CARTA ABIERTA DE FIDEL ROMERO A ROBERTA METSOLA, PRESIDENTA DEL PARLAMENTO EUROPEO
CARTA ABIERTA DE FIDEL ROMERO A ROBERTA METSOLA, PRESIDENTA DEL PARLAMENTO EUROPEO
EUROPA, ¿EN QUÉ MOMENTO DECIDIERON OLVIDARSE DE LAS PERSONAS?
Sra. Roberta Metsola, presidenta del Parlamento Europeo:
Le escribo desde la preocupación, pero también desde la decepción y la responsabilidad moral que sentimos muchos ciudadanos europeos que contemplamos con creciente desconcierto cómo las instituciones que debían representar la defensa de la dignidad humana parecen alejarse cada día más de ella.
Europa no nació para proteger mercados.
Europa no nació para cuadrar balances.
Europa no nació para convertir la geopolítica en una excusa permanente para renunciar a sus principios.
Europa nació después del horror. Nació de las cenizas de la guerra, del sufrimiento de millones de personas y de una promesa solemne que parecía inquebrantable: nunca más permitiríamos que la vida humana fuera sacrificada en el altar de los intereses políticos, estratégicos o económicos.
Sin embargo, hoy esa promesa parece resquebrajarse ante nuestros ojos.
Los ciudadanos europeos hemos asistido con estupor a la normalización de relaciones y contactos institucionales con representantes del régimen talibán. Un régimen que no gobierna Afganistán desde el respeto a la dignidad humana, sino desde el miedo, la imposición y la negación de los derechos más básicos.
Resulta imposible comprender cómo la Europa que se proclama defensora universal de los derechos humanos puede sentarse a dialogar con quienes han construido uno de los sistemas de opresión contra las mujeres más brutales que conoce el siglo XXI.
En el Afganistán controlado por los talibanes, millones de mujeres y niñas han sido despojadas de su condición de ciudadanas de pleno derecho. Se les ha arrebatado el acceso a la educación, se les ha expulsado de la vida pública, se ha limitado su capacidad para trabajar, desplazarse o decidir sobre sus propias vidas.
Se les ha robado el presente y se les ha confiscado el futuro.
Han sido humilladas, perseguidas, silenciadas y sometidas a un sistema legal y social que institucionaliza la desigualdad, la subordinación y la violencia. Un sistema donde la mujer deja de ser considerada un sujeto de derechos para convertirse en objeto de control, desprecio y sometimiento.
¿Cómo puede Europa mirar hacia otro lado ante semejante barbarie?
¿Cómo puede la Europa que proclama la igualdad como uno de sus principios fundamentales aceptar la interlocución política con quienes consideran que una mujer no debe poder estudiar, trabajar, hablar libremente o decidir sobre su propia existencia?
¿En qué momento decidimos que nuestros principios podían convertirse en moneda de cambio?
Pero Afganistán no es la única herida moral que interpela hoy a la conciencia europea.
Durante meses, el mundo entero ha contemplado con horror la destrucción, la muerte y el sufrimiento insoportable de la población civil palestina. El genocidio sufrido por el pueblo palestino, junto con miles de niños fallecidos, familias enteras borradas del mapa en cuestión de segundos, hospitales destruidos, barrios convertidos en escombros y generaciones enteras condenadas a vivir bajo el trauma, el miedo y la desesperación.
Ante una tragedia humanitaria de semejante magnitud, muchos ciudadanos europeos hemos sentido que nuestras instituciones han sido incapaces de responder con la firmeza moral que la situación exigía.
No se trata de ignorar la complejidad política o histórica de un conflicto. Se trata de reconocer una verdad elemental: ninguna razón política, estratégica o militar puede justificar el sufrimiento indiscriminado de la población civil.
Cada niño muerto representa un fracaso de la humanidad.
Cada madre que entierra a su hijo representa una derrota moral de todos nosotros.
Y cada silencio institucional ante el sufrimiento humano erosiona los valores que Europa dice defender.
Al mismo tiempo, contemplamos con preocupación cómo la Europa que durante décadas fue símbolo de refugio, esperanza y protección para quienes huían de la guerra, la persecución política y el fanatismo, parece haber iniciado un camino de progresivo endurecimiento de sus políticas migratorias.
¿Dónde quedó aquella Europa que entendía el derecho de asilo como un deber moral y jurídico?
¿Dónde está la Europa que protegía a quienes huían de la tortura, de la persecución política, del extremismo o de la muerte?
¿Dónde quedó la Europa que entendía que ofrecer refugio a quien lucha por la libertad no era un gesto de debilidad, sino una demostración de grandeza moral?
Hoy observamos con preocupación cómo seres humanos que huyen del horror son convertidos en expedientes administrativos, en cifras estadísticas o en problemas políticos.
Observamos cómo se habla de devoluciones, externalización de fronteras y endurecimiento de políticas migratorias mientras miles de personas continúan escapando precisamente de aquello que Europa prometió combatir: la persecución, el fanatismo, la guerra y la ausencia de libertad.
Porque los derechos humanos no pueden ser una bandera que se despliega en los discursos institucionales y se guarda en un cajón cuando aparecen intereses estratégicos o económicos.
Los derechos humanos no son un lujo.
No son propaganda.
No son una herramienta diplomática.
Son la línea que separa la civilización de la barbarie.
Nos hemos acostumbrado a contemplar el sufrimiento humano a través de una pantalla mientras continuamos con nuestra vida cotidiana. Hemos convertido el horror en estadística y la tragedia en rutina.
Y cuando una sociedad se acostumbra al dolor ajeno, comienza a perder algo esencial de sí misma.
Comienza a perder su humanidad.
Porque la humanidad no consiste en pronunciar grandes discursos desde las instituciones.
La humanidad consiste en negarse a mirar hacia otro lado.
Consiste en comprender que la vida de una niña afgana vale exactamente lo mismo que la vida de una niña europea.
Que el sufrimiento de una madre palestina duele exactamente igual que el de cualquier otra madre del mundo.
Que ninguna frontera, ninguna religión, ninguna bandera y ningún interés económico pueden rebajar el valor de una sola vida humana.
Esta carta no nace del odio.
No nace del enfrentamiento.
Nace de la decepción.
De la decepción de quienes crecimos creyendo que Europa representaba mucho más que un espacio económico o un proyecto político.
Creíamos que Europa representaba un compromiso moral con la dignidad humana.
Pero esta carta también nace de la esperanza.
La esperanza de que todavía estemos a tiempo de rectificar.
De que las instituciones europeas recuerden por qué fueron creadas.
De que quienes hoy ocupan puestos de responsabilidad comprendan que la historia no juzga los discursos, sino las decisiones tomadas cuando había seres humanos sufriendo.
Porque una Europa sin humanidad puede seguir siendo un gran mercado.
Pero jamás volverá a ser un gran proyecto.
Y una Europa que olvida a las personas termina, inevitablemente, olvidándose de sí misma.
Todavía estamos a tiempo.
Todavía estamos a tiempo de elegir entre la comodidad y la conciencia.
Entre el interés y la dignidad.
Entre la indiferencia y la humanidad.
La pregunta ya no es qué está ocurriendo en el mundo.
La pregunta es qué están dispuestos a hacer ustedes mientras ocurre.
Fidel Romero
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