NO ES LA BANDERA. SON LOS VALORES QUE ENVUELVE
NO ES LA BANDERA. SON LOS VALORES QUE ENVUELVE.
Por Fidel Romero Ruiz
EL VERDADERO PATRIOTISMO NO SE EXHIBE: SE DEMUESTRA DEFENDIENDO A TU PUEBLO, SUS DERECHOS Y SU DIGNIDAD.
No tengo ningún problema con una bandera ni con sus colores.
El problema nunca ha estado en la tela. Está en lo que se hace en su nombre y en los valores que representa.
Si una bandera no envuelve la solidaridad con quien más lo necesita; si no protege la sanidad pública, la educación pública y el derecho a una vivienda digna; si no defiende los derechos de las personas trabajadoras, la igualdad entre mujeres y hombres, la libertad para que cada persona ame a quien quiera y viva como decida; si no representa la acogida, la empatía, la justicia social, la democracia y la paz entre los pueblos…
Si, por el contrario, se utiliza para justificar el odio al diferente, el enfrentamiento, la exclusión, la guerra, el recorte de derechos, la persecución de quien piensa distinto o la intolerancia…
Entonces esa bandera no es mi bandera.
Porque una patria no se mide por los símbolos que exhibe, sino por la dignidad con la que trata a su gente.
Ser patriota no consiste en envolverse en una bandera durante un partido de fútbol ni emocionarse cuando suena un himno para, al día siguiente, llevar la fortuna a un paraíso fiscal o fijar la residencia en otro país para contribuir menos al sostenimiento del bien común.
No es patriotismo presumir de España mientras el dinero que aquí se gana acaba tributando fuera de ella.
Quien no contribuye, pudiendo hacerlo, al mantenimiento de los hospitales públicos, de las escuelas públicas, de la atención a las personas mayores, de la dependencia, de las infraestructuras o de la protección de quienes más lo necesitan, podrá envolverse en todos los colores que quiera, pero difícilmente podrá decir que está defendiendo a su país.
Porque un país no se sostiene con discursos. Se sostiene pagando impuestos con justicia, respetando las reglas comunes y entendiendo que nadie prospera solo. Prosperamos cuando todos aportamos según nuestras posibilidades para que nadie quede abandonado.
Para mí, el patriotismo consiste en defender el interés general por encima del interés particular. En proteger lo que es de todos. En garantizar que un niño tenga una escuela donde aprender, que una persona enferma encuentre un hospital que la atienda, que un trabajador tenga derechos, que una mujer viva en igualdad y libertad, que nuestros mayores tengan una pensión digna y que quien atraviese una situación difícil no sea abandonado a su suerte.
Ese es el país que merece ser defendido.
Por eso tampoco entiendo las banderas desligadas de los valores que representan.
Cuando muchas personas defienden la bandera de la Segunda República, no están reivindicando únicamente unos colores. Están recordando un proyecto de país que, con todas sus dificultades y contradicciones, impulsó avances profundamente transformadores para la España de su tiempo.
La Constitución de 1931 reconoció derechos y libertades que eran extraordinariamente avanzados para aquella época. Apostó por una educación pública, gratuita y laica, llevando miles de escuelas a pueblos donde nunca antes había llegado la enseñanza. Situó la cultura y el conocimiento como herramientas de emancipación. Impulsó reformas para mejorar las condiciones de vida de las clases trabajadoras y abrió el debate sobre una reforma agraria que buscaba hacer más justa la distribución de la tierra.
También reconoció avances decisivos para las mujeres. Se consolidó el sufragio femenino, se aprobó la ley del divorcio y se avanzó hacia una igualdad jurídica impensable hasta entonces. Muchas mujeres pudieron estudiar, ejercer profesiones, enseñar y participar plenamente en la vida pública en un momento histórico en el que gran parte de Europa aún mantenía enormes limitaciones.
Aquellos valores fueron interrumpidos por el golpe de Estado de 1936 y por una larga dictadura que supuso la pérdida de numerosas libertades y derechos. Durante décadas, la censura sustituyó a la libertad de expresión; muchos maestros y maestras fueron represaliados por enseñar a pensar; la igualdad retrocedió y las mujeres volvieron a quedar sometidas a una legislación que limitaba profundamente su autonomía personal, económica y familiar.
Por eso las banderas nunca son solo un trozo de tela.
Son la memoria de unos valores.
Son el reflejo de una manera de entender la convivencia.
Lo verdaderamente importante no es el color de una bandera, sino aquello que protege.
Mi patria es la que cuida. La que comparte. La que garantiza derechos. La que protege a quien trabaja. La que no abandona a quien enferma. La que no deja a nadie atrás. La que entiende que la riqueza de un país debe servir para mejorar la vida de su gente y no únicamente para aumentar el beneficio de unos pocos.
Mi patria es la que construye escuelas antes que cárceles, hospitales antes que privilegios, viviendas antes que especulación, puentes antes que muros.
Es la patria de la democracia, de la solidaridad, de la justicia social, de la igualdad y de la paz.
Porque, al final, una bandera vale exactamente lo mismo que los valores que es capaz de abrazar.
Y yo no elijo una bandera por sus colores.
La elijo por la humanidad que es capaz de representar.
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