CARTA ABIERTA A BENJAMIN NETANYAHU Y A QUIENES HAN MIRADO HACIA OTRO LADO
CARTA ABIERTA A BENJAMIN NETANYAHU Y A QUIENES HAN MIRADO HACIA OTRO LADO
Entre la memoria del horror y el silencio del mundo
POR FIDEL ROMERO
Benjamin Netanyahu,
Escribo estas líneas desde mi responsabilidad pública y desde mi conciencia. Las escribo sabiendo el peso de cada palabra y sin esconderme en eufemismos.
Y antes de continuar, no puedo dejar de denunciar otra dimensión de esta tragedia: la intención de convertir la devastación de Gaza en negocio económico. El llamado “Resort” que Estados Unidos pretende impulsar en Palestina busca transformar ruinas, llanto y sufrimiento en dinero, sin contar con la población, sin permitir que el pueblo palestino decida sobre su futuro. Es una auténtica barbaridad y una proposición indecente, inmoral e inhumana. Lo que debería ser un acuerdo de paz y reconstrucción se reduce a mirar el talonario y hacer caja, ignorando la dignidad de quienes han sobrevivido al horror.
Considero que lo ocurrido en Gaza es un genocidio. Y desde esa convicción moral y política, le llamo genocida. No como un insulto, sino como una acusación que asumo en primera persona, con plena responsabilidad ética y pública.
No utilizo esa palabra a la ligera. La utilizo porque veo ciudades arrasadas, hospitales colapsados, miles de civiles muertos, niños enterrados bajo escombros y una población entera sometida al desplazamiento, al hambre y al miedo constante.
Pero antes de hablarle directamente, necesito colocar un espejo.
Imagino a un hombre judío en 1943, encerrado en un campo de exterminio. Imagino que, contra toda lógica, pudiera escribirle una carta a Hitler. ¿Qué le diría? ¿Qué palabras encontraría alguien que ha visto cómo convierten a su pueblo en número, cómo deshumanizan a su familia, cómo transforman la vida en ceniza?
Tal vez escribiría algo así:
“Usted podrá tener el poder, las armas y el aparato del Estado. Pero no tiene la razón moral. No tiene el derecho de decidir que mi pueblo es prescindible. No puede convertir nuestra existencia en un problema a resolver.”
Ese hombre no pediría compasión. Exigiría humanidad. No pediría privilegios. Exigiría el derecho a vivir.
La historia no se repite de forma idéntica. Pero la conciencia humana no debería fragmentarse según quién sufra.
Y hoy, cuando veo Gaza reducida a escombros, cuando veo generaciones enteras creciendo bajo el ruido constante de las bombas, no puedo evitar mirar ese espejo.
Usted habla de guerra. Habla de seguridad. Habla de objetivos estratégicos.
Pero ¿qué estrategia justifica la devastación de barrios enteros?
¿Qué seguridad se construye sobre el trauma colectivo de un pueblo?
La historia nos enseñó lo que ocurre cuando se deshumaniza a una población, cuando se la reduce a amenaza abstracta, cuando el lenguaje militar sustituye al lenguaje de la dignidad humana.
No son estadísticas. Son vidas.
No son daños colaterales. Son niños con nombres, madres con historias, familias enteras que no volverán a existir.
Y esta carta no es solo para usted.
Es también para quienes han mirado hacia otro lado.
Para los líderes internacionales que han preferido el cálculo diplomático a la firmeza moral.
Para los gobiernos europeos que invocan el derecho internacional con contundencia en unos conflictos y lo relativizan en otros.
Para quienes hablan de equilibrio mientras la balanza se inclina bajo el peso de la destrucción.
Para quienes han ocupado responsabilidades políticas y han mirado hacia otro lado, como Ursula von der Leyen, Kaja Kallas o Josep Borrell, quienes tenían obligación de actuar ante la devastación y la violación del derecho internacional y no lo hicieron.
La Unión Europea nació proclamando que la dignidad humana era un principio irrenunciable. ¿Dónde está esa firmeza cuando las víctimas son palestinas? ¿Dónde están las medidas concretas, las exigencias claras, la coherencia que se reclama en otros escenarios?
No se puede condenar una invasión en un continente y relativizar una ocupación prolongada en otro.
No se puede ondear la bandera del derecho internacional de forma selectiva.
La neutralidad ante la devastación no es neutralidad. Es una decisión.
El silencio ante la desproporción no es prudencia. Es consentimiento.
El sufrimiento de un niño palestino no vale menos que el de ningún otro niño en el mundo. La vida de una madre palestina no puede quedar atrapada en equilibrios diplomáticos.
Benjamin Netanyahu, el poder no equivale a razón.
La fuerza militar no equivale a legitimidad moral.
Y a ustedes, líderes europeos e internacionales, les digo: la historia no juzga solo a quienes ordenan. También juzga a quienes permiten.
Llegará el día en que las generaciones futuras preguntarán qué hicimos cuando veíamos caer las bombas en directo. Cuando sabíamos que miles de civiles estaban atrapados. Cuando podíamos haber exigido más y no lo hicimos.
Yo no escribo desde el odio. Escribo desde la dignidad. Desde la convicción de que ningún interés geoestratégico puede situarse por encima de la vida de tantos niños y niñas que no tenían culpa de nada.
El mundo todavía está a tiempo de elegir entre la coherencia y la complicidad.
Pero el tiempo no es infinito.
Fidel Romero
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