LA EXTREMA DERECHA NO NACE EN LOS PUEBLOS NI EN EL MUNDO RURAL: SE ALIMENTA DEL ABANDONO
LA EXTREMA DERECHA NO NACE EN LOS PUEBLOS NI EN EL MUNDO RURAL: SE ALIMENTA DEL ABANDONO
Por Fidel Romero
Escribo esto desde un lugar que conozco bien. Desde los pueblos que cada año tienen menos vecinos, menos niños en la escuela y más persianas bajadas. Desde la llamada España vaciada, aunque a mí ese término ya se me queda corto, porque no solo nos han vaciado de gente: nos han ido vaciando de derechos, de servicios y de voz.
Cada mañana, en muchos pueblos de este país, se repite la misma escena. En el bar, en la plaza, a la puerta del supermercado o en el banco de siempre. Conversaciones que empiezan hablando del tiempo, del campo o del médico que ya no viene, y acaban abrazando discursos de extrema derecha con una naturalidad que asusta: que si hace falta mano dura, que si antes esto no pasaba, que si los de arriba nos tienen abandonados, que si aquí nadie manda, que si con Franco había orden.
No lo dicen desde la maldad. Lo dicen desde el hartazgo, el abandono y la sensación de no importarle a nadie. Y ahí está la trampa.
Lo ocurrido en Extremadura en los últimos años es un ejemplo claro de este proceso. El avance de la extrema derecha se ha producido con más fuerza precisamente en las comarcas más despobladas, envejecidas y castigadas por el abandono institucional. Zonas rurales vaciadas, con servicios públicos debilitados, oportunidades laborales escasas y una sensación persistente de olvido por parte de las administraciones. No es una anomalía ni una excepción: es la confirmación de que donde la democracia no llega en forma de derechos y presencia real, otros llegan con discursos simples, identitarios y autoritarios que canalizan la frustración acumulada.
Durante demasiado tiempo se ha querido explicar el avance de la extrema derecha en el mundo rural como un problema de ignorancia o falta de formación. Es un análisis cómodo y profundamente clasista. Las ideas reaccionarias no crecen porque la gente sea tonta, crecen porque falta lo esencial. Crecen donde el Estado se retira, donde la democracia no se toca, donde las decisiones se toman a cientos de kilómetros por gente que no sabe ni cómo se llama el camino que lleva al cortijo.
La España vaciada no es un accidente. Es el resultado de décadas de políticas que han permitido que miles de pueblos pierdan población sin que nadie mueva un dedo. Escuelas cerradas, consultorios médicos que abren una vez a la semana, transporte inexistente, jóvenes que no pueden quedarse porque no hay vivienda ni trabajo. Cuando no hay futuro, cualquier relato que prometa orden y pertenencia encuentra terreno fértil.
Y entonces aparece la bandera. Grande, limpia, simple. Aparece el “nosotros” frente a “ellos”. Aparece la idea de que hace falta autoridad, disciplina, mano dura. Pero esa mano dura nunca apunta hacia arriba. Siempre cae sobre los mismos: sobre el jornalero, sobre el parado, sobre el migrante, sobre el que vive con lo justo. Nunca sobre los que concentran la tierra, la riqueza o el poder.
Nos venden la nostalgia del franquismo como si fuera estabilidad, pero quienes vivimos o heredamos la memoria de los pueblos sabemos lo que había detrás de ese supuesto orden. Caciquismo, miedo y silencio. El terrateniente, el alcalde impuesto y el cura marcando la vida de todos. Sin sindicatos libres, sin derechos, sin posibilidad de protestar. No era paz, era imposición.
La emigración masiva de los años cincuenta y sesenta no fue progreso. Fue una expulsión. Familias rotas, pueblos envejecidos, saberes perdidos. Esa herida sigue abierta hoy, cuando seguimos viendo cómo la juventud se va porque quedarse es casi un acto heroico. Y cuando una comunidad se rompe, se vuelve vulnerable al autoritarismo.
Aquí es donde la extrema derecha hace su trabajo. No crea el problema, lo explota. Utiliza el sentimiento de abandono para ofrecer identidad a cambio de obediencia. Utiliza la rabia para señalar enemigos falsos. Utiliza la palabra “orden” para justificar más desigualdad. Y mientras tanto, no trae ni escuelas, ni médicos, ni trabajo digno. Solo trae castigo y división.
Lo más perverso es que nos hacen creer que el problema es la falta de autoridad, cuando en realidad es la falta de justicia social. Nos dicen que hay que apretar, cuando llevamos décadas apretados. Que hay que disciplinar, cuando ya vivimos disciplinados por la precariedad y la falta de oportunidades.
Frente a eso, hay alternativas reales que existen y han demostrado funcionar. El cooperativismo rural, por ejemplo. Cooperativas agrarias, de servicios, energéticas o forestales que han sido capaces de repartir riqueza, generar empleo y fijar población. Allí donde la economía se socializó, el fascismo tuvo mucho más difícil entrar. No es casualidad, está documentado.
También lo está el impacto de las reformas agrarias cuando se hicieron bien. Acceso a la tierra, reducción de desigualdades, comunidades más cohesionadas. Lo contrario —reformas bloqueadas, concentración de propiedad, intermediarios llevándose el beneficio— es gasolina para el conflicto social y la frustración.
La solución no pasa por más banderas ni por discursos identitarios vacíos. Pasa por servicios públicos garantizados, trabajo digno ligado al territorio, vivienda accesible y poder local real. Democracia que se vea, que se toque, que se discuta en la plaza y no solo en los despachos.
Y pasa también por memoria. Por recordar qué significó el caciquismo, la posguerra, la emigración forzada. Por saber que esos discursos ya fracasaron y siempre lo hicieron a costa de los de abajo. Un pueblo que conoce su historia es un pueblo más difícil de engañar.
La fe, la tradición y el arraigo no son el problema. El problema es cuando se usan para tapar el abandono y justificar la desigualdad. Ninguna bandera cura, ninguna consigna da de comer, ningún autoritarismo ha salvado nunca a un pueblo.
La España vaciada no necesita mano dura.
Necesita derechos, dignidad y futuro.
Y mientras eso no llegue, otros seguirán usando nuestra rabia para reforzar un orden que nunca fue para nosotros.
Comentarios
Publicar un comentario