​28 DE FEBRERO: LA AUTONOMÍA QUE CONQUISTAMOS, LA DIGNIDAD QUE DEFENDEMOS

28 DE FEBRERO: LA AUTONOMÍA QUE CONQUISTAMOS, LA DIGNIDAD QUE DEFENDEMOS


Por Fidel Romero




Hoy no escribo desde la nostalgia. Escribo desde la memoria. Y desde la responsabilidad.


El 28 de Febrero no es para mí un día folclórico ni una simple celebración institucional. Es el recuerdo de un pueblo que se puso en pie. De una Andalucía que dejó de agachar la cabeza para exigir igualdad, respeto y autogobierno. Es la herencia del 4 de diciembre de 1977 y del referéndum de 1980 en el que decidimos, por la vía del artículo 151, que queríamos la máxima autonomía posible, la misma dignidad que cualquier otra nacionalidad histórica.


Nada nos fue regalado.


La autonomía andaluza fue una conquista arrancada en la calle, en las fábricas, en el campo, en los barrios obreros y en los pueblos olvidados. Fue fruto de movilizaciones masivas, de esperanza colectiva y también de dolor. Porque el 4 de diciembre no solo fue una fiesta democrática: fue también el día en que asesinaron a Manuel José García Caparrós, un trabajador malagueño que salió a defender la bandera blanca y verde y el derecho de su tierra a decidir su futuro.


Caparrós no es una anécdota. Es una víctima de la violencia política en un momento crucial de nuestra historia. Y Andalucía tiene derecho a reconocer con claridad que aquello fue un atentado contra la voluntad democrática de un pueblo. No fue un exceso aislado. Fue la expresión de que incluso pedir autonomía y dignidad podía costar la vida.


De aquella lucha nació nuestro Estatuto de Autonomía. Y el Estatuto no es papel. No es retórica. No es un documento para guardar en vitrinas institucionales. Es un contrato social. Es un compromiso político. Es la herramienta jurídica que plasma derechos concretos: el derecho a la sanidad pública y universal, el derecho a una educación pública y de calidad, el derecho al trabajo digno, el derecho a la vivienda, el derecho a la igualdad real.


El Estatuto dice que Andalucía aspira al pleno empleo. Dice que los servicios públicos deben garantizar la cohesión social y territorial. Dice que nadie debe verse obligado a emigrar por falta de oportunidades. Dice que la dignidad no puede depender del código postal.


Y sin embargo, hoy miro mi tierra y veo demasiadas grietas.


Veo una Andalucía vaciada. Pueblos que pierden habitantes porque pierden médicos, escuelas, transporte, oficinas bancarias, oportunidades. Pueblos donde una cita médica puede tardar semanas. Donde una familia joven duda si quedarse porque no hay servicios suficientes. Donde la falta de inversión pública empuja a la resignación.


Veo cómo lo público se debilita mientras se refuerzan intereses privados. Cómo se externalizan servicios, cómo se abren grietas en la sanidad, cómo se tensiona la educación pública. Y me pregunto: ¿para esto luchamos? ¿Para que la autonomía sirviera de plataforma para vender a trozos lo que tanto costó construir?


No conquistamos la autonomía para gestionar la escasez ni para convertir derechos en oportunidades de negocio. La conquistamos para garantizar igualdad. Para que la sanidad fuera un derecho, no un privilegio. Para que la educación pública fuera el ascensor social de quienes no tenían nada. Para que el trabajo no fuera precariedad permanente, sino estabilidad, salario digno y futuro.


El trabajo digno no es un eslogan. Es la base de la libertad. Sin empleo estable y con derechos no hay autonomía real. Hay dependencia, hay miedo, hay precariedad estructural.


Andalucía no puede resignarse a ser tierra de mano de obra barata, de temporalidad crónica o de jóvenes que se marchan porque aquí no encuentran futuro. La autonomía tenía —y tiene— que servir para transformar nuestro modelo productivo, para proteger el campo y su gente, para industrializar con inteligencia, para apostar por el conocimiento, para garantizar que quien nace en el sur no tenga menos oportunidades que nadie.


Hoy siento que parte de aquella conquista está siendo vaciada de contenido. Que el autogobierno corre el riesgo de convertirse en administración sin alma. Que la autonomía se fragmenta cuando los derechos se debilitan.


Y lo digo con claridad: la bandera blanca y verde no puede usarse como símbolo vacío mientras se deterioran los pilares que el Estatuto consagra. No puede celebrarse el 28 de Febrero mientras se acepta que haya pueblos sin médico, jóvenes sin empleo digno o familias esperando una vivienda que nunca llega.


Andalucía es mucho más que una fecha. Es una historia de lucha obrera, campesina, feminista y vecinal. Es memoria democrática. Es dignidad colectiva.


El 28 de Febrero fue una conquista popular. No fue una concesión graciosa del poder. Fue el resultado de la presión democrática de un pueblo que exigió igualdad real dentro de España. Y esa igualdad no se defiende con discursos, sino con políticas públicas fuertes, con inversión en servicios públicos, con valentía para anteponer lo común frente a lo privado.


Hoy reivindico aquella autonomía plena, la que soñamos y arrancamos. La que entendía que autogobierno significa justicia social. La que entendía que sin sanidad pública fuerte no hay igualdad. Que sin educación pública de calidad no hay futuro. Que sin trabajo digno no hay libertad. Que sin servicios en los pueblos no hay cohesión territorial.


Reivindico la memoria de Caparrós como símbolo de que la democracia se defiende. De que la dignidad no se negocia. De que la autonomía no puede convertirse en una palabra hueca.


Este 28 de Febrero no quiero aplausos protocolarios. Quiero compromiso real con lo que fuimos capaces de conquistar. Quiero una Andalucía que vuelva a creer en sí misma, que apueste por lo público, que cuide sus pueblos, que proteja a su gente trabajadora y que no venda su futuro al mejor postor.


Porque la autonomía no era un techo. Era un punto de partida.


Y porque la dignidad de Andalucía no se celebra: se defiende cada día.

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