Groenlandia, Trump y el límite que Europa no puede seguir cruzando

Groenlandia, Trump y el límite que Europa no puede seguir cruzando


Por Fidel Romero




Para mí es difícil no sentir vértigo cuando yo escucho, con absoluta normalidad mediática, que el presidente de Estados Unidos vuelve a plantear la posibilidad de comprar Groenlandia como si se tratara de una finca, una empresa o un yacimiento más. Yo considero que no estamos ante una anécdota ni una boutade: estamos ante una forma de entender el mundo profundamente peligrosa, anclada en el peor imperialismo del siglo XIX y completamente incompatible con el derecho internacional contemporáneo.


Para mí, Groenlandia no es un objeto, no es una mercancía y no está en venta. Yo hablo de un territorio con población, instituciones propias, autogobierno y derecho a decidir su futuro, reconocido incluso por el propio Estado del que forma parte, Dinamarca. Cuando yo pienso que el dinero puede sustituir a la soberanía, a la autodeterminación de los pueblos y a la legalidad internacional, no lo veo solo como arrogante: lo veo como una amenaza directa a la estabilidad mundial.


Desde mi punto de vista, Donald Trump actúa como lo que es: un tirano político, alguien que cree que el poder económico y militar le sitúa por encima de las leyes, de los tratados, de los Estados y de los pueblos. Yo creo que lo ha demostrado en Venezuela, en Oriente Medio, en su desprecio sistemático a la ONU y al derecho internacional, y ahora vuelve a hacerlo en el Ártico. Para mí, juega a ser Dios, a redibujar el mapa del mundo desde un despacho, como si el planeta fuera su tablero privado.


Lo que a mí me resulta verdaderamente alarmante no es solo su comportamiento, sino la pasividad de Europa. Yo veo una Unión Europea que se llena la boca hablando de valores, de legalidad y de derechos humanos, pero que no pone freno real a quien está tensando el orden internacional hasta límites insoportables. Para mí, callar, contemporizar o mirar hacia otro lado ante estas derivas no es neutralidad: es complicidad.


En este contexto, a mí me resulta inaceptable que se plantee que el ejército español pueda participar, aunque sea indirectamente, en operaciones de “vigilancia”, “disuasión” o “seguridad” al servicio de los intereses estratégicos de Estados Unidos. Yo no puedo permitir que nuestros soldados, ni nuestros hijos, sean utilizados como piezas de un engranaje militar que no defiende la paz, sino los intereses geopolíticos y económicos de una élite y de grandes multinacionales.


Yo creo que no podemos seguir incrementando el gasto militar mientras se recortan derechos sociales. No podemos seguir justificando guerras preventivas, misiones ambiguas o despliegues “técnicos” que siempre terminan siendo el preludio de algo peor. Y, sobre todo, yo sostengo que no podemos seguir dentro de una OTAN que nos arrastra una y otra vez a conflictos ajenos, decididos lejos de nuestras sociedades y sin control democrático real.


Por eso defiendo, sin ambigüedades, la salida de España de la OTAN. Para mí no es un gesto simbólico, sino una decisión política coherente con la defensa de la paz, del derecho internacional y de la soberanía de los pueblos. Yo no creo que necesitemos más bloques militares; necesitamos más diplomacia, más multilateralismo y más respeto a la legalidad internacional.


La historia nos ha enseñado —y yo así lo leo— que cuando a los tiranos no se les pone límites, avanzan. Y cuando las democracias no reaccionan a tiempo, el precio lo pagan siempre los pueblos. Hoy es Groenlandia. Ayer fue Venezuela. Mañana puede ser cualquier otro territorio que estorbe a los intereses de quienes creen que el mundo se compra con un talonario.


Yo digo que Europa debe plantar cara. España debe decir no.

Y nosotros, como sociedad, debemos tener claro que no queremos ni una sola guerra más hecha en nuestro nombre

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