​LOS OÍDOS SELECTIVOS DE LA DERECHA

LOS OÍDOS SELECTIVOS DE LA DERECHA


Por Fidel Romero




Soy ateo. No creo en Dios, no creo en el cielo ni en la vida eterna. Creo en las personas. Creo en la justicia social. Creo que lo único que queda de nosotros cuando desaparecemos son nuestros actos, el bien o el daño que hemos hecho durante el tiempo que estuvimos aquí.


Por eso no suelo buscar inspiración en los discursos papales. Y menos aún en una Iglesia católica cuyas élites españolas han estado demasiadas veces más cerca de los poderosos que de los humildes; más preocupadas por influir en los gobiernos que por acompañar a quienes sufren. Hemos visto durante décadas a cardenales y obispos bendecir posiciones políticas conservadoras, recibir con entusiasmo a dirigentes de la derecha más extrema y guardar un silencio incómodo ante demasiadas injusticias.


Pero una cosa son muchos de los que visten sotana, púrpura cardenalicia o viven entre mármoles y privilegios. Y otra distinta son las palabras pronunciadas estos días por el Papa.


Y resulta curioso observar cómo reaccionan quienes presumen de ser los mejores defensores de la fe.


El Papa habla de acoger a los inmigrantes, de proteger la dignidad humana, de combatir el odio y la discriminación. Habla de las personas que se ven obligadas a abandonar sus hogares por la guerra, el hambre o la pobreza. Habla de tender puentes en lugar de levantar muros.


Y ahí es cuando me pregunto qué escuchan exactamente Ayuso, Feijóo o Abascal.


Porque cuando el Papa defiende a los inmigrantes, parece que sus palabras se convierten en ruido de fondo para quienes llevan años señalándolos como amenaza.


Cuando habla de solidaridad, escuchan otra cosa.


Cuando habla de fraternidad, escuchan otra cosa.


Cuando denuncia el rechazo al diferente, escuchan otra cosa.


Y sin embargo, terminan aplaudiendo.


Especialmente llamativa resulta la actitud de quienes han construido buena parte de su discurso político sobre el miedo al extranjero. Quienes repiten una y otra vez aquello de “los nuestros primero” como si la dignidad humana tuviera nacionalidad. Como si el sufrimiento necesitara pasaporte para merecer compasión.


Más sorprendente aún es escuchar los aplausos de quienes justifican o minimizan la tragedia de Gaza. De quienes han viajado a Israel para fotografiarse respaldando a un gobierno que, a ojos de millones de personas en todo el mundo, está protagonizando un genocidio retransmitido en directo ante nuestras pantallas. Un horror que contemplamos cada día entre ruinas, hospitales destruidos, familias enterradas bajo los escombros y miles de vidas inocentes segadas por la violencia. De quienes siguen creyendo que las bombas pueden resolver lo que sólo puede resolverse mediante la justicia, el respeto al derecho internacional y la paz.


El Papa habla contra la guerra.


Ellos apoyan a quienes la alimentan.


El Papa habla de diálogo.


Ellos exaltan la confrontación.


El Papa habla de dignidad humana.


Ellos convierten demasiadas veces a seres humanos en enemigos electorales.


Y aun así aplauden.


Mi padre solía decir que había gente que iba todos los domingos a misa buscando el perdón por todo el daño que había hecho durante la semana. Nunca supe si tenía razón, pero cada vez que observo determinadas actitudes políticas me acuerdo de aquella frase.


Porque existe una religiosidad que consiste en golpearse el pecho mientras se ignora el sufrimiento ajeno.


Una religiosidad que llena templos pero vacía de humanidad los discursos.


Una religiosidad que habla constantemente de valores cristianos mientras guarda silencio ante los niños que mueren bajo las bombas, ante los inmigrantes que se ahogan en el Mediterráneo o ante las familias condenadas a la precariedad.


No necesito compartir la fe del Papa para reconocer que algunas de sus palabras contienen una profunda defensa de la condición humana.


Tampoco necesito creer en Dios para entender que el sufrimiento de una persona migrante vale exactamente lo mismo que el de cualquier ciudadano europeo.


Ni necesito creer en la salvación eterna para saber que la guerra nunca es una victoria para los pobres, sino siempre un negocio para los poderosos.


Por eso me llama la atención la facilidad con la que algunos dirigentes de la derecha española se presentan como guardianes de la tradición cristiana mientras ignoran precisamente aquello que el máximo representante de esa Iglesia les está recordando.


Quizá el problema no sea que no escuchan.


Quizá el problema es que escuchan perfectamente.


Y saben que ese mensaje cuestiona demasiadas cosas de las que hacen cada día.


Porque las palabras del Papa no apuntaban contra los débiles.


Apuntaban contra la indiferencia.


Contra el egoísmo.


Contra la deshumanización.


Contra quienes consideran que los derechos humanos son negociables.


Y ahí, por mucho que aplaudan, los oídos de Ayuso, Feijóo y Abascal parecen haberse vuelto extraordinariamente selectivos.


Tan selectivos que escuchan los aplausos.


Pero no escuchan el mensaje.

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