EL BLINDAJE DEL PODER FINANCIERO Y SU TONTO ÚTIL: LA MAQUINARIA QUE SOSTIENE A AYUSO Y A SU ENTORNO
EL BLINDAJE DEL PODER FINANCIERO Y SU TONTO ÚTIL: LA MAQUINARIA QUE SOSTIENE A AYUSO Y A SU ENTORNO
Por Fidel Romero
Lo digo en primera persona porque no quiero esconderme detrás de ningún plural impersonal ni de fórmulas tibias. Lo que estamos viendo en Madrid es una desvergüenza histórica, una maquinaria política y económica que funciona con precisión quirúrgica para proteger a quienes deberían responder ante la justicia y ante la ciudadanía. Y dentro de esa maquinaria, el caso de Alberto González Amador –el hombre que reconoció ante Hacienda haber defraudado y haber utilizado facturas falsas– no es una anécdota, sino la evidencia más clara de cómo opera un poder que se alimenta de la sombra, de los favores y del blindaje institucional.
La red de negocios de González Amador alrededor de la sanidad privada madrileña no es la historia de un autónomo despistado; es la demostración de cómo se entrelaza lo público y lo privado cuando existe un gobierno dispuesto a mirar hacia otro lado. Que este señor aparezca en la intranet de Quirón con un alias –“Alberto Burnet”– no es un detalle pintoresco, es una forma de operar. Una identidad de conveniencia que encaja perfectamente con esa doble vida en la que en los juzgados se llama de una manera y en los negocios sanitarios de otra. Un método que, lejos de ser accidental, es parte de un esquema diseñado para no dejar rastro directo mientras fluye dinero, influencia y privilegio.
Las operaciones investigadas, las comisiones millonarias en plena pandemia, los pagos sospechosos entre directivos, las compraventas de sociedades sin valor real… todo eso habla de un modelo que se ha instalado en Madrid: un modelo en el que algunos se enriquecen mientras la sanidad pública se desangra, un modelo en el que los recursos que deberían ir a salvar vidas terminan convirtiéndose en oportunidades de negocio para quienes mejor conectados están. Y esto no lo digo yo: lo ha reconocido él mismo, González Amador, cuando admitió el fraude fiscal y las facturas falsas. Eso ya no es presunción, es confesión.
Y lo peor de todo es la frialdad. La frialdad del dinero que sustituye al corazón. La frialdad de quienes, mientras la gente contaba muertos y las ambulancias no daban abasto, veían en aquella tragedia una oportunidad económica. La frialdad de quienes dicen defender la libertad mientras negocian con la salud de todos. Esa frialdad que nace no sólo de la ambición personal, sino del blindaje que otorgan los grandes fondos, las multinacionales, los intereses financieros que llevan años metiendo la mano en la política madrileña buscando exactamente esto: un gobierno dócil, dispuesto, sin escrúpulos a la hora de abrir la puerta a privatizaciones, externalizaciones y beneficios para unos pocos.
Y ahí entra Isabel Díaz Ayuso. Porque nada de todo esto habría prosperado con tanta impunidad sin la protección política que le brinda a su pareja y a su entorno. No hablo de protección en abstracto; hablo de blindaje real, mediático, institucional, jurídico, empresarial. Hablo de la cobertura que dan los grandes intereses económicos que llevan años alimentando un ecosistema donde se normaliza lo intolerable. Ayuso se ha convertido en el instrumento perfecto para ese poder: alguien que repite lo que le escriben, que se deja manejar, que construye un discurso de victimismo para ocultar una red de privilegios y favores que beneficia a unos pocos y perjudica a la mayoría.
Porque cuando uno observa quién gana con todo esto –fondos de inversión, concesionarias, consultoras, grupos sanitarios privados, grandes corporaciones que viven de lo público sin dar explicaciones– entiende por qué la presidenta de Madrid es tratada como un activo estratégico. De ahí que esté rodeada de blindajes, de altavoces mediáticos, de una justicia presionada desde todos los ángulos, de un aparato económico que la protege porque les resulta útil, rentable, manejable. Es la figura perfecta para sostener un modelo en el que la desigualdad es negocio, en el que la precariedad se aprovecha, en el que los derechos se convierten en mercancía.
Y en este punto conviene decirlo claro: el proyecto político de Ayuso no se sostiene sólo por intereses internos, sino por el papel de la ultraderecha global —desde sectores de Estados Unidos, Argentina e Israel hasta partidos de Europa del Este y grandes fondos de inversión— en la creación de una red política, económica y mediática que refuerza modelos como el suyo. Un internacional ultraconservador que comparte el mismo patrón: privatizaciones agresivas, debilitamiento del sector público, confrontación permanente y blindaje a quienes convierten el poder en un negocio. Ese andamiaje global reconoce en Ayuso a una aliada natural, una voz útil, una pieza más de la maquinaria que busca extender ese modelo allí donde encuentra terreno fértil.
Y mientras tanto, quienes denuncian, quienes investigan, quienes piden transparencia, son señalados como enemigos. Porque en esta estructura todo está invertido: se criminaliza al que denuncia y se protege al que defrauda; se ataca al que reclama justicia y se blinda al que hace negocios en la sombra. Madrid, convertida en laboratorio de la impunidad, paga las consecuencias de un gobierno que no protege a su ciudadanía, sino a su red de intereses.
Y al final, cuando uno junta todas las piezas, todo encaja con una facilidad insultante. Ayuso es, para quienes mandan de verdad, exactamente lo que buscan: alguien que les sirve, que les cubre, que les garantiza que podrán seguir moviