CUANDO LA EXTREMA DERECHA ENTRÓ EN EL SALÓN DE CASA
CUANDO LA EXTREMA DERECHA ENTRÓ EN EL SALÓN DE CASA
Por Fidel Romero
Yo no creo que la gente esté loca. Creo, como decía Sampedro, que está condicionada. Y quizá por eso lo más inquietante de este tiempo no es que la extrema derecha exista eso ha pasado siempre sino que haya conseguido sentarse en el salón de nuestras casas, en nuestras conversaciones familiares y, lo más grave, en barrios y espacios que durante décadas votaron pensando en derechos sociales.
Lo que estamos viendo no es solo un avance electoral. Es un cambio cultural profundo. La extrema derecha ha aprendido a hablar el lenguaje del miedo cotidiano: el precio de la compra, la inseguridad laboral, el cansancio con una política que muchas veces se ha alejado de la gente. Y mientras una parte de la izquierda discutía consigo misma, fragmentada y obsesionada con sus propias batallas internas, otros entraban por la puerta grande prometiendo soluciones fáciles a problemas complejos.
He visto cómo voto obrero, voto precario e incluso voto tradicionalmente progresista ha ido desplazándose hacia opciones que, paradójicamente, defienden políticas que acabarán recortando derechos laborales, servicios públicos y protección social. Es el viejo mecanismo del cubo de comida: promesas inmediatas, discursos simples y un enemigo claro al que culpar de todo.
Pero no es solo una cuestión emocional. También hay una estrategia bien diseñada. Medios, redes sociales y discursos polarizantes han conseguido convertir el malestar social en combustible político. Y mientras tanto, la izquierda tanto la transformadora como la moderada ha perdido terreno no solo por ataques externos, sino por su incapacidad para construir una alternativa unitaria, creíble y cercana.
Me preocupa profundamente que parte de la ciudadanía haya normalizado mensajes que niegan el cambio climático, cuestionan consensos internacionales o presentan los derechos sociales como privilegios innecesarios. Me preocupa porque las consecuencias reales de esas políticas no son abstractas: significan menos protección para quienes menos tienen.
También me inquieta la falta de consecuencias políticas ante determinadas polémicas públicas. Hemos visto sanciones y debates sobre financiación irregular de partidos, decisiones económicas discutidas y aumentos de gasto político que generan desconfianza en la ciudadanía. Sin embargo, para muchos votantes nada de eso parece importar. El relato emocional pesa más que los hechos incómodos.
Y aquí la pregunta incómoda no es solo cómo han avanzado ellos, sino qué hemos hecho nosotros para permitirlo. ¿Dónde estaba la izquierda cuando los barrios pedían soluciones concretas? ¿Cuándo la política se convirtió en un lenguaje incomprensible para quien trabaja diez horas al día?
No basta con señalar al votante equivocado. Hay que entender por qué una parte de la sociedad se siente abandonada y busca respuestas en discursos autoritarios. Pero entender no significa justificar. Porque detrás de muchas propuestas actuales hay recortes, retrocesos en derechos y una visión del mundo que prioriza el poder económico por encima del bienestar colectivo.
Lo que viene ahora será decisivo. Veremos medidas concretas en parlamentos y gobiernos donde estas fuerzas han ganado peso. Veremos qué ocurre cuando las promesas simples tengan que convertirse en políticas reales. Y entonces sabremos si quienes votaron pensando en protección social reciben derechos… o pierden los que ya tenían.
Yo sigo creyendo que la respuesta no es el miedo ni la resignación. Es la reconstrucción de una izquierda capaz de hablar claro, unida en lo esencial y valiente para recuperar la política como herramienta de justicia social. Porque si no somos capaces de volver a conectar con la gente, otros seguirán ocupando ese espacio con discursos que prometen soluciones fáciles… y dejan problemas más profundos.
La extrema derecha no ha entrado sola en nuestras casas. Le hemos abierto la puerta con nuestras divisiones, nuestros silencios y nuestra desconexión. Y si queremos recuperar el salón, tendremos que empezar por recuperar la confianza de quienes hoy sienten que nadie habla por ellos.
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