​CUANDO LAS POLÍTICAS QUE APLAUDES LLAMAN A TU PUERTA

CUANDO LAS POLÍTICAS QUE APLAUDES LLAMAN A TU PUERTA


Por Fidel Romero




Rafael Alfonso Vergara Vergara es un joven colombiano cuya detención por parte de las autoridades migratorias de Estados Unidos ha sido denunciada públicamente por su madre, Ángela María Vergara, quien es congresista en Colombia por el Partido Conservador y ha apoyado abiertamente las políticas de Donald Trump.


Hoy veo a una madre llorar.


Una madre que suplica por su hijo detenido en Estados Unidos, retenido en condiciones que denuncia como injustas, encadenado, sometido a un proceso de deportación acelerado, convertido en un expediente más dentro de un engranaje migratorio que no distingue biografías ni afectos.


Esa madre defendió públicamente las políticas migratorias de Donald Trump. Las respaldó convencida. Las consideró necesarias. Como si aquellas medidas nunca fueran a rozar su propia vida. Como si el rigor del sistema siempre tuviera destinatarios ajenos.


Hoy descubre que el sistema no pregunta a quién votaste.


Hay un texto que siempre vuelve a mi memoria, el del pastor Martin Niemöller:


Cuando vinieron por los comunistas, guardé silencio,

porque yo no era comunista.


Cuando vinieron por los judíos, guardé silencio,

porque yo no era judío.


Cuando vinieron por mí,

ya no quedaba nadie que hablara por mí.


No aprendimos.


Los movimientos autoritarios no se presentan diciendo que un día te alcanzarán a ti. Se presentan prometiendo orden, seguridad y control… siempre a costa de otros. La idea es sencilla y peligrosa: aceptar que algunos pierdan derechos para sentir que los tuyos están garantizados.


Te hacen creer que, si colaboras con la dureza, quedarás al margen de ella.


Que tu caso será distinto.

Que tú no entras en la categoría sospechosa.

Que habrá un trato especial para quien “hizo lo correcto”.


Pero cuando un sistema se construye sobre la sospecha permanente hacia un colectivo entero, las excepciones son una ilusión. Las estructuras basadas en la exclusión no funcionan por afinidades ideológicas, sino por categorías amplias. Y cuando se activan, no preguntan si fuiste simpatizante o crítico.


Algunos creyeron que tener papeles, empleo o estabilidad bastaba para quedar fuera del foco. Que el discurso iba dirigido a otros. Sin embargo, cuando la identidad se convierte en filtro, las fronteras se amplían y los matices desaparecen.


Y no es un fenómeno aislado.


Lo dijo Javier Milei con su motosierra: recortes, demolición del Estado, ruptura de consensos sociales.

Lo repite Santiago Abascal cuando plantea retrocesos en derechos conquistados.

Y cada vez más dirigentes normalizan discursos que hace una década habrían sido impensables en democracias consolidadas.


La historia ya nos mostró a dónde conducen esas dinámicas.


Ocurrió con Adolf Hitler.

Ocurrió con Benito Mussolini.

Ocurrió con Francisco Franco.


Nunca comenzaron con lo peor.

Comenzaron trazando líneas.

Separando a unos de otros.

Acostumbrando a la sociedad a aceptar que no todos merecían lo mismo.


Hay un mecanismo que se repite: la aceptación gradual del sacrificio ajeno. Siempre aparece alguien dispuesto a tolerar que otros pierdan garantías si eso le proporciona una sensación de protección momentánea. Hasta que la lista se acorta. Hasta que ya no quedan más nombres que excluir.


Entonces la protección prometida desaparece.


La tragedia aquí no es solo íntima. Es estructural.


Porque mientras esta madre sufre —y su sufrimiento es real— otras muchas han sufrido antes sin visibilidad. Madres sin cargo público. Sin redes que amplifiquen su voz. Sin posibilidad de convertir su dolor en noticia. Familias que vivieron detenciones, separaciones y procesos administrativos sin que nadie las mirara.


El problema no es el llanto de una madre.

El problema es la incapacidad colectiva de reconocer el llanto ajeno cuando no nos afecta directamente.


No estamos ante un accidente inesperado. Estamos ante la consecuencia de políticas que se defendieron como necesarias sin preguntarse a quién terminarían alcanzando.


Vivimos en una cultura que prioriza lo inmediato y lo individual. Mientras el impacto recaiga en otro barrio, en otro apellido, en otra familia, el debate parece abstracto. Hasta que deja de serlo.


Los derechos no son inamovibles. Son el resultado de décadas de lucha social. Y pueden erosionarse. Lo vemos en debates abiertos en América Latina. Lo vemos en Europa. Lo vemos en España, donde discursos que antes estaban en los márgenes ocupan cada vez más espacio central.


Todo comienza con una idea aparentemente simple: que algunos pueden quedar fuera del círculo de protección.


Y esa idea, cuando se acepta, termina ampliándose.


La pregunta que deberíamos hacernos no es cuántos casos individuales conmueven más, sino cuánto estamos dispuestos a tolerar cuando la dignidad se convierte en algo condicionado.


No se trata de pedir trato preferente para los nuestros.

Se trata de impedir que existan categorías humanas con distintos niveles de derechos.


Porque cuando una sociedad acepta que la dignidad depende de la procedencia, del acento o del origen, ha abierto una puerta difícil de cerrar.


La democracia no desaparece de un día para otro. Se desgasta cuando normalizamos la desigualdad jurídica. Cuando confundimos firmeza con deshumanización. Cuando dejamos de reaccionar ante el recorte de derechos de otros.


Y entonces, cuando el alcance de esas decisiones se amplía, entendemos que nadie estaba realmente al margen.


La historia siempre deja señales.

La cuestión es si decidimos atenderlas…

o ignorarlas hasta que nos incluyan.

Comentarios

Entradas populares de este blog

​FRAN: LA DIGNIDAD DE UN HOMBRE, LA FUERZA DE UN PUEBLO

​DE HUMILLADERO A MÁLAGA: EL PUEBLO QUE NUNCA OLVIDÓ A SU HIJO

CARTA ABIERTA AL SEÑOR ABASCAL