LA LEY 15/1997 ABRIÓ LA PUERTA A ENTREGAR LA SANIDAD AL NEGOCIO PRIVADO
LA LEY 15/1997 ABRIÓ LA PUERTA A ENTREGAR LA SANIDAD AL NEGOCIO PRIVADO
Por Fidel Romero
A veces me preguntan por qué sigo insistiendo en recordar la historia reciente de nuestra sanidad pública. Y siempre respondo lo mismo: porque lo que no se recuerda, se repite. Y ya hemos pagado demasiado caro cada olvido.
La Ley 15/1997: la puerta que nunca debió abrirse
La Ley 15/1997 sigue hoy vigente. No está derogada. No se ha revertido. Y continúa siendo el instrumento legal que permite que los centros sanitarios públicos puedan gestionarse por empresas privadas, consorcios y fondos de inversión. Es la columna vertebral de la privatización silenciosa —y a veces no tan silenciosa— que vive nuestro sistema de salud.
En su día, Izquierda Unida votó en contra. Ahí están las actas del Congreso. Y ahí está Julio Anguita, avisando con una claridad que hoy estremece: esta ley será la defunción de la sanidad pública. Y tenía razón. Era la puerta que los especuladores necesitaban para convertir nuestra salud en un negocio. Era el puente para que unos pocos hicieran fortuna con la vida de muchos.
Un PSOE que siempre necesitó un contrapeso por la izquierda
Lo digo con toda la experiencia acumulada: el PSOE, cuando no está vigilado, cuando no tiene un contrapeso firme a su izquierda, acaba dejándose llevar por los cantos de sirena de los poderes financieros y económicos, los mismos que lo han tenido atrapado durante décadas.
Antes lo disimulaban: escondían la patita, maquillaban discursos, pronunciaban palabras de izquierdas mientras firmaban decretos escritos al dictado de las grandes fortunas. Florentino, Ortega, los fondos de inversión, Acciona, los capitales que siempre mandaron en los Consejos de Ministros del felipismo. Mientras hablaban de igualdad, firmaban políticas de derechas. Mientras levantaban el puño en los mítines, votaban en el Congreso con la derecha, y la derecha los aplaudía con las orejas.
Hoy ya ni disimulan. Hoy se les ve la cara entera. Y sabemos perfectamente cuáles son sus lealtades.
Las 20 familias que siempre han mandado
En España hay veinte familias, veinte, que sostienen al PP y a la ultraderecha. Lo sabemos. Pero para gobernar, necesitan engañar a la gente sencilla, a la gente trabajadora. Les piden el voto prometiendo una cosa y luego aplican políticas contrarias a esa misma gente. Y en los años 80 y 90, Felipe González fue el mejor gancho que jamás tuvieron: un líder que venía de la izquierda pero que abrió las puertas a las políticas neoliberales más duras.
Y no nos engañemos: si los números hubieran dado para que el PSOE gobernara con Ciudadanos, lo habrían hecho sin pestañear. Habrían aplicado exactamente las mismas recetas económicas dictadas por Bruselas, por los fondos buitre y por los grandes capitales. No había ninguna duda.
Cuando hay contrapeso social, la historia cambia
Por eso es tan importante un contrapeso por la izquierda. Sin él, el PSOE siempre acaba cayendo en las mismas manos.
— El salario mínimo no se sube solo.
— Las pensiones no se revalorizan solas.
— Las ayudas para que nadie pierda el empleo durante una pandemia no salen de la nada.
— La protección social y laboral no florece por voluntad divina.
Florece porque hay quien empuja. Porque hay quien pelea. Porque hay quien no se vende ni se asusta.
La asignatura pendiente: la vivienda como derecho humano
Nos queda todavía un reto enorme: la vivienda. Hasta que no se ponga fuera del alcance de la especulación, no habrá justicia social completa. Ya lo decía Gabriel Rufián desde la tribuna: “inviertan ustedes en oro, inviertan en criptomonedas… pero no inviertan en vivienda, que es un derecho humano”. Y llevaba razón. Porque la vivienda, para ellos, no es un derecho: es negocio. Igual que la salud.
La vida frente al dinero
Lo hemos visto demasiadas veces: para cierta clase política y económica, la vida humana vale menos que un balance contable.
— Si no puedes pagar una operación, te mueres.
— Si no puedes pagar un alquiler, te echan.
— Si no puedes pagar cuidados, te abandonan.
— Si eres mayor y vives en una residencia, eres un gasto, no una persona.
Lo vimos con Ayuso y las residencias. Lo vimos en Andalucía con la privatización creciente de la sanidad pública, donde cada recorte ha costado vidas. Lo vimos cuando se defiende sin pudor el genocidio en Palestina porque hay intereses económicos detrás. Lo vemos cada vez que se aprueba un arancel para contentar a las élites, mientras se acusa a la gente humilde de vivir de ayudas sociales.
No les importa la salud, ni la educación, ni los derechos sociales. No les importa el bienestar de los mayores, ni de los niños, ni de las familias trabajadoras. Solo les importa el dinero. Y aquellos que vienen en yate con maletines llenos de promesas vacías lo dejan claro cada vez que pisan este país: vienen a sacar beneficio, no a garantizar derechos.
Privatización con apetito: el caso de las listas de espera
Porque la historia no solo se repite: también se reforma para ajustarse al negocio. El reciente caso de un CEO de hospital privado gestionando sanidad pública, que recomendó alargar listas de espera para “engordar beneficios”, es la prueba más clara de lo que permite la Ley 15/1997: priorizar la rentabilidad sobre la salud de la ciudadanía.
Sí, lo escuchaste bien: en un hospital público gestionado por una empresa privada, alguien con poder considera que alargar la espera de pacientes es legítimo si aumenta los beneficios. No es un error, no es una anécdota: es un cálculo empresarial frío, consciente, y legal gracias al marco abierto por la ley. La vida, la salud, los derechos de los pacientes… todo queda subordinado a la cuenta de resultados.
Este episodio confirma lo que siempre hemos dicho: entregar la sanidad pública al negocio privado no es una excepción, sino un modelo estructural que prioriza la cartera sobre el bienestar de la ciudadanía.
Por eso escribo esto
Porque la historia ya nos dijo qué ocurre cuando dejamos que manden los mismos de siempre:
nos roban los derechos, nos privatizan la vida y dejan a la gente sola en los momentos más duros.
No podemos permitirlo otra vez.
No podemos dejar de mirar.
No podemos otra vez poner al zorro a guardar las gallinas.
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