DAR GATO POR LIEBRE A ANDALUCÍA: LA GRAN TRAICIÓN DE MORENO BONILLA
DAR GATO POR LIEBRE A ANDALUCÍA: LA GRAN TRAICIÓN DE MORENO BONILLA
La palabra traicionada y el verdadero rostro de un proyecto político que nunca fue tan moderado como pretendió aparentar
Por Fidel Romero
En los pueblos de Andalucía nos enseñaron desde pequeños que la palabra dada era sagrada. Que un apretón de manos valía tanto como una firma ante notario. Que cuando alguien empeñaba su palabra, no comprometía únicamente una decisión política o económica: comprometía su credibilidad, su honor y el respeto hacia la persona a la que se la entregaba. La palabra dada era un contrato moral, un compromiso que se mantenía hasta las últimas consecuencias.
Por eso, lo ocurrido en Andalucía no es solamente un cambio de estrategia política. Es, sobre todo, la ruptura consciente de la palabra dada a millones de andaluces.
Juan Manuel Moreno Bonilla construyó durante años un personaje político cuidadosamente diseñado. El presidente moderado. El hombre dialogante. El político prudente. El dirigente de buenos modales, sonrisa permanente y apariencia de sensatez. Esa imagen que en Andalucía definimos, a veces con cierta ironía, como la del impecable jefe de planta de unos grandes almacenes: educado, amable, cercano, siempre dispuesto a atenderte con una sonrisa, generando confianza y tranquilidad. Ese profesional que es capaz de venderte incluso aquello que no necesitabas, o convencerte de que el producto que te ofrece es exactamente el que buscabas. Y cuando uno descubre la realidad, comprende que, como decimos en Andalucía desde hace generaciones, le han dado gato por liebre.
Porque detrás de esa imagen amable y conciliadora, la realidad de las políticas aplicadas ha sido muy distinta.
Porque detrás del llamado “moreno bonillismo” nunca hubo una ruptura real con las políticas más conservadoras de la derecha española. Mientras se proyectaba una imagen de centralidad y moderación, Andalucía ha vivido durante años un progresivo deterioro de servicios públicos esenciales, una apuesta creciente por la externalización y la privatización, un debilitamiento de la sanidad pública, una falta de inversión suficiente en la educación pública y la universidad pública, y una transferencia cada vez mayor de recursos públicos hacia intereses privados.
No estamos, por tanto, ante un presidente moderado obligado por la dirección nacional de su partido a aceptar algo que no quería. Estamos ante un dirigente que ha utilizado la moderación como estrategia política y como herramienta de comunicación, mientras aplicaba, con mejores modales y menor estridencia, buena parte de las políticas que hoy comparte abiertamente con VOX.
La diferencia nunca fue ideológica. La diferencia fue, fundamentalmente, estética.
Durante años se nos dijo que determinadas propuestas de VOX eran inviables, incompatibles con el ordenamiento jurídico o contrarias al modelo de convivencia construido durante décadas. Hoy esas mismas propuestas son reinterpretadas, justificadas o directamente asumidas como si siempre hubieran sido razonables. No porque haya cambiado la ley, ni porque haya cambiado Andalucía, sino porque ha cambiado la estrategia política del Partido Popular.
La realidad es mucho más sencilla y mucho más preocupante: Moreno Bonilla no ha sido arrastrado hacia VOX. Moreno Bonilla ha llegado a VOX recorriendo un camino político que llevaba años transitando.
La incorporación de VOX a las estructuras de poder en Andalucía no constituye una anomalía inesperada. Es la consecuencia lógica de una evolución política que ya se venía observando desde hace años. El Partido Popular andaluz ha ido asumiendo progresivamente postulados, discursos y prioridades que hoy encuentra plenamente compatibles con el proyecto político de la extrema derecha.
Y mientras tanto, quienes pagamos las consecuencias somos los ciudadanos andaluces.
Me preocupa profundamente el futuro de nuestros servicios públicos. Me preocupa una sanidad pública que lleva años siendo debilitada mientras se alimenta el discurso de su supuesta insostenibilidad, preparando el terreno para justificar cada vez más privatizaciones y más negocio privado con un derecho fundamental. Porque existe una estrategia conocida: deteriorar lo público hasta convencer a la ciudadanía de que lo público no funciona.
Me preocupa la educación pública, porque cuando se deteriora la educación pública no se perjudica a quienes pueden pagar alternativas privadas; se condena a quienes solo disponen de ella para construir un futuro digno. Me preocupa igualmente el debilitamiento de la universidad pública mientras se facilita el crecimiento de modelos privados que convierten la educación superior en un negocio y no en un derecho.
Me preocupan también las políticas sociales, la atención a la dependencia, la protección de las personas más vulnerables y todos aquellos mecanismos que hacen posible una sociedad mínimamente justa e igualitaria. Porque cuando los servicios públicos retroceden, quien tiene recursos económicos compra derechos; quien no los tiene, simplemente los pierde.
Comprendo el hartazgo de muchos ciudadanos con la política, con la corrupción y con quienes han utilizado las instituciones para beneficio propio. Ese cansancio es real y está justificado. También resulta difícil entender cómo fuerzas políticas que han sido sometidas a investigaciones exhaustivas sin que se haya podido acreditar corrupción alguna pueden ser situadas en el mismo plano que otras organizaciones que sí arrastran graves escándalos de corrupción. La frustración social existe y es legítima.
Pero precisamente por eso resulta aún más doloroso comprobar cómo esa indignación colectiva puede acabar facilitando proyectos políticos que debilitan lo único que garantiza la igualdad real entre ciudadanos: los servicios públicos, los derechos sociales y el patrimonio colectivo construido entre todos.
No sé cuáles serán todas las consecuencias del nuevo gobierno compartido entre el Partido Popular y VOX en Andalucía. Probablemente nadie pueda prever todavía el alcance del daño que determinadas políticas pueden provocar en los próximos años. Lo que sí sé es que la historia nos enseña que ningún derecho social se conserva por inercia. Todos los derechos se han conquistado y se han defendido gracias a la movilización y al compromiso de la ciudadanía.
Y quizá haya llegado de nuevo el momento de defenderlos en la calle.
Porque cuando la palabra dada deja de valer nada, cuando las promesas electorales se convierten en papel mojado y cuando quienes gobiernan utilizan la moderación como disfraz para aplicar políticas cada vez más agresivas contra lo público, a la ciudadanía le queda una herramienta fundamental: organizarse, movilizarse y defender aquello que considera irrenunciable.
Juan Manuel Moreno Bonilla prometió a los andaluces que nunca gobernaría con VOX.
No ha incumplido solamente una promesa electoral.
Ha traicionado la palabra que dio.
Comentarios
Publicar un comentario