​MORIR DE PIE: CUBA, LA TERNURA ENTRE LOS PUEBLOS FRENTE AL MUNDO DE RODILLAS

MORIR DE PIE: CUBA, LA TERNURA ENTRE LOS PUEBLOS FRENTE AL MUNDO DE RODILLAS


por Fidel Romero




“Yo no camino derecho, siempre camino torcido;

el que camina derecho conoce un solo camino.

Yo no soy lo que parezco, sino lo que mi alma sueña,

y si me caigo en los pozos es por mirar las estrellas.”

— Facundo Cabral


Empiezo con estas palabras porque creo que definen muy bien lo que significa hoy la resistencia de los pueblos. No hay caminos rectos cuando se decide ser libre. No hay caminos fáciles cuando se pone la dignidad por delante.


Yo no escribo desde la neutralidad. Nunca lo he hecho. Escribo desde una forma de entender la vida y la política en la que el ser humano tiene que estar siempre en el centro de cualquier decisión.


Y desde ahí, es imposible no mirar a Cuba.


Un pueblo que lleva décadas soportando una política injusta de bloqueo por parte de Estados Unidos. Un pueblo al que se le ha querido doblegar por pensar distinto, por no someterse, por construir un modelo propio con todas sus dificultades, pero también con todas sus conquistas sociales.


Y, sin embargo, cuando uno habla de Cuba, hay algo que no se puede olvidar. Algo que dice mucho más que cualquier discurso.


Aquel momento en el que Cuba y Venezuela decidieron cambiar médicos por petróleo.


Mientras en buena parte del mundo el petróleo ha sido sinónimo de guerra, de invasión y de muerte, allí se convirtió en otra cosa: en salud, en atención médica gratuita, en dignidad para los barrios más pobres de Caracas.


Yo no lo veo como un simple acuerdo entre países. Lo veo como un símbolo.


Un símbolo de lo que puede ser el mundo cuando la política no se guía por el beneficio de unos pocos, sino por la necesidad de la gente.


Porque mientras unos destruyen países por los recursos, otros los convierten en vida.


Y eso hay que decirlo claro.


Cuba no es solo un país con dificultades. Es un pueblo que ha sido capaz de resistir durante años un asedio constante. Un pueblo que, a pesar de todo, ha seguido formando médicos, ha seguido apostando por la educación, ha seguido tendiendo la mano a otros pueblos del mundo.


Eso no es casualidad. Eso es una forma de entender la vida.


Una forma de entender que la soberanía no se negocia. Que la dignidad no se vende. Que no todo vale en política.


Y aquí es donde uno no puede callarse.


No puedo entender —y no quiero entender— a quienes aplauden lo que hace esta lógica de poder, a quienes justifican el castigo a un pueblo entero.

No puedo entender a quienes se arrodillan, a quienes besan las botas del poder, a quienes miran hacia otro lado mientras se intenta doblegar la voluntad de un pueblo que solo quiere vivir con dignidad.


¿Cómo se puede aceptar que falten alimentos, que falte luz, que falten recursos básicos, y ver justicia en ello?

¿Cómo se puede utilizar el sufrimiento de niños, de mujeres, de familias enteras como herramienta política?


Eso no es política.

Eso es deshumanización.


Y lo más duro es comprobar que hay quienes lo justifican, quienes lo normalizan, quienes incluso lo celebran porque no soportan que haya pueblos que no se dejan dominar, ni humillar, ni arrodillar.


Porque cuando el poder del dinero no consigue sus objetivos, muestra su verdadero rostro.


Un rostro sin empatía.

Sin ternura.

Sin humanidad.


Un mundo donde el corazón ha sido sustituido por la cartera, donde el valor de la vida se mide en intereses y donde ya no queda espacio para la solidaridad.


Pero frente a eso… está Cuba.


Un pueblo que, con todas sus dificultades, sigue resistiendo.

Sigue levantándose.

Sigue demostrando que hay otra manera de estar en el mundo.


Hoy vemos cómo otros pueblos empiezan también a dar pasos en esa dirección. Países que ayudan, que cooperan, que intentan romper, aunque sea parcialmente, ese aislamiento injusto.


Y eso abre una ventana de esperanza.


Pero no nos engañemos: lo que sufre el pueblo cubano es real. Las dificultades son reales. Y tienen un origen político muy claro.


Por eso creo que es importante posicionarse.


Yo lo hago sin ambigüedades.


Defiendo el derecho de los pueblos a decidir su camino. Defiendo la soberanía frente a cualquier forma de injerencia. Defiendo una política que no mire hacia otro lado cuando se castiga a un pueblo entero.


Y defiendo, sobre todo, una idea sencilla pero profundamente transformadora: que la política tiene que servir para mejorar la vida de la gente.


No para arrodillarla.


Porque al final, y volviendo a Cabral, esto también va de eso: de decidir cómo queremos caminar.


Y yo lo tengo claro.


Prefiero caminar torcido, con dificultades, pero con dignidad,

que caminar recto… hacia un mundo injusto donde la mayoría vive de rodillas.


Y desde aquí, con humildad pero con firmeza, seguiremos aportando lo que esté en nuestra mano: solidaridad, ayuda, compromiso, aunque sea un pequeño grano de arena convertido en apoyo sanitario, en medicamentos, en acompañamiento.


Porque los pueblos que resisten no están solos.


Y porque, como dijo Ernesto Che Guevara, siempre será mejor morir de pie que vivir bajo el yugo de un tirano, que aceptar toda una vida de rodillas.

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