LO QUE SE NEGOCIA EN LA SOMBRA: EL PRECIO DE GOBERNAR

LO QUE SE NEGOCIA EN LA SOMBRA: EL PRECIO DE GOBERNAR

Por Fidel Romero




En política no solo importan los resultados. Importa también qué se acepta para llegar a ellos.


Y lo que hoy se está poniendo sobre la mesa para formar gobiernos no es, a mi juicio, un simple acuerdo más. Es una forma de entender la sociedad.


Porque cuando determinadas propuestas entran en una negociación, dejan de ser marginales. Empiezan a normalizarse.


Y ahí es donde, personalmente, creo que está el verdadero punto de inflexión.


Hay ideas que hace no tanto tiempo eran impensables en un debate público serio. No porque alguien las prohibiera, sino porque chocaban frontalmente con principios básicos: la igualdad, los derechos humanos, la dignidad de las personas.


Hoy, sin embargo, veo cómo empiezan a plantearse con una preocupante naturalidad.


Por ejemplo, cuando se habla de acabar con el llamado “reemplazo demográfico”.


Dicho de forma clara: se está sugiriendo que hay personas que sobran o que valen menos en función de su origen.


Y yo me hago preguntas muy simples, pero creo que fundamentales:

¿Quién decide quién pertenece y quién no?

¿Desde cuándo los derechos dependen del lugar de nacimiento?


Lo mismo ocurre cuando se plantea dar “prioridad” a unos sobre otros en servicios públicos como la sanidad.


Esto no es, para mí, un debate técnico. Es algo muy concreto:

¿significa que una persona puede recibir peor atención médica por ser de fuera?

¿significa que alguien puede quedarse atrás en algo tan básico como la salud?


Aceptar ese planteamiento rompe, en mi opinión, un principio esencial: que los derechos deben ser universales.


También se habla mucho de “adoctrinamiento” en las aulas.


Pero yo creo que conviene preguntarse con honestidad: ¿de qué estamos hablando exactamente?


Porque educar en convivencia, respeto e igualdad no es adoctrinar. Es, precisamente, lo que permite que una sociedad funcione.


Lo que me preocupa es que, mientras se denuncia eso, se proponen medidas que sí buscan imponer una forma de ver el mundo, limitando la diversidad y el pensamiento crítico.


Todo esto forma parte de las condiciones que hoy se están planteando para gobernar.


Y aquí es donde, para mí, el debate deja de ser teórico.


Porque aceptar estas propuestas no es solo llegar a acuerdos. Es asumir una manera de entender la sociedad que hasta ahora estaba fuera de los consensos básicos.


Durante años, con diferencias entre unos y otros, ha habido algo compartido: la idea de que la democracia se construye ampliando derechos, no recortándolos; sumando, no señalando a unos frente a otros.


Por eso creo que es importante hablar claro.


Porque lo más peligroso no es solo que existan estos planteamientos. Es que dejen de escandalizar.


Que se vuelvan parte del paisaje.

Que se sienten en una mesa de negociación como si fueran una opción más.


Y eso, sinceramente, me parece grave.


La historia nos ha enseñado que los retrocesos no llegan de golpe. Llegan poco a poco, cuando lo inaceptable empieza a parecer discutible, y lo discutible termina por aceptarse.


Por eso creo que debemos mirar de frente lo que se está planteando.


Y entender que hay líneas que, cuando se cruzan, cambian el tipo de sociedad en la que vivimos.


La ciudadanía tiene derecho a saber no solo quién gobierna, sino en qué condiciones se gobierna.


Porque hay decisiones que no son solo políticas.


Son decisiones que, al final, definen quiénes somos como sociedad.

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