es uno de ellos.


Allí no entraban turistas. Entraban detenidos.


No sonaban brindis. Se escuchaban gritos.


No se celebraban reuniones de negocios. Se arrancaban confesiones bajo la amenaza, el miedo, las palizas y la tortura.


Entre aquellas paredes fueron encerrados hombres y mujeres cuyo único delito era defender la libertad, la democracia, los derechos de la clase trabajadora o militar en organizaciones políticas y sindicales perseguidas por la dictadura franquista. Muchos eran comunistas, socialistas, sindicalistas, estudiantes y demócratas que decidieron no agachar la cabeza ante el fascismo. Algunos salieron con el cuerpo destrozado. Otros arrastraron durante toda su vida heridas que nunca llegaron a cicatrizar.


Hubo quienes contaron que lo peor no eran solo los golpes. Era la incertidumbre. No saber cuándo terminaría el interrogatorio. No saber si volverían a abrazar a su familia. No saber si saldrían andando o serían trasladados a otra prisión.


Otros recordaron que, desde los calabozos, podían escuchar los gritos de quienes estaban siendo torturados. Esos gritos no desaparecieron nunca de su memoria.


Muchos perdieron su juventud.


Muchos perdieron su trabajo.


Muchos perdieron su libertad.


Y algunos lo perdieron todo.


Cada derecho que hoy disfrutamos tiene detrás el sacrificio de personas que lo dieron todo para conquistar una democracia que entonces parecía imposible.


Por eso quiero reconocer públicamente la intervención de Ismael Sánchez en el Pleno del Ayuntamiento de Sevilla. Comparto plenamente su defensa de La Gavidia como un auténtico espacio de Memoria Democrática. Me parece un acto de justicia hacia quienes fueron perseguidos y una obligación moral con las generaciones futuras.


Yo no puedo permanecer callado.


Me siento profundamente orgulloso de quienes, desde el movimiento obrero, el Partido Comunista, el socialismo, el sindicalismo y tantas organizaciones democráticas, soportaron detenciones, cárceles, torturas y persecuciones para conquistar las libertades de las que hoy disfrutamos.


Gracias a ellos hoy podemos votar.


Podemos fundar un sindicato.


Podemos militar en un partido político.


Podemos escribir un artículo crítico.


Podemos manifestarnos.


Podemos defender nuestras ideas sin vivir bajo una dictadura.


Y precisamente porque conozco esa historia me produce una enorme tristeza comprobar cómo un lugar marcado por el sufrimiento de tantos hombres y mujeres pueda terminar integrado en un proyecto donde el lujo, el ocio y los brindis corren el riesgo de eclipsar lo verdaderamente importante: la memoria de quienes dejaron allí parte de su vida.


No hablo contra el progreso.


No hablo contra la recuperación de un edificio.


Hablo contra el olvido.


Porque hay lugares que pertenecen a la conciencia colectiva de un pueblo.


Y La Gavidia es uno de ellos.


Creo que una democracia que se respeta a sí misma no esconde los escenarios de la represión. Los preserva. Los explica. Los enseña a las nuevas generaciones para que nadie vuelva a creer que la libertad nace sola.


La libertad nunca fue un regalo.


Fue una conquista.


Y esa conquista tuvo nombres, tuvo rostros y tuvo un precio.


Hoy seguimos comprobando que determinadas opiniones, expresiones o actuaciones públicas pueden generar procedimientos judiciales, investigaciones o consecuencias legales. Precisamente por eso resulta tan importante recordar de dónde venimos y cuánto costó conquistar derechos y libertades que nunca deberían darse por garantizados.


Por eso me preocupa que algunos prefieran que determinados lugares pierdan su significado histórico.


Porque cuando un pueblo deja de recordar dónde se torturó, dónde se persiguió y dónde se intentó silenciar a quienes pensaban diferente, empieza a debilitar también la conciencia democrática que impide repetir esos errores.


Y AL ALCALDE DE SEVILLA QUIERO DECIRLE UNA COSA


La historia no se puede rehabilitar como si fuera únicamente un edificio.


La historia exige respeto.


Usted puede inaugurar un hotel.


Puede rehabilitar una fachada.


Puede abrir un nuevo espacio comercial.


Pero jamás podrá rehabilitar el sufrimiento de quienes fueron detenidos, humillados y torturados entre aquellas paredes.


Esa deuda solo puede saldarse con memoria, con verdad y con dignidad.


Creo sinceramente que convertir La Gavidia en un lugar donde el lujo y el ocio compartan espacio con uno de los mayores símbolos de la represión franquista en Sevilla supone un profundo error político y moral.


No todo puede medirse en rentabilidad económica.


Hay lugares cuyo valor reside precisamente en recordarnos hasta dónde puede llegar la intolerancia cuando desaparecen la libertad y la democracia.


La Gavidia pertenece a esa historia.


Y esa historia no puede quedar enterrada entre habitaciones de hotel, copas y brindis.


La Gavidia merece ser un gran Centro de Memoria Democrática.


Un lugar donde los jóvenes comprendan que la democracia española no nació por casualidad.


Que hubo miles de hombres y mujeres que sacrificaron su libertad para que nosotros pudiéramos disfrutar de la nuestra.


Ese legado no se puede decorar.


No se puede minimizar.


No se puede convertir en un atractivo turístico.


Porque donde hubo miedo debe haber memoria.


Donde hubo tortura debe haber verdad.


Y donde hubo personas que lo dieron todo por la libertad nunca debería levantarse una copa como si allí no hubiera pasado nada.


La memoria no molesta.


Lo que verdaderamente incomoda es que la memoria siga recordando aquello que algunos preferirían dejar atrás sin haberlo asumido jamás.


Porque un pueblo que olvida a quienes lucharon por su libertad termina poniendo precio a lo que nunca debió tenerlo: la dignidad, la memoria y el sacrificio de quienes hicieron posible la democracia que hoy disfrutamos.

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