¿VOLVEMOS A LA RADIO PIRENAICA? EL DEBATE SOBRE LA VOZ EN DEMOCRACIA
¿VOLVEMOS A LA RADIO PIRENAICA? EL DEBATE SOBRE LA VOZ EN DEMOCRACIA
La libertad de expresión no se proclama: se ejerce sin miedo.
Por Fidel Romero
Hay una idea que atraviesa este tiempo con más fuerza de la que a veces queremos reconocer: la sensación de que no todas las voces pesan lo mismo en el espacio público.
Y cuando esa sensación se instala, el debate deja de ser abstracto. Se convierte en una pregunta democrática de primer orden: quién puede hablar, en qué condiciones y con qué consecuencias.
La condena a Ione Belarra por sus declaraciones sobre el exjuez García-Castellón ha reabierto precisamente ese debate. Más allá de la persona o de la cuantía de la sentencia, lo que está en discusión es el alcance real de la libertad de expresión cuando se dirige hacia determinadas instituciones del Estado.
Porque una cosa es el respeto a las resoluciones judiciales. Y otra muy distinta es que criticar a quienes tienen poder pueda salir muy caro.
Yo lo digo en primera persona.
Creo que en una democracia de verdad debemos poder criticar con dureza a un juez, a un político, a un gobierno o a cualquier institución pública. Criticar no es atacar la democracia. Muchas veces es precisamente defenderla.
Sin embargo, cada vez tengo más la sensación de que hay críticas que tienen un precio más alto que otras. Y esa sensación la comparte mucha gente.
No digo que exista una conspiración ni que todo esté organizado. Lo que digo es que muchos ciudadanos sienten que algunas voces encuentran más obstáculos que otras para hacerse oír.
Y esa percepción no aparece porque sí.
Durante los últimos años hemos visto casos muy conocidos que han generado mucha discusión: investigaciones sobre la llamada “policía patriótica”, decisiones judiciales muy discutidas, causas que ocuparon durante meses los medios de comunicación y también condenas relacionadas con artistas, sindicalistas o personas que participaron en protestas.
No estoy diciendo que todos esos casos sean iguales.
No lo son.
Pero todos han abierto una misma conversación: ¿hasta dónde llega realmente la libertad de expresión? ¿Se aplica la ley siempre con el mismo criterio? ¿Todos tenemos la misma libertad para criticar al poder?
Son preguntas legítimas.
Y creo que es sano hacerlas.
Porque una democracia no solo se mide por lo que dicen las leyes. También por cómo las vive la gente.
Y cuando muchas personas empiezan a pensar que unas opiniones cuestan más que otras, algo merece ser reflexionado.
También los medios de comunicación tienen una enorme responsabilidad. Igual que la tienen quienes ocupan puestos de poder político, económico o judicial.
No porque todos piensen igual.
Ni porque actúen de acuerdo.
Sino porque entre todos influyen en la forma en que la sociedad entiende lo que ocurre.
Y cuando mucha gente deja de confiar en ese relato, la desconfianza hacia las instituciones empieza a crecer.
Ese es el verdadero problema.
No que existan opiniones distintas.
El problema aparece cuando una parte de la sociedad siente que hablar claro puede salir demasiado caro.
España es una democracia y nadie puede negar los avances que hemos conseguido desde la Transición. Hoy disfrutamos de derechos y libertades que durante la dictadura eran impensables.
Pero precisamente porque vivimos en democracia debemos poder preguntarnos si siempre funciona tan bien como debería.
Las democracias también necesitan revisarse.
También necesitan mejorar.
Y eso no debilita el sistema.
Lo fortalece.
Nuestra historia nos recuerda lo importante que es proteger la libertad de expresión. Hubo un tiempo en el que muchas personas solo podían escuchar otras voces a través de Radio Pirenaica porque aquí no existía libertad para informar ni para opinar.
Afortunadamente hoy no vivimos aquella situación.
Pero eso no significa que el debate sobre la libertad de expresión esté cerrado.
Al contrario.
Cada generación tiene la obligación de defender ese derecho y de preguntarse si cualquier ciudadano puede expresar sus ideas sin miedo a sufrir consecuencias desproporcionadas.
Porque la democracia no consiste solo en votar cada cuatro años.
También consiste en poder hablar.
En poder discrepar.
En poder criticar.
Y en que nadie tenga miedo de hacerlo.
Por eso la pregunta sigue siendo necesaria.
No para poner en duda la democracia.
Sino para hacerla mejor.
Porque una democracia fuerte no es la que teme las críticas.
Es la que las escucha.
Y por eso vuelvo a hacer la misma pregunta.
¿Volvemos a la Radio Pirenaica… o seguimos defendiendo una democracia donde todas las voces puedan expresarse con libertad?
Juzguen ustedes.
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