UN RAYO DE ESPERANZA EN LA OSCURIDAD DEL CAPITALISMO SALVAJE ESTADOUNIDENSE
UN RAYO DE ESPERANZA EN LA OSCURIDAD DEL CAPITALISMO SALVAJE ESTADOUNIDENSE
Por Fidel Romero
Cuando observo lo que está ocurriendo en Estados Unidos, el país más poderoso del mundo, no puedo evitar sentir una mezcla de preocupación, incredulidad y también —por primera vez en mucho tiempo— un pequeño rayo de esperanza. Ese rayo de esperanza viene de una figura muy concreta: Bernie Sanders, que junto a Alexandria Ocasio-Cortez recorre el país con la gira Fighting Oligarchy, denunciando lo que tantos años se ha callado: que una minoría de multimillonarios controla la política, condiciona las leyes y dicta el futuro de millones de personas.
No es casual que esta gira surja en 2025, justo después de la reelección de Donald Trump y en plena crisis social. Estados Unidos vive una contradicción brutal: es el centro de la riqueza global y, al mismo tiempo, el escenario de una pobreza que golpea a millones de personas. Decenas de millones sobreviven sin techo, sin sanidad, sin seguridad social, sin ningún tipo de protección. Ciudades enteras albergan escenas que deberían avergonzar a cualquier democracia: familias viviendo en la calle, personas mayores abandonadas, trabajadores con varios empleos que aun así no pueden pagar el alquiler o un medicamento.
Y mientras tanto, el sistema protege con celo a quienes menos lo necesitan: los ultra-ricos, las grandes corporaciones, quienes acumulan fortunas inimaginables al margen de cualquier control democrático. Es un modelo diseñado para salvaguardar privilegios y castigar la vulnerabilidad. Un sistema que responsabiliza al pobre de su pobreza, al enfermo de su enfermedad y al trabajador de su precariedad. Un capitalismo salvaje que deshumaniza, que divide, que excluye.
En ese contexto, la crítica que Sanders lanza a figuras como Elon Musk no es una anécdota: es un símbolo. Es poner nombre y apellido a esa oligarquía que compra elecciones, influye en decisiones políticas y decide si la población tendrá o no acceso a derechos básicos. Es decir lo que casi nadie dentro del sistema se atreve a decir.
Frente a esa maquinaria, Sanders y Ocasio-Cortez están planteando un discurso claro y contundente: sanidad universal, vivienda asequible, seguridad social para quienes lo han dado todo trabajando, salarios dignos, derechos laborales, educación pública fuerte, regulación del poder económico. Una agenda mínima de dignidad que, paradójicamente, en el país más rico del mundo sigue siendo tratada como una utopía.
Pero lo más importante no son solo sus propuestas: es la respuesta popular. Los mítines están reuniendo a miles de personas en estados conservadores, en zonas donde hacía años que el progresismo no pisaba. Mucha gente joven, trabajadores, familias enteras que nunca habían participado en política. Eso revela un descontento profundo, una necesidad colectiva de justicia, de seguridad, de futuro. Y demuestra que incluso en un país marcado por el individualismo extremo, la gente sigue teniendo hambre de comunidad, de solidaridad, de derechos.
Yo no me engaño: Sanders no es la revolución. No es el cambio de sistema que realmente necesitaría Estados Unidos para acabar con décadas de desigualdad estructural. No representa por sí solo la transformación radical que podría poner fin a la concentración obscena de riqueza y poder que define al capitalismo estadounidense. Pero sí representa algo muy valioso: una grieta en el muro, una voz clara y valiente que señala el camino, una fuerza que despierta conciencias y recuerda que los derechos no son una mercancía.
Sanders es ese rayo de esperanza que permite imaginar otra cosa. No la panacea, no el punto de llegada, pero sí el punto de partida. La antesala de un movimiento más amplio, más profundo, más colectivo. La posibilidad de que la gente, desde abajo, vuelva a creer en lo público, en lo común, en que nadie debería quedar fuera de la dignidad humana.
Y en un país donde cada día se vulneran derechos básicos, donde millones viven entre la riqueza más obscena y la pobreza más extrema, ese rayo de esperanza es ya un acto revolucionario
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