LA VOZ QUE NUNCA SE ARRODILLÓ
LA VOZ QUE NUNCA SE ARRODILLÓ
Por Fidel Romero
Hoy no despedimos solamente a un cantaor.
Hoy despedimos una forma de entender la vida.
Se nos ha ido José Domínguez Muñoz “El Cabrero”, pero queda para siempre la voz de un hombre que convirtió el flamenco en conciencia, en dignidad y en verdad. Una voz áspera y limpia que nunca se puso de rodillas ante nadie y que supo cantar como pocos al dolor, la libertad y la esperanza de los pueblos humildes.
“El Cabrero” no fue un artista fabricado para agradar a los poderosos ni para encajar en los salones cómodos de quienes nunca miraron a los ojos de la gente sencilla. Él venía del campo, de la tierra, del sudor y del trabajo duro. Y jamás olvidó de dónde venía.
Por eso su cante dolía.
Porque era verdad.
Cantó cuando todavía pesaban demasiados silencios de la dictadura. Cantó cuando defender la libertad y la justicia social no era una pose ni una moda. Cantó para quienes no tenían voz, para los jornaleros, para la gente trabajadora, para quienes sufrían la injusticia y seguían levantándose cada mañana con dignidad.
Su garganta fue un grito profundo salido del alma de Andalucía.
Pero también fue el eco de todos los pueblos oprimidos del mundo.
Defendió la democracia, los derechos humanos, la paz y la libertad desde el compromiso, sin artificios y sin traicionar nunca sus principios. Y eso hizo que muchas generaciones encontráramos en él mucho más que un cantaor: encontramos un ejemplo de coherencia.
Había en sus letras una mezcla imposible de rabia y ternura, de rebeldía y humanidad. Como cuando nos recordaba que:
“Yo no canto por cantar,
ni por tener buena voz;
canto porque el sentimiento
me sale del corazón”.
Ahí estaba todo.
La verdad de un hombre que nunca utilizó el flamenco para enriquecerse espiritualmente a costa del pueblo, sino para devolverle al pueblo su memoria y su dignidad.
“El Cabrero” fue cultura popular en el sentido más noble de la palabra. Fue el cante jondo convertido en conciencia colectiva. Fue el pellizco de una tierra que se niega a resignarse. Fue el orgullo de quienes jamás han tenido fácil la vida y aun así siguieron adelante.
Nos deja una figura imprescindible del flamenco, pero sobre todo nos deja un legado humano inmenso. Porque hay artistas que entretienen y otros que ayudan a comprender el mundo. Él pertenecía a estos últimos.
Hoy sentimos tristeza.
Pero también agradecimiento.
Gracias por no callarte nunca.
Gracias por cantar lo que otros escondían.
Gracias por defender a la gente humilde cuando muchos miraban hacia otro lado.
Gracias por recordarnos que el arte también puede ser dignidad, conciencia y compromiso.
Se marcha el hombre.
Queda la voz.
Queda el ejemplo.
Queda la verdad.
Y mientras exista una injusticia, en algún rincón seguirá sonando el eco libre y rebelde de “El Cabrero”.
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