SI HOY GOBERNARAN FEIJÓO Y ABASCAL
SI HOY GOBERNARAN FEIJÓO Y ABASCAL
Por Fidel Romero
Hay momentos en los que la política exige algo más que discursos altisonantes y gestos de arrogancia. Exige memoria. Memoria histórica, memoria política y memoria democrática.
Por eso me resulta profundamente sorprendente escuchar estos días a dirigentes del Partido Popular celebrar con orgullo los treinta años de la victoria electoral de José María Aznar, como si aquella etapa fuera un ejemplo brillante de liderazgo internacional.
Yo no puedo compartir esa visión.
Porque lo que realmente dejó aquel periodo fue una de las páginas más oscuras de la política exterior española: la participación de España en la guerra de Irak.
Aquella guerra fue un error histórico de dimensiones gigantescas. Un error basado en una mentira: las famosas armas de destrucción masiva que jamás aparecieron.
Pero lo más grave no fue solo la mentira.
Lo más grave fue que España fue arrastrada a esa guerra en contra de la voluntad de la inmensa mayoría de su propio pueblo.
Millones de españoles salieron a la calle para decir no a la guerra. Sin embargo, el gobierno de José María Aznar decidió obedecer la estrategia del presidente estadounidense George W. Bush.
La fotografía de la reunión de las Azores junto al primer ministro británico Tony Blair quedó grabada para siempre en la memoria colectiva como el símbolo de aquella decisión: la sumisión de España a una guerra injustificada.
Las consecuencias no tardaron en llegar.
España quedó profundamente dividida y expuesta internacionalmente. Poco después vivimos uno de los episodios más terribles de nuestra historia reciente: los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, que segaron la vida de 193 personas y marcaron para siempre la memoria de nuestro país.
Aquellos días no solo mostraron el horror del terrorismo. También dejaron al descubierto algo muy grave: la incapacidad del gobierno para decir la verdad a los ciudadanos.
Nunca olvidaré aquellas horas en las que desde el poder se intentaba manipular la información para evitar el coste político de una guerra que los españoles nunca quisieron.
Por eso me preocupa profundamente escuchar ahora a determinados dirigentes de la derecha española hablar de geopolítica y responsabilidad internacional como si nada hubiera ocurrido.
Porque la historia no solo sirve para recordar el pasado. También sirve para imaginar el futuro.
Y yo no puedo evitar hacerme una pregunta muy sencilla.
¿Qué estaría ocurriendo hoy si en lugar del actual gobierno España estuviera gobernada por una coalición del Partido Popular con Vox?
Imaginemos por un momento ese escenario.
Alberto Núñez Feijóo en la presidencia del gobierno. Santiago Abascal en la vicepresidencia.
Un gobierno alineado sin matices con las estrategias internacionales de Washington y con el discurso belicista de la nueva derecha global que hoy representa Donald Trump.
¿De verdad alguien cree que España estaría hoy defendiendo una posición de prudencia?
Yo tengo la sensación de que no.
Tengo la sensación de que nuestras bases militares estarían ya plenamente implicadas en conflictos internacionales. Que aviones cargados de misiles despegarían desde suelo español rumbo a nuevas guerras. Que soldados españoles cruzarían fronteras en operaciones militares que poco tendrían que ver con la defensa de nuestro país.
Y lo más grave: volveríamos a convertirnos en objetivo.
Ya ocurrió una vez.
Cuando un gobierno decidió alinearse con una guerra basada en mentiras, España terminó situada en la diana del terrorismo internacional.
Por eso hoy es tan importante la posición que están defendiendo las fuerzas políticas que forman parte de la mayoría parlamentaria del actual gobierno. Fuerzas que, desde posiciones claramente pacifistas, han recordado algo fundamental: que España no puede ser plataforma de guerra ni instrumento de devastación.
Algunas de esas fuerzas, además, siguen manteniendo una posición histórica muy clara: el rechazo a la OTAN. Y no solo eso. Siguen presionando políticamente para que el gobierno mantenga una posición de prudencia ante los conflictos internacionales e incluso para abrir un debate de fondo sobre el papel de España dentro de la propia alianza atlántica.
Esa presión política, que nace de una cultura profundamente pacifista y del recuerdo de errores históricos como la guerra de Irak, es también una garantía de que España no vuelva a ser arrastrada con tanta facilidad a guerras que no responden a los intereses de nuestro pueblo.
España debe tener una política exterior propia. Una política basada en el derecho internacional, en la diplomacia y en la defensa de la paz.
No podemos ser un peón en los juegos de poder de las grandes potencias.
Porque cuando hay petróleo de por medio, demasiadas veces desaparecen los principios.
Yo creo en otra España.
Una España comprometida con la paz, con los derechos humanos y con la cooperación entre los pueblos.
Una España que no envíe a sus jóvenes a morir en guerras ajenas.
Una España que no vuelva a repetir los errores que ya cometimos.
Por eso la memoria importa.
Porque cada vez que el Partido Popular intenta presentarse como garante de la responsabilidad internacional conviene recordar lo que ocurrió cuando tuvieron el poder.
Conviene recordar Irak.
Conviene recordar las mentiras.
Conviene recordar el 11 de marzo.
Y conviene recordar algo más.
Que cuando algunos hablan hoy de patriotismo, los españoles sabemos demasiado bien lo que ocurrió cuando gobernaron.
Nos llevaron a una guerra injusta, basada en mentiras y de espaldas a su propio pueblo.
La historia ya lo demostró una vez.
Y los pueblos que olvidan su historia corren el riesgo de volver a tropezar con la misma piedra.
Y esta vez las consecuencias podrían ser aún peores.
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