A LA MIERDA ESTA UNIÓN EUROPEA. A LA MIERDA ESTA OTAN.
A LA MIERDA ESTA UNIÓN EUROPEA. A LA MIERDA ESTA OTAN.
Parafraseando a Labordeta: “Váyanse ustedes a la mierda.”
POR FIDEL ROMERO
Lo digo con rabia, pero también con claridad política: el problema de la Unión Europea no es un problema de comunicación. No es un problema de imagen. No es que la ciudadanía “no entienda” el proyecto europeo. El problema es mucho más profundo. Es estructural.
Durante décadas nos dijeron que la política era simplemente gestión técnica. Que gobernar era administrar lo existente. Que no había alternativa al modelo económico dominante. Que la austeridad era responsabilidad. Que los mercados eran neutrales. Que el crecimiento lo solucionaría todo.
Y mientras repetían ese mantra, la desigualdad crecía. La precariedad se convertía en norma. La vivienda pasaba de ser un derecho a ser un activo financiero. La energía dejaba de ser un bien común para convertirse en instrumento de especulación.
La Unión Europea abrazó el discurso tecnocrático: reglas fiscales, estabilidad presupuestaria, disciplina monetaria. Pero dejó de lado el conflicto social, la redistribución de la riqueza y la defensa activa de los derechos.
Se olvidó de que nació tras la Segunda Guerra Mundial como una promesa: nunca más fascismo, nunca más guerra en suelo europeo, nunca más miseria estructural. El llamado modelo social europeo no era un adorno. Era el corazón del proyecto.
Hoy ese corazón está siendo vaciado.
Europa habla de derechos humanos mientras tolera guerras interminables. Se presenta como potencia moral mientras aplica dobles raseros en política internacional. Exige estándares democráticos fuera, pero acepta sin rechistar decisiones estratégicas que se toman en Washington.
La guerra en Ucrania ha servido para consolidar una deriva militarista que parecía impensable hace apenas unos años. El sufrimiento del pueblo palestino ha puesto en evidencia una incoherencia moral que ya no se puede maquillar con declaraciones diplomáticas.
¿Dónde está la autonomía estratégica europea?
¿Dónde está la política exterior independiente?
¿Dónde está la defensa real del derecho internacional cuando incomoda a las grandes potencias?
Lo que vemos es una subordinación creciente a la lógica de la OTAN. Una alianza militar que responde a intereses geopolíticos concretos y que condiciona cada vez más el presupuesto, la agenda y las prioridades de los Estados miembros.
Se nos dice que hay que aumentar el gasto en defensa.
Que hay que prepararse para conflictos prolongados.
Que hay que invertir miles de millones en armamento.
Pero cuando se habla de sanidad pública, de educación, de pensiones, de dependencia, de vivienda social… entonces aparece la palabra mágica: “no hay margen”.
No hay margen para lo social.
Pero sí lo hay para el rearme.
Y mientras tanto, la vivienda en nuestras ciudades se convierte en un bien inaccesible. Los jóvenes no pueden emanciparse. Las familias destinan la mitad de su salario al alquiler. La pobreza laboral crece incluso entre quienes tienen empleo.
Europa ha permitido que el mercado lo invada todo. Que la lógica del beneficio privado determine qué se construye, quién accede a la vivienda, qué hospitales se externalizan, qué servicios se privatizan.
Y cuando la ciudadanía expresa malestar, cuando vota con rabia o se abstiene, la respuesta institucional es paternalismo o miedo: “cuidado con los extremos”.
Pero el extremo es este modelo que naturaliza la desigualdad.
El extremo es convertir la guerra en política industrial.
El extremo es desmantelar derechos conquistados por generaciones enteras.
Nuestras madres, nuestros padres, nuestras hermanas, nuestros hermanos, nuestras abuelas lucharon por un Estado del bienestar que garantizara una mínima redistribución de la riqueza. Lucharon por la sanidad pública, por la educación universal, por pensiones dignas, por derechos laborales, por igualdad entre hombres y mujeres.
Ese pacto social está siendo erosionado pieza a pieza.
Y como si no fuera suficiente, ahora se nos presenta como progreso el acuerdo con Mercosur. Un tratado comercial que, en la práctica, significa poner en la picota a nuestro tejido primario, dar la puntilla a nuestros agricultores y ganaderos, y someterlos a una competencia desleal frente a producciones que no cumplen los mismos estándares laborales, sanitarios y medioambientales que se exigen aquí.
Mientras se exige a nuestros agricultores cumplir normativas estrictas —y está bien que existan—, se abren las puertas a importaciones masivas que compiten en condiciones radicalmente distintas. Se sacrifica el campo en nombre del libre comercio. Se debilita la soberanía alimentaria. Se vacía el medio rural.
Otra vez la misma lógica: el mercado por encima de las personas.
Y frente a eso no podemos limitarnos a un tuit indignado. No basta con declaraciones simbólicas. Hace falta una alternativa política real, organizada, valiente.
Yo no quiero una Europa que compita por quién fabrica más armas.
Quiero una Europa que compita por quién garantiza más derechos.
Quiero una Europa que invierta en cuidados, en transición ecológica justa, en industria pública estratégica, en investigación, en vivienda social.
Quiero una Europa de la paz, no una Europa que invierta en masacre ni en genocidio.
Quiero una Europa que tenga autonomía frente a Estados Unidos, que no actúe como satélite, que no convierta su política exterior en extensión automática de intereses ajenos.
Porque cuando Europa renuncia a su soberanía política y social, lo que crece es la extrema derecha, el racismo y el autoritarismo. Y eso no se combate con más tecnocracia. Se combate con justicia social.
El problema no es que la Unión Europea esté perdiendo relato.
El problema es que está perdiendo proyecto.
Y si el proyecto europeo significa hoy recortes sociales, militarización creciente, obediencia geopolítica y mercado sin límites, entonces sí: hay que tener el coraje de decirlo.
A la mierda esta Unión Europea que se olvida de su gente.
A la mierda esta OTAN que marca nuestras prioridades y nos aleja de la Europa de la paz que queremos construir.
Otra Europa es posible.
Pero no va a construirse desde la resignación.
Se construye desde la confrontación democrática, desde la movilización social y desde una izquierda fuerte que no tenga miedo a cuestionar lo establecido.
Yo no me resigno.
Y sé que millones de personas tampoco
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