​HAZ LO QUE YO DIGA… PERO NO LO QUE VEAS EN MÍ

HAZ LO QUE YO DIGA… PERO NO LO QUE VEAS EN MÍ


Por Fidel Romero




Hay una frase que yo recuerdo de los antiguos sermones: «Haz lo que yo diga, pero no lo que veas en mí».


Yo la he entendido siempre como la manera de pedir obediencia sin dar ejemplo.


Con el paso de los años, esa expresión se ha quedado para mí como el retrato perfecto de quien exige a los demás un comportamiento que él mismo no está dispuesto a asumir.


Y no puedo evitar acordarme de ella cuando escucho al rey Felipe VI pedir a los españoles que «sigamos confiando en la democracia, a pesar de estos momentos oscuros».


Yo creo que confiar en la democracia siempre merece la pena. Para mí, es el sistema que mejor garantiza la libertad, los derechos y la convivencia. Pero precisamente por eso me resulta llamativo que esa apelación venga de quien ocupa la Jefatura del Estado no porque lo hayan elegido los ciudadanos, sino porque nació en una determinada familia.


Yo entiendo la democracia, entre otras cosas, como el sistema en el que los cargos públicos emanan de la voluntad popular. La Corona, en cambio, se transmite por herencia. Esa es una contradicción que existe y que no desaparece porque yo la ignore.


Por eso me cuesta aceptar lecciones de democracia de una institución que nunca se ha sometido al veredicto directo de las urnas. Yo reconozco que la actual monarquía parlamentaria nació con la Transición y que tiene su encaje jurídico en la Constitución de 1978, aprobada en referéndum, pero también sé que la institución monárquica como tal nunca ha sido objeto de una consulta específica en la que los españoles hayan podido elegir entre monarquía o república.


Si tan convencido está Felipe VI de que la monarquía representa la voluntad de la inmensa mayoría de los españoles, ¿qué mejor forma de reforzar esa legitimidad que preguntar al pueblo?


Yo no creo que deba temer un referéndum. Al contrario. Si la ciudadanía respaldara mayoritariamente la institución, saldría fortalecida y con una legitimidad democrática mucho mayor que la que le proporciona el simple hecho de la herencia.


Y si de verdad cree que debemos confiar en la democracia, también debería confiar él en el criterio de los ciudadanos.


Porque la democracia no consiste únicamente en pedir confianza. También consiste en aceptar que sea el pueblo quien tenga siempre la última palabra.


Yo veo que los alcaldes, los concejales, los presidentes autonómicos, los diputados y el presidente del Gobierno comparecen periódicamente ante las urnas. Cada cuatro años los ciudadanos deciden si continúan o si se marchan. Esa es, para mí, la esencia de cualquier sistema democrático: nadie debería ocupar un cargo público únicamente por razón de nacimiento.


Cuando alguien pide confianza, yo creo que lo primero que debe ofrecer es ejemplo.


Y para mí, el ejemplo es la base de toda autoridad moral.


Cada vez me resulta más difícil encontrar personas que vivan como hablan, que practiquen lo que predican, que sean coherentes entre sus palabras y sus actos. Sin embargo, la historia también nos ha dejado hombres y mujeres que hicieron exactamente eso: defendieron la igualdad viviendo con austeridad; hablaron de honestidad siendo honestos; reclamaron transparencia empezando por su propia casa.


Ese es, para mí, el verdadero liderazgo.


Porque yo creo que la ciudadanía ya no quiere grandes discursos. Quiere ejemplos.


Cuando el rey habla de «momentos oscuros», yo pienso en la corrupción política, venga de donde venga. Y quien robe dinero público debe responder ante la Justicia sin importar sus siglas, su apellido o el cargo que ocupe.


Pero precisamente por eso me sorprende que esa reflexión proceda de una institución cuya imagen quedó profundamente deteriorada por los escándalos protagonizados por quien fue jefe del Estado durante casi cuarenta años. Un rey emérito que terminó fijando su residencia fuera de España mientras se acumulaban las investigaciones y las informaciones sobre su patrimonio y sus finanzas.


Por eso, cuando desde la Corona se habla de ejemplaridad o de «momentos oscuros», yo no puedo evitar recordar que la propia institución también ha atravesado los suyos.


Incluso me resulta difícil olvidar que el barco con el que Juan Carlos I compitió durante años llevaba el nombre de «Bribón». La palabra bribón significa, entre otras acepciones, «bellaco», «pícaro» o «estafador», según los diccionarios de referencia. Con el paso del tiempo, aquel nombre ha terminado convirtiéndose, para muchos, en una metáfora involuntaria de una etapa de la historia de la propia monarquía.


Yo no necesito buscar momentos de gloria donde nunca los he visto. Desde mi punto de vista, la Corona no ha sido un ejemplo de democracia, ni de transparencia, ni de ejemplaridad pública. Es una institución hereditaria que nunca ha querido someter su propia continuidad a la voluntad directa de los ciudadanos, pese a presentarse como símbolo de todos los españoles. Por eso me resulta profundamente contradictorio que sea precisamente desde esa institución desde donde se nos pida confiar en la democracia. Quien de verdad cree en ella debería empezar por aceptar que sea el pueblo quien decida también sobre la forma del Estado y sobre la continuidad de la propia monarquía. Mientras eso no ocurra, yo seguiré pensando que sobran las lecciones y faltan los ejemplos.


Yo no creo que la confianza se reclame.


Yo creo que la confianza se gana.


Y yo tampoco creo que la democracia se fortalezca con discursos solemnes. Para mí, se fortalece con instituciones ejemplares, con transparencia, con igualdad ante la ley y con la certeza de que nadie está por encima del resto de los ciudadanos.


Porque en una democracia madura no basta con decirle al pueblo que confíe.


También hay que darle motivos para hacerlo.


Mientras la Jefatura del Estado siga siendo un cargo hereditario que nunca se ha sometido directamente a la decisión libre de la ciudadanía, habrá quien siga preguntándose si quien pide confianza en la democracia está dispuesto a aplicarse a sí mismo las reglas que exige a los demás.


Porque la mejor manera de defender una institución no es pedir respeto.


Es ganárselo.


Y yo diría que el mejor discurso sobre democracia no es el que se pronuncia desde un atril, sino el que se demuestra con el ejemplo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

​FRAN: LA DIGNIDAD DE UN HOMBRE, LA FUERZA DE UN PUEBLO

​DE HUMILLADERO A MÁLAGA: EL PUEBLO QUE NUNCA OLVIDÓ A SU HIJO

CARTA ABIERTA AL SEÑOR ABASCAL