NOSOTROS SOMOS MUCHÍSIMOS MÁS
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Solo dos minutos.
Dos minutos para reflexionar sobre la gente sencilla que madruga cada día, que se deja la piel trabajando y que muchas veces termina votando contra sus propios intereses sin siquiera darse cuenta.
Quizás, después de leer este artículo, entiendas por qué digo que nosotros somos muchísimos más.
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NOSOTROS SOMOS MUCHÍSIMOS MÁS
Por Fidel Romero
No sé si estas palabras escritas.
No sé si estas reflexiones en voz alta.
No sé si esta cuenta atrás hacia el 17 de mayo servirá de algo.
Pero mi conciencia, mi lealtad a la clase trabajadora, a la clase obrera, a los míos, a la gente de la que formo parte, me obligan a hacer esta reflexión.
Porque yo siento como míos a quienes sufren.
A quienes pelean cada día para sacar adelante a su familia.
A quienes viven pendientes de una nómina.
A quienes se levantan de madrugada para trabajar.
A quienes viven muchas veces atrapados en una desigualdad absoluta mientras otros acumulan privilegios.
Y ojalá que quien lea estas palabras se detenga un momento a pensar.
A pensar de verdad.
Porque quizás todavía estamos a tiempo de abrir los ojos.
Yo sigo haciéndome la misma pregunta una y otra vez.
¿Cómo es posible que quienes más sufren las políticas de la derecha terminen entregándole el poder precisamente a quienes gobiernan para una minoría privilegiada?
Porque no nos engañemos.
Si el próximo 17 de mayo Juanma Moreno vuelve a tener fuerza suficiente para seguir gobernando junto a la extrema derecha, no será con los votos de los ricos solamente.
Ellos solos no suman.
No les da.
Necesitan nuestros votos.
Los votos de la gente trabajadora.
Los votos de quienes madrugan.
Los votos de quienes viven pendientes de una nómina, de una pensión, del precio de la compra, de si podrán pagar el alquiler o llenar el depósito del coche para ir a trabajar.
Necesitan que seamos nosotros quienes les abramos la puerta del poder para después, una vez dentro, traicionarnos.
Porque eso es exactamente lo que hacen.
Y lo más duro es verlo cada mañana en tantos bares de trabajadores de nuestros pueblos y ciudades.
Ese bar donde a las cinco y media o a las seis de la mañana se juntan el albañil, el camionero, el camarero, el jornalero, el trabajador de la fábrica, el autónomo que apenas llega a final de mes.
Ese café rápido antes de empezar una jornada interminable.
Ese momento donde uno escucha conversaciones que a veces parecen una contradicción imposible.
Porque allí mismo escuchas a compañeros decir que van a votar a Moreno Bonilla mientras se quejan de que llevan meses esperando una operación.
De que a sus padres no les dan una cita médica.
De que la sanidad pública está peor que nunca.
De que sus hijos tienen menos oportunidades.
De que cada vez cuesta más vivir dignamente.
Y aun así siguen pensando en votar a quienes están deteriorando precisamente esos servicios públicos.
Muchos se quedan con la sonrisa amable, con la imagen moderada, con esa apariencia tranquila que intenta vender Moreno Bonilla.
Pero detrás de esa sonrisa amable se están aplicando políticas cada vez más cercanas a la ultraderecha.
Porque la realidad no está en la sonrisa.
La realidad está en las listas de espera.
En los médicos que faltan.
En las aulas saturadas.
En los trabajadores que cobran poco y trabajan cada vez más horas.
Y todavía cuesta más entender cuando escuchas a trabajadores destrozados físicamente por jornadas interminables decir que van a votar a Vox.
Trabajadores que se levantan a las cinco de la mañana.
Que pasan el día entero en un andamio, en una cocina, en un camión, en una fábrica o doblando la espalda en el campo.
Gente que habla con razón de salarios bajos, de abusos laborales, de horas extras que muchas veces ni se pagan, de empresarios que aprietan hasta el límite.
