CARTA ABIERTA AL SEÑOR ABASCAL
CARTA ABIERTA AL SEÑOR ABASCAL.
Por Fidel Romero

Señor Abascal:
Le escribo desde la indignación y desde la conciencia de quien no puede callar.
Hablo desde la ideología y desde la humanidad, porque ambas me enseñaron que ningún ser humano es diferente ni inferior a otro. Porque lo que usted promueve no es una forma de entender España: es una forma de destruirla desde dentro, enfrentando a unos contra otros y sembrando odio donde debería haber justicia, respeto y convivencia.
Usted se muestra fuerte con los débiles, pero servil con los poderosos. Ha construido un discurso que necesita enemigos: el inmigrante, la mujer que alza la voz, el joven que piensa distinto, el trabajador que reclama dignidad. Y lo hace mientras agacha la cabeza ante los fondos buitre, ante los grandes capitales, ante quienes especulan con nuestras viviendas y se enriquecen a costa de las necesidades de la gente.
Son fuertes con los que menos tienen, con los que vienen a este país a trabajar en silencio, sin papeles, sin red, sin derechos.
Los quiere asustados, sin voz, para poder pagarles lo mínimo y exigirles sumisión.
Y ahora además quiere imponerles que deben aprender nuestro idioma y adaptarse a nuestras costumbres, como si fuese algo que solo se les exigiera a quienes vienen de fuera.
¿También se lo exigirá usted a los rusos, a los alemanes, a los del Golfo Pérsico que viven entre nosotros? ¿A los ingleses que viven en casas prefabricadas en pueblos de nuestra Andalucía? Si el problema fuera solo el idioma, ¿tendría usted que diferenciarlos?
Cuando uno es racista y clasista al mismo tiempo, es difícil diferenciarlos.
Y lo cierto es que los inmigrantes vienen aquí a hacer las tareas que nosotros no queremos: a trabajar en el campo y en los servicios que hemos abandonado y que son muy necesarios. Vienen a aportar y a contribuir.
Cuando la población crece, hace falta invertir en colegios, contratar personal sanitario y ampliar plazas y recursos, pero usted señala a los recién llegados como chivos expiatorios.
Las personas migrantes que usted criminaliza no vienen solo a “ocupar” trabajos que algunos consideran menores. Vienen también a cortar el césped de nuestros parques, a cuidar nuestras casas, a atender a nuestros mayores y a nuestros hijos. Vienen a los hoteles para limpiar habitaciones, a los bares para servir mesas, a la agricultura para recoger aceitunas, fresas, tomates o ajos; tareas imprescindibles para que España siga funcionando. Muchos de esos puestos ya no los ocupan trabajadores nacidos aquí porque nuestra sociedad se ha ido formando y especializando: ingenieros, docentes, informáticos, profesionales sanitarios… Es el progreso natural de una sociedad que avanza. Pero el avance necesita también manos que trabajen la tierra y atiendan los servicios básicos. Y esas manos hoy pertenecen, en su mayoría, a personas que vienen de fuera, buscando un futuro mejor.
Mientras tanto, abre usted las puertas de par en par al que llega con dinero en la cartera.
No le preocupa el que compra mansiones en Marbella, ni el jubilado extranjero que disfruta de la sanidad pública. Con esos es complaciente. Dos varas de medir: la dureza con el pobre y la genuflexión ante el rico. Eso no es patriotismo. Eso es miseria moral.
Es también fuerte contra las mujeres, contra sus derechos conquistados con tanto sacrificio. Es fuerte contra el colectivo LGTBI, contra los trabajadores, contra la gente sencilla y honesta. Pero se arrodilla ante los gasoductos, ante los contratos del petróleo, ante quienes concentran dinero y poder.
Eso no es patriotismo, señor Abascal: eso es servilismo.
Eso es vender la patria al mejor postor mientras se envuelve uno en una bandera.
Además, ha llegado el momento de decirlo con todas sus letras: usted es capaz de vender nuestros servicios sociales —nuestra sanidad, nuestra educación, nuestro estado de bienestar— a cambio de ponerse de rodillas ante quien mande más. ¿De verdad está dispuesto a entregar el 5 % de nuestro producto interior bruto para armar y alimentar guerras, comprando armas y poder para terceros intereses? ¿De verdad va a sacrificar la escuela pública, la atención sanitaria y las prestaciones sociales para llenar los bolsillos de otros y financiar industrias de muerte? Eso no es política exterior ni defensa; eso es traición. Besar los pies políticos de Donald Trump o de quien sea a cambio de contratos y favores convierte a cualquiera en un vendepatrias: alguien que, con la bandera en la boca, ofrece por dinero la dignidad de su pueblo.
Y luego está lo más grave, lo más inhumano: su silencio cómplice ante la guerra, ante la masacre, ante el dolor de los niños.
Quisiera que mirara, sin apartar los ojos, la imagen de un niño palestino famélico, descalzo, con la ropa desgarrada, que camina kilómetros para encontrar algo de comida. Ese niño que tiende las manos y besa las de un soldado que le entrega una bolsa de alimento, y que poco después es asesinado.
Ningún niño debería vivir eso. Ninguno.
Pero usted lo justifica, lo aplaude, lo celebra como si la vida humana dependiera del lado del muro donde uno haya nacido.
¿Dónde está su humanidad? ¿Qué clase de moral permite mirar a otro ser humano morir de hambre y seguir hablando de “valores”?
Eso no es defender una patria, eso es perder el alma.
Porque quienes sentimos de verdad este país sabemos que la patria no está en el grito ni en la frontera, sino en la dignidad de su gente. En el derecho a la educación, a la sanidad, a la vivienda, a la cultura, a la libertad de pensar y de amar sin miedo.
Y usted quiere arrebatarnos todo eso, para mantenernos dóciles, mal informados, manipulables. Para que solo veamos el camino que usted marca y olvidemos que hay otros posibles, más justos, más humanos, más solidarios.
Pero aquí estamos, señor Abascal.
Los que no nos resignamos, los que no agachamos la cabeza, los que venimos de familias que fueron perseguidas por pensar distinto, pero nunca se rindieron.
Somos los hijos y nietos de los que lucharon por la libertad, por la justicia y por la dignidad. Y aquí seguimos, con la cabeza alta y la mirada firme.
Estamos aquí para decirle que no pasarán.
No pasarán sobre nuestra memoria, ni sobre nuestros derechos, ni sobre la verdad.
No pasarán porque no tenemos miedo.
No pasarán porque este país merece más que el odio y la mentira.
Y no pasarán porque mientras haya gente que crea en la justicia, en la igualdad y en la humanidad, habrá esperanza.
Firmado:
Fidel Romero
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