CEUTA: CUANDO LA DESESPERACIÓN SE CONVIERTE EN ARMA POLÍTICA
CEUTA: CUANDO LA DESESPERACIÓN SE CONVIERTE EN ARMA POLÍTICA
NI EL ODIO NI LOS MUROS RESOLVERÁN ESTA CRISIS. LA SOLUCIÓN PASA POR LA JUSTICIA, LA DIPLOMACIA Y LOS DERECHOS HUMANOS.
Por Fidel Romero Ruiz
No comparto la visión simplista de quienes reducen lo que está ocurriendo en Ceuta a un problema exclusivamente de inmigración. Tampoco la de quienes creen que todo puede resolverse únicamente endureciendo las fronteras. La realidad es mucho más compleja y exige serenidad, conocimiento y responsabilidad.
Hablo también desde mi experiencia personal. He pasado largos periodos en Marruecos. He convivido con su gente, he recorrido buena parte del país y he conocido de cerca una realidad que muchas veces se analiza desde la distancia y con demasiados prejuicios.
El pueblo marroquí no es el enemigo. Es, en muchas ocasiones, la primera víctima de un régimen que limita las libertades, controla la información y mantiene enormes desigualdades sociales. Millones de personas viven con enormes dificultades económicas, con escasas oportunidades y con un acceso muy desigual a la educación. Esa realidad convierte a muchos jóvenes en presa fácil de las falsas promesas de las mafias que trafican con seres humanos y de quienes les hacen creer que al otro lado del Estrecho les espera una vida que, en demasiadas ocasiones, no existe.
Pero tampoco podemos ignorar la responsabilidad política del régimen marroquí. Cada vez resulta más evidente que los flujos migratorios se utilizan como un instrumento de presión diplomática cuando conviene a los intereses de Rabat. No es la primera vez que ocurre y sería ingenuo pensar que estas situaciones responden únicamente a la desesperación de quienes intentan cruzar la frontera.
Las relaciones entre España y Marruecos, la posición de Argelia en el tablero energético, los nuevos equilibrios en el Mediterráneo, la influencia de Estados Unidos, la estrecha relación entre Marruecos e Israel y los intereses geopolíticos que confluyen en la región forman parte de un contexto que no puede ignorarse. No siempre es posible conocer con certeza hasta dónde llegan las estrategias de cada actor, pero sería un error analizar esta crisis como si todo ocurriera de manera espontánea y aislada.
Mientras tanto, quienes aprovechan cada crisis para sembrar odio encuentran un terreno fértil. La extrema derecha convierte el miedo en negocio político, alimenta bulos y señala como culpables precisamente a quienes son las primeras víctimas de esta tragedia humana.
España tiene la obligación de responder con inteligencia, con diplomacia y con una firme defensa de los derechos humanos. El debate no puede reducirse a levantar más muros o endurecer las fronteras. Quienes creemos en un mundo más justo aspiramos a que algún día ningún ser humano tenga que jugarse la vida para cruzar una frontera simplemente porque nació en el lado equivocado de la desigualdad.
Las fronteras no deberían ser el símbolo de la exclusión, sino el reflejo de un mundo capaz de cooperar. El verdadero desafío no consiste en impedir que las personas se muevan, sino en construir unas condiciones de vida que hagan que nadie se vea obligado a marcharse por hambre, por la falta de libertad o por la desesperación.
Pero precisamente por eso resulta aún más grave que un Estado utilice el sufrimiento de miles de personas como instrumento de presión política. Si, como todo apunta, el régimen marroquí ha relajado deliberadamente el control de la frontera para enviar un mensaje al Gobierno de España, no solo está ejerciendo una forma de chantaje diplomático, sino que está utilizando a seres humanos como piezas de una estrategia política. Y eso es moralmente inaceptable.
La respuesta no debe ser el odio ni el miedo. Tampoco alimentar el discurso de quienes convierten cada crisis migratoria en una oportunidad para sembrar xenofobia. La respuesta debe ser más política, más cooperación internacional, más diplomacia, más defensa de los derechos humanos y más exigencia de responsabilidades a quienes utilizan la pobreza y la desesperación como armas de presión.
Porque el problema nunca han sido las personas que buscan una vida mejor. El problema son quienes convierten esa necesidad en un negocio, en una herramienta de poder o en un instrumento para obtener ventajas políticas.
Ese es el verdadero debate. Todo lo demás solo beneficia a quienes necesitan el miedo para seguir creciendo.
Comentarios
Publicar un comentario