Y sin embargo terminan votando precisamente a quienes jamás han apoyado en el Congreso ni una sola medida importante en favor de los trabajadores.
No votaron las reformas laborales que protegían empleo.
No apoyaron ayudas importantes para autónomos y pequeños empresarios cuando peor lo estaba pasando la gente durante la pandemia.
No han defendido avances sociales para quienes viven de su trabajo.
Cuando han tenido que elegir, siempre han protegido los intereses de arriba.
Y aun así consiguen que muchos trabajadores los defiendan.
Ese es el mayor triunfo de la derecha: lograr que la clase obrera vote contra sí misma.
Nos convencen de que el problema es el inmigrante, el vecino pobre, el que recibe una ayuda, el de abajo.
Nos hacen mirar con rabia al compañero mientras ellos siguen acumulando privilegios arriba.
Y mientras nosotros discutimos entre iguales, ellos privatizan la sanidad, debilitan la educación pública, empeoran las condiciones laborales y convierten derechos conquistados durante décadas en negocios para unos pocos.
Ese es el verdadero plan.
Que acabemos creyendo que algún día seremos como ellos, cuando en realidad jamás nos verán como parte de su mundo.
Porque cuando llegan los problemas, los que pierden la cita médica son los nuestros.
Los que esperan meses para una operación son los nuestros.
Los que ven cómo sus hijos tienen menos oportunidades son los nuestros.
Los que pagan impuestos religiosamente mientras otros esconden fortunas fuera de España son los nuestros.
Ya ha pasado en muchos lugares.
Le ocurrió a mucha gente en Argentina, donde miles de trabajadores apoyaron opciones que prometían salvarlo todo y hoy están viendo cómo se recortan derechos, cómo sube la desigualdad y cómo los sacrificios siempre recaen sobre la misma gente humilde de siempre.
Y cuando quieren darse cuenta, muchas veces ya es tarde.
Porque destruir derechos cuesta muy poco.
Reconquistarlos puede llevar décadas.
Y ahí es donde deberíamos mirar hacia atrás y acordarnos de nuestros padres y de nuestros abuelos.
De aquella gente sencilla que luchó como jabatos para que nosotros pudiéramos tener oportunidades que ellos jamás tuvieron.
Gente que se dejó la piel trabajando para que sus hijos pudieran estudiar, para que hubiera una sanidad pública digna, derechos laborales, pensiones, escuelas y una vida un poco más justa para todos.
Nada de eso cayó del cielo.
Nada de eso fue un regalo.
Fueron conquistas de generaciones enteras de trabajadores que pelearon para dejarle a los suyos un futuro mejor.
Y no podemos tirarlo todo por la borda ahora.
Ellos vienen a privatizarlo todo.
A convertir la sanidad en negocio.
A debilitar la educación pública.
A enfrentar a la gente sencilla entre sí para que nadie mire hacia arriba.
A machacar derechos laborales que costaron generaciones enteras de lucha.
Por eso este 17 de mayo no es un día cualquiera.
Ese día tienes que pensar.
Tienes que “revinar”, como decían nuestros mayores, esa palabra tan nuestra y tan sabia que significa darle vueltas a la cabeza, reflexionar de verdad, mirar dentro de uno mismo y preguntarse quién eres, de dónde vienes y quién representa realmente tus intereses.
Porque tú no eres multimillonario.
Tú no tienes una fortuna en un paraíso fiscal.
Tú no vas en un coche oficial rodeado de privilegios.
Tú eres como la mayoría.
Como la gente sencilla.
Como quienes levantan cada mañana esta tierra con su trabajo.
Y precisamente por eso no deberíamos olvidar nunca algo fundamental:
Nosotros somos muchísimos más.
Y cuando la gente trabajadora toma conciencia de quién es y de la fuerza que tiene, no hay poder capaz de arrebatarle su dignidad.
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