​CUANDO EL MASTÍN SE CONVIRTIÓ EN ZORRO

CUANDO EL MASTÍN SE CONVIRTIÓ EN ZORRO


El problema nunca fue el zorro. El problema fue descubrir que el mastín había dejado de proteger el rebaño.


Por Fidel Romero Ruiz




Dicen los viejos pastores que el mayor peligro para un rebaño nunca es el lobo. Del lobo se espera que ataque; forma parte de su naturaleza. Precisamente por eso existe el mastín: fuerte, fiel y vigilante, dispuesto a plantar cara al depredador para proteger a las ovejas.


La verdadera tragedia no comienza cuando aparece el lobo.


La verdadera tragedia comienza cuando el propio mastín deja de vigilar el rebaño y termina comportándose como el depredador.


Entonces las ovejas ya no tienen quién las defienda.


Esa metáfora explica mejor que ninguna otra lo que representa, si las acusaciones fueran finalmente acreditadas, la denominada operación Kitchen.


No se trata simplemente de un nuevo caso de corrupción. Tampoco de una investigación más entre las muchas que han ocupado titulares en los últimos años. Lo que se está juzgando es infinitamente más grave: si una parte del aparato del Estado, creada para perseguir el delito y garantizar el cumplimiento de la ley, fue utilizada presuntamente para proteger los intereses de un partido político y evitar que la Justicia conociera toda la verdad sobre una de las mayores tramas de corrupción de nuestra democracia.


Ese es el auténtico corazón del caso Kitchen.


Porque la operación Kitchen no se investiga únicamente por lo que pudo hacerse.


Se investiga, sobre todo, por lo que pudo impedirse.


Si determinadas pruebas desaparecen, si determinados documentos nunca llegan a un juez, si determinadas investigaciones son saboteadas desde dentro del propio Estado, quizá nunca lleguemos a conocer toda la verdad.


Y una democracia puede convivir con verdades incómodas.


Lo que no puede permitirse es vivir instalada en la duda de si alguien utilizó las instituciones para impedir que esa verdad saliera a la luz.


Siempre habrá corruptos.


Siempre habrá quien intente aprovecharse del poder.


Siempre habrá zorros.


Ese nunca fue el verdadero problema.


Precisamente para eso existen los jueces, los fiscales y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.


Para impedir que los zorros entren en el gallinero.


Pero ¿qué ocurre cuando quienes tenían la misión de impedirlo son acusados de haber utilizado, presuntamente, el propio Estado para proteger a quienes debían investigar?


Entonces el problema deja de ser la corrupción.


Entonces hablamos de la posible corrupción de las instituciones encargadas de combatirla.


Y esa diferencia cambia absolutamente todo.


Porque una cosa es esconder la basura debajo de la alfombra.


Otra muy distinta es romper la escoba para que nadie pueda limpiarla.


Una cosa es que existan corruptos.


Otra muy distinta es utilizar el aparato del Estado para impedir que puedan ser descubiertos.


No solo se habría intentado detener al mensajero.


Se habría intentado quemar la carta.


Porque las pruebas son la memoria de la Justicia.


Sin pruebas resulta mucho más difícil alcanzar la verdad.


Y sin verdad la democracia empieza a perder uno de sus pilares fundamentales.


El poder nunca se concede para proteger a los poderosos.


El poder se concede para proteger a los ciudadanos.


Especialmente frente a los abusos del propio poder.


Si las acusaciones fueran ciertas, no estaríamos simplemente ante un caso de corrupción.


Estaríamos ante algo todavía más grave.


Ante la utilización del poder del Estado para proteger al poder político.


Es decir, convertir al guardián en cómplice.


Cuando eso ocurre, el árbitro deja de ser árbitro.


Y cuando el árbitro juega para uno de los equipos, el partido deja de ser limpio.


No basta con cerrar la puerta del corral.


También hay que estar seguros de que quien guarda la llave no trabaja para los zorros.


Ese es el daño más profundo que puede sufrir una democracia.


No el dinero robado.


No los titulares.


No el desgaste político.


Lo verdaderamente devastador es que los ciudadanos empiecen a sospechar que quienes debían proteger las instituciones podían estar utilizándolas para proteger intereses partidistas.


Porque entonces desaparece la confianza.


Y la confianza es el cemento invisible que mantiene en pie cualquier Estado de derecho.


La Justicia puede equivocarse.


La política puede equivocarse.


Los gobiernos pueden equivocarse.


Pero cuando se utiliza el aparato del Estado para impedir que la Justicia conozca toda la verdad, ya no hablamos simplemente de un error.


Hablamos de una alteración de las reglas del juego democrático.


No corresponde a nadie anticipar el contenido de la sentencia.


Serán los tribunales quienes determinen qué hechos consideran probados y cuáles no.


Ese principio es precisamente una de las fortalezas de nuestra democracia.


Pero, cualquiera que sea el fallo judicial, hay una reflexión que ya nadie debería ignorar.


La operación Kitchen ha colocado delante de los ciudadanos una pregunta que resulta tan incómoda como necesaria.


¿Quién protege a la democracia cuando quienes tenían la obligación de protegerla son sospechosos de haber actuado, presuntamente, contra ella?


Una democracia puede sobrevivir a los lobos.


Puede sobrevivir a los zorros.


Puede sobrevivir incluso a malos gobiernos.


Lo que difícilmente puede soportar es que sus propios mastines olviden a quién juraron proteger.


Porque la corrupción roba dinero.


Pero utilizar el Estado para proteger a los corruptos roba algo mucho más valioso.


La confianza de un pueblo entero.


Y cuando un pueblo deja de confiar en quienes deben protegerlo, la democracia empieza a caminar sobre un hielo demasiado fino.


Ese fue siempre el verdadero peligro.


Nunca fueron los zorros.


El problema fue descubrir que el mastín había dejado de proteger el rebaño.

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