LIBERTAD NO ES UN DELITO

LIBERTAD NO ES UN DELITO


Sobre Pablo Hasél, la democracia y las líneas rojas que nunca debieron existir


Por Fidel Romero




Escribo estas líneas desde una convicción profunda, casi heredada. Vengo de una familia que luchó por la libertad cuando la libertad no existía en este país. Cuando opinar, organizarse o simplemente repartir propaganda podía costarte una detención, un cuartelillo, una paliza o algo peor. Mi familia como tantas otras mucho para que la democracia llegara, para que nadie tuviera que esconderse nunca más por pensar diferente, para que decir lo que uno piensa no fuera un acto de valentía, sino un derecho.


Mi padre solía decir algo que se me quedó grabado: “Con todo lo que se ha luchado para poder hablar libremente, deberíamos ser muy conscientes de que incluso aquello que no nos gusta, incluso lo que no compartimos, debe poder decirse. Porque luchamos precisamente para eso”.

Y tenía razón.


La libertad de expresión no existe solo para las ideas cómodas, ni para las opiniones mayoritarias, ni para los discursos amables. Existe, sobre todo, para las palabras incómodas, para la crítica, para la denuncia, para aquello que molesta al poder.


Por eso considero profundamente injusta  y peligrosamente simbólica la condena y encarcelamiento de Pablo Hasél.


Porque Hasél no está en prisión por robar, por defraudar, por evadir capitales o por enriquecerse a costa de lo público. Está en prisión por cantar, por escribir, por expresar opiniones que, nos gusten o no, estaban  y estánen los periódicos, en las tertulias, en las redes sociales y en las conversaciones cotidianas de miles de personas.


Se le ha convertido en cabeza de turco.

En un castigo ejemplarizante.

En un mensaje claro: hay cosas que no se pueden decir.


Y ese mensaje es incompatible con una democracia madura.


Una democracia no puede tener figuras intocables. Porque en el momento en que alguien no puede ser criticado, cuestionado o satirizado, la democracia empieza a resquebrajarse. El principio básico de nuestro ordenamiento  ese que dice que todos somos iguales ante la ley se convierte en una frase vacía cuando comprobamos, día tras día, que no todos somos iguales.


Vemos cómo determinados delitos económicos gravísimos se dilatan durante años.

Vemos cómo grandes responsables políticos esquivan responsabilidades.

Vemos cómo se protege a quienes formaron parte de estructuras de poder heredadas del franquismo.

Vemos jueces actuando de forma más que discutible, fiscales señalados, procesos judiciales donde se obstaculiza el interrogatorio a testigos clave, como hemos visto recientemente en el entorno de Mariano Rajoy, con decisiones que resultan, como poco, bochornosas para cualquiera que crea en la separación de poderes.


Y, sin embargo, un rapero entra en prisión por palabras.


Eso no es justicia.

Eso no es proporcionalidad.

Eso no es democracia.


La libertad de expresión no significa estar de acuerdo con lo que se dice. Significa defender el derecho a decirlo. Significa entender que el Estado no puede castigar penalmente la crítica política, la creación artística o la denuncia, por dura que sea, salvo en casos muy excepcionales y claramente delimitados. Y desde luego, no con penas de prisión.


Cuando se castiga la palabra, se envía un mensaje de miedo.

Cuando se criminaliza la expresión, se empobrece la democracia.

Cuando se protegen privilegios y se persigue la disidencia, se retrocede.


Por eso creo que la condena de Pablo Hasél es una barbaridad democrática que debe ser corregida. Y hay un instrumento legal para hacerlo: el indulto.


El Gobierno tiene la capacidad jurídica y política de concederlo. Y los socios de la izquierda tienen la responsabilidad moral y democrática de exigirlo. No como un favor personal, sino como un acto de reparación democrática. Como una afirmación clara de que en este país no se entra en prisión por cantar, escribir o pensar.


Porque si hoy aceptamos que encarcelen a un rapero por sus letras, mañana será un periodista, pasado un sindicalista, y después cualquiera que moleste lo suficiente.


Y porque quienes lucharon antes que nosotros  los que pasaron por cuartelillos, los que fueron detenidos, los que se jugaron la vida por traer la democracia no lo hicieron para que hoy aceptemos el miedo, el silencio o la censura.


La libertad no es un delito.

La palabra no es un crimen.

Y la democracia no puede sobrevivir con ciudadanos callados y poderosos intocables

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