YO TAMBIÉN VOY A SER MAYOR


YO TAMBIÉN VOY A SER MAYOR


Por Fidel Romero




Yo también voy a ser mayor.

Como tú.

Como quienes hoy cobran una pensión.

Como quienes levantaron este país cuando no había nada, cuando no había derechos, cuando no había garantías, cuando trabajar era sinónimo de dejarse la vida y callar.


Por eso no puedo aceptar como normal lo que ha ocurrido en el Congreso de los Diputados. No puedo mirar hacia otro lado cuando se bloquea una revalorización de las pensiones que no era un regalo, ni un capricho ideológico, sino una mínima actualización para no perder poder adquisitivo en un contexto de inflación desbocada, de precios imposibles en los supermercados, de energía, suministros y alquileres disparados.


La subida del 2,7 % de las pensiones —unos 50 euros de media— no era una concesión graciosa del Estado. Era una obligación moral y social. Una obligación con quienes han cotizado durante décadas para sostener el sistema, para que otros también pudieran jubilarse, para que nuestros padres y madres pudieran llegar a fin de mes con dignidad. Y sin embargo, esa subida ha sido bloqueada.


Bloqueada conscientemente.

Bloqueada con votos.

Bloqueada por la derecha, la extrema derecha y la derecha catalana.


PP, Vox, Junts y UPN tumbaron un real decreto-ley que no solo protegía a los pensionistas, sino también a los hogares más vulnerables: prórroga de la prohibición de desahucios, protección frente a cortes de luz, agua y gas, descuentos energéticos, ayudas al transporte. Un escudo social en el sentido literal del término. Un escudo para quienes no tienen colchón, para quienes viven al día, para quienes ya no pueden más.


Dicen que están “a favor” de las pensiones, pero votan en contra del único instrumento que permitía subirlas ya. Dicen que apoyan a los mayores, pero los convierten en moneda de cambio. Dicen que defienden la libertad, pero niegan derechos básicos. Y mientras tanto, más de 13 millones de personas quedan en el aire.


Hoy no solo hay pensionistas pobres.

Hoy hay trabajadores pobres.

Personas en activo que necesitan el salario entero para sobrevivir. Que no pueden ahorrar. Que viven con miedo a cualquier imprevisto. Si eso es así para quien trabaja, ¿qué ocurre con quien cobra una pensión mínima o depende de una prestación?


Ahí es donde el Estado tiene que estar.

Ahí es donde se miden los derechos de verdad.

Ahí es donde se ve si una democracia protege o abandona.


Pero el problema nunca ha sido la falta de recursos. El problema es a quién se destinan. Porque recursos sí hay cuando se trata de beneficiar a las grandes eléctricas, a los oligopolios, a las multinacionales, a las grandes superficies que compran productos del campo a precios de miseria y los venden a precios obscenos. Cuando una cebolla se paga a 20 céntimos en origen y se vende a cuatro euros en el supermercado, alguien está robando, y no es el pensionista.


Esos son los intereses que se protegen.

Esos son los que reciben rebajas fiscales.

Esos son los que han tenido leyes hechas a medida, como un guante, para no tributar lo que les corresponde.


Mientras tanto, a la mayoría social se le exprime. IRPF, impuestos indirectos, recortes encubiertos. Se nos pide sacrificio a quienes ya no podemos dar más. Y aun así hay quien aplaude que los más ricos ganen todavía más, aunque sea a costa de dejar atrás a los más débiles.


Yo no lo entiendo.

No entiendo que haya trabajadores que vean con buenos ojos este modelo.

No entiendo que se normalice el deterioro de la sanidad pública, de la educación pública, de los servicios sociales, para empujarnos a un sistema donde solo quien tenga dinero pueda vivir con dignidad.


Porque eso es lo que viene si este rumbo se consolida: un país donde envejecer será un castigo si no tienes recursos. Un país donde la exclusión social será el destino de quienes ya lo dieron todo. Un país donde el derecho se convierte en mercancía.


Y lo más grave es que ya nos lo están enseñando sin disimulo. Un futuro gobierno del PP con Vox no es una hipótesis lejana: es un proyecto que ya muestra sus prioridades. Y frente a eso, no basta con resistir. Hace falta una izquierda fuerte, sin complejos, capaz de empujar, de marcar límites, de obligar incluso al PSOE a no mirar hacia otro lado cuando se trata de derechos sociales. Porque sin presión, sin convicción, sin claridad, el retroceso es inevitable.


Ya lo vimos con el empleo. Cuando se aprobó la reforma laboral, nos dijeron que sería un desastre. Hoy, por primera vez en la historia, el paro está por debajo del 10 %. Y ahora guardan silencio. No rectifican. No piden perdón. Los grandes medios tampoco ayudan: diluyen, silencian, maquillan. Pero la realidad es tozuda.


Esta votación no es anecdótica.

Afecta a millones de personas.

Y define de qué lado está cada cual.


Yo también voy a ser mayor.

Y no pienso aceptar un país que abandona a quienes lo sostuvieron.

Porque defender las pensiones, el escudo social y los derechos básicos es una decisión política. Una política que elige estar del lado de la mayoría social, de quienes han trabajado toda su vida, de quienes necesitan protección, y no del lado de los poderosos ni de los intereses económicos que siempre caen de pie.

Comentarios

Entradas populares de este blog

​FRAN: LA DIGNIDAD DE UN HOMBRE, LA FUERZA DE UN PUEBLO

​DE HUMILLADERO A MÁLAGA: EL PUEBLO QUE NUNCA OLVIDÓ A SU HIJO

CARTA ABIERTA AL SEÑOR ABASCAL