NO EN NUESTRO NOMBRE. NI GUERRAS, NI SUMISIÓN.
NO EN NUESTRO NOMBRE. NI GUERRAS, NI SUMISIÓN.
Por Fidel Romero
He leído las declaraciones de Donald Trump señalando a España como un “mal aliado” por no secundar determinadas decisiones militares. Y sinceramente, si ser “buen aliado” significa entrar en una guerra que no es nuestra, utilizar nuestro territorio como plataforma bélica y poner en riesgo la seguridad de nuestro pueblo… entonces prefiero que nos llamen malos aliados.
España no está para ser peón de nadie. España no está para actuar por obediencia. España no está para entrar en guerras preventivas, interesadas o económicas disfrazadas de seguridad. Cuando un dirigente amenaza con represalias por no sumarnos a un conflicto contra Irán, lo que está planteando no es una alianza: es una subordinación. Y la historia nos enseñó demasiado bien lo que cuesta esa subordinación.
Cuando el gobierno de José María Aznar decidió alinearse con George W. Bush en la invasión de Irak en 2003, España se metió en una guerra que la mayoría social rechazaba. Aquella decisión tuvo consecuencias devastadoras. El 11 de marzo de 2004, Madrid sufrió el mayor atentado terrorista de nuestra historia. No fue una casualidad histórica. Fue el resultado de situar a nuestro país en el centro de un conflicto que no nos pertenecía. Y quienes pagaron el precio no fueron los dirigentes políticos ni los estrategas internacionales. Fueron trabajadores, estudiantes, gente sencilla que iba en tren a ganarse la vida. Siempre son los mismos los que ponen los muertos.
Hoy vemos imágenes de niñas asesinadas en escuelas, funerales infantiles, familias destrozadas. Eso es la guerra. No los mapas estratégicos. No las ruedas de prensa. No los discursos grandilocuentes. La guerra son ataúdes pequeños. Y cuando se bombardea, cuando se juega a la escalada militar, cuando se convierte un conflicto en una cuestión de orgullo geopolítico, quienes mueren no son los que toman las decisiones. Son civiles. Son mujeres y hombres corrientes. Son niños. Por eso comparto profundamente aquellas palabras de Julio Anguita: “Malditas sean las guerras y los canallas que las provocan.” La paz no es cobardía. La paz es responsabilidad. La paz es humanidad.
Además, no nos engañemos: cada escalada bélica en Oriente Próximo dispara el precio del petróleo y del gas. Y eso significa que sube el transporte, sube la cesta de la compra, sube la electricidad. Si el coste de la vida se dispara, las pensiones y los salarios pierden poder adquisitivo. Y quienes más lo sufren son las familias trabajadoras, los autónomos, los pequeños agricultores, los transportistas. Las guerras no solo matan en el frente. También empobrecen en la retaguardia.
Algunos se envuelven en la bandera mientras defienden una sumisión automática a cualquier decisión que venga de Washington o de Tel Aviv. Pero el patriotismo no consiste en obedecer sin pensar. El verdadero patriotismo es proteger a tu pueblo. Es evitar que tu país se convierta en objetivo. Es defender la vida de tus ciudadanos. España no es menos aliada por querer paz. España es más digna cuando decide por sí misma.
Y aquí quiero hacer un inciso necesario. En los últimos años hemos visto cómo algunas personas con grandes ingresos decidían marcharse a Emiratos Árabes Unidos, especialmente a Dubái, proclamando que en España “los impuestos asfixian” y que el Estado solo estorba. Se marcharon renegando de lo público, de la sanidad, del sistema de pensiones, de los servicios comunes que sostienen nuestra convivencia. Pero cuando llegan las crisis, cuando estallan los conflictos, cuando la situación internacional se complica, las embajadas se convierten en refugio y los vuelos de repatriación se financian con dinero público. Con el dinero que pagan quienes sí se quedan, quienes sí contribuyen, quienes sí sostienen el sistema.
Los impuestos no son un castigo. Son el precio de vivir en una sociedad civilizada. Sirven para hospitales, para pensiones, para educación, para servicios de emergencia y también, si es necesario, para proteger y repatriar a nuestros ciudadanos. No se puede despreciar lo colectivo cuando va bien y reclamarlo cuando va mal. El patriotismo no consiste en envolverse en la bandera mientras se busca el paraíso fiscal de turno. El patriotismo es compromiso, es corresponsabilidad, es quedarse a construir.
Yo lo tengo claro. Estoy a favor de la paz. Estoy a favor del derecho internacional. Estoy a favor de la protección de la infancia. Estoy a favor de la defensa de civiles inocentes. Y estoy en contra de utilizar vidas humanas como moneda de cambio geopolítica. Las guerras no se libran por valores abstractos. Se libran, demasiadas veces, por intereses económicos y estratégicos. Y quienes juegan a ellas desde despachos seguros nunca son quienes pisan los escombros.
No en nuestro nombre. No con nuestra tierra. No con nuestras vidas. España debe ser un país de paz, de derechos humanos y de diplomacia. Porque ya sabemos lo que ocurre cuando confundimos alianza con sumisión. Y ese error, nuestro país, no puede volver a pagarlo.
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