​SOMOS LA ESPERANZA QUE ROMPE EL SILENCIO, LA VOZ QUE NO SE DOBLA, LA VIDA QUE LUCHA

SOMOS LA ESPERANZA QUE ROMPE EL SILENCIO, LA VOZ QUE NO SE DOBLA, LA VIDA QUE LUCHA

  

FIDEL ROMERO.




Hay momentos en los que un pueblo tiene que decidir si agacha la cabeza o si planta el pie en el suelo y dice: basta. Y yo siento que en Andalucía, y en el conjunto del país, estamos justo en ese punto. Lo veo cada día: en la sanidad pública hecha trizas mientras se llenan los bolsillos de unos pocos, en aulas donde la pública se asfixia y la concertada crece como si fuera ley natural, en los barrios que resisten aunque pretendan ponerlos de rodillas, en los pueblos pequeños que gritan aunque nadie parezca escuchar. Lo veo cuando un joven me confiesa que no podrá emanciparse antes de los treinta, cuando una madre espera meses por una cita médica, cuando un servicio público se privatiza con la misma frialdad con la que se vende un solar.


Y frente a esta ofensiva porque es una ofensiva en toda regla, frente a una extrema derecha que avanza sin pudor y una derecha que ha decidido abrazar sus discursos más peligrosos, yo digo algo que creo profundamente: sí hay alternativa. Y no es una alternativa tímida, ni decorativa, ni vergonzante. Es una alternativa construida desde la gente que no se rinde, desde quienes saben que la dignidad se defiende con uñas y dientes, desde quienes no están dispuestos a permitir que nos roben el futuro.


Yo no quiero volver atrás. Quiero avanzar. Quiero una Andalucía que levante la voz, que tenga hambre de justicia, que viva con derechos, que respire libertad real, no consignas vacías. Porque sé perfectamente que un país no se construye con recortes, ni con puertas giratorias, ni con privatizaciones disfrazadas de modernidad. Se construye con una sanidad pública fuerte que no deje a nadie tirado. Se construye con escuelas públicas donde no se segregue al hijo del obrero. Se construye con vivienda digna para la gente trabajadora, con servicios sociales cercanos, con empleos con derechos que te permitan vivir, no sobrevivir como si tu vida fuera prescindible.


Y sé también que el deterioro de lo público no es un error: es un plan. Un plan frío, pensado, diseñado para que lo que es de todos se convierta en negocio para unos pocos. Un proyecto reaccionario que quiere hacernos retroceder décadas, que quiere convertir nuestros derechos en privilegios. Y frente a eso, yo no pienso quedarme quieto.


Porque una izquierda dividida es una izquierda derrotada antes de empezar. Y yo no estoy aquí para regalarle victorias a quienes pretenden desmantelar a la clase trabajadora. Estoy aquí para construir unidad, para levantar un bloque popular que no se arrugue, que no pida perdón por existir, que sepa que cuando la gente se organiza, tiemblan hasta las estructuras más viejas.


Otra forma de gobernar no solo es posible: es urgente. No vengo a poner parches ni a gestionar migajas. Vengo a decir que podemos construir un gobierno que ponga lo público en el centro sin complejos. Un gobierno que no entregue la sanidad al mejor postor. Un gobierno que entienda que la educación pública es un pilar, no un obstáculo. Un gobierno que mire a la juventud de frente y no la condene a un futuro de precariedad. Un gobierno que se atreva a frenar los abusos del oligopolio eléctrico y que apueste por una transición energética justa, limpia y al servicio del pueblo. Un gobierno que entienda que sin igualdad, hablar de libertad es una estafa.


Cuando miro el mundo, veo guerras alimentadas por el negocio de las armas, imperios que no quieren renunciar a su dominio, injusticias que se repiten con distintos acentos. Y lo digo sin rodeos: ni guerras, ni bloqueos, ni colonialismos, ni genocidios. Defiendo la paz, la soberanía de los pueblos y los derechos humanos, aquí y en cualquier parte del mundo. Palestina me duele. América Latina me preocupa. La crisis climática me obliga a actuar. Y no quiero un país que obedezca estrategias militares ajenas mientras abandona a su gente, a sus barrios, a sus trabajadoras y trabajadores.


Pero cuando vuelvo a mirar cerca, a lo que toca la piel, lo que me sostiene es la gente. La esperanza no está en ningún despacho: está en la calle. Está en cada persona que se niega a rendirse. He visto a miles defender nuestra sanidad. He visto barrios enteros pelear por lo más básico: luz, agua, dignidad. He visto a la gente organizarse frente a la resignación. Esa fuerza es la que me convence de que podemos ganar esta batalla.


Porque lo que está en juego no es un sillón. Es la vida de nuestras familias. Es el derecho a un trabajo con derechos, a una vivienda digna, a una pensión justa, a un futuro para la juventud. Es la dignidad de nuestra tierra. Y eso no lo va a regalar nadie: se conquista luchando.


Por eso escribo. Porque creo en la fuerza de la unidad, en la fuerza de la gente, en la memoria de quienes pelearon antes que nosotros y en la alegría de quienes pelean hoy. Porque sé que nadie transforma nada solo. Yo estoy aquí para empujar, para pelear, para defender la vida y los derechos conquistados. Pero sé que no basta con mi voluntad.


Necesitamos a todos y todas empujando en la misma dirección. Necesitamos que la esperanza deje de ser un deseo y se convierta en un movimiento real. Necesitamos que Andalucía se levante con la dignidad que siempre ha tenido.


Y sé que si lo hacemos juntas y juntos, venceremos. Porque ya hemos empezado a hacerlo.

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