​EL ELEFANTE BLANCO Y LAS SOMBRAS DEL 23-F

EL ELEFANTE BLANCO Y LAS SOMBRAS DEL 23-F


Por Fidel Romero




Durante más de cuarenta años nos han contado una historia cerrada, casi sagrada, sobre el 23 de febrero de 1981. La imagen oficial es conocida: el teniente coronel Antonio Tejero asalta el Congreso, los tanques del teniente general Jaime Milans del Bosch ocupan las calles de Valencia y, finalmente, el rey Juan Carlos I aparece en televisión vestido de capitán general para “salvar la democracia”.


Ese es el relato.


Pero yo no puedo evitar hacerme una pregunta que durante décadas ha flotado en el ambiente político y social de este país: ¿quién era realmente el “elefante blanco”?


Se nos dijo que nunca apareció. Que era una figura indeterminada. Que fue una sombra sin rostro. Pero cuesta aceptar que una operación de esa magnitud —con movimientos militares coordinados, con aspiraciones de un gobierno de concentración encabezado por el general Alfonso Armada, con contactos previos y con sectores del aparato del Estado implicados— pudiera desarrollarse sin que la Jefatura del Estado estuviera, al menos, al tanto de lo que se estaba gestando.


No afirmo lo que no puedo demostrar documentalmente.

Pero sí afirmo algo político: si no hubiera nada que esconder, todo estaría desclasificado.


Han pasado más de cuatro décadas. ¿Qué razón democrática puede justificar que aún existan documentos bajo secreto? ¿Qué se protege? ¿A quién se protege?


En el debate político actual vuelve a plantearse la necesidad de abrir los archivos del 23-F. Desde distintos sectores se ha reclamado la desclasificación completa de los documentos oficiales y de los informes de los servicios de inteligencia de la época. Y siempre aparece la misma resistencia. Siempre el mismo muro.


Si la actuación del rey emérito fue impecable desde el primer minuto, la transparencia total sería su mayor blindaje histórico. La apertura absoluta de los archivos despejaría cualquier sospecha y cerraría definitivamente el debate.


Sin embargo, no ocurre.


Y cuando una democracia mantiene sellados documentos durante décadas sobre el momento más delicado de su historia reciente, la duda no nace del capricho: nace de la opacidad.


Se nos pide que aceptemos que todo fue espontáneo, que todo fue improvisado, que todo se resolvió gracias a una intervención providencial. Pero los golpes de Estado no se improvisan en unas horas. Se preparan. Se tantean. Se miden apoyos. Se negocian salidas.


A medida que avanzó la noche del 23-F y quedó claro que el levantamiento no tenía el respaldo social ni militar esperado, el escenario cambió. Solo Valencia mantenía los tanques en la calle. No hubo levantamiento general. No hubo respaldo masivo.


Y entonces llegó el mensaje televisado.


Fue decisivo, sí.

Pero la pregunta que yo me hago es anterior: ¿cuál fue la posición real desde el principio?


En aquel momento, los servicios de inteligencia arrastraban todavía inercias del franquismo. No eran estructuras neutras ni plenamente democratizadas. Pensar que un movimiento de esa envergadura pudo desarrollarse al margen de todos los centros de poder resulta, como mínimo, difícil de sostener sin más explicaciones.


Yo no necesito escribir una acusación formal para tener una convicción política clara: si el elefante blanco no estaba en la habitación, ¿por qué cuesta tanto encender la luz?


Si la Corona no tuvo absolutamente nada que ver con maniobras previas, ¿qué temor puede haber en mostrar cada conversación, cada informe, cada nota interna?


La historia oficial no ha despejado todas las sombras.

Y las sombras, cuando se prolongan durante décadas, dejan de ser casuales.


No se trata de destruir instituciones.

Se trata de fortalecerlas con verdad.


Una monarquía que no tenga nada que ocultar no debería temer la transparencia. Una democracia madura no debería proteger secretos eternos sobre su momento más frágil.


El 23-F no es patrimonio de ningún relato blindado.

Es parte de la memoria colectiva.


Y mientras los archivos sigan cerrados, mientras haya documentos que no podamos leer, mientras la versión oficial siga necesitando zonas oscuras para sostenerse, el debate seguirá vivo.


Porque si el elefante blanco nunca estuvo allí, abrir las puertas no debería asustar a nadie.


Y si estuvo…

algún día tendremos que saberlo.

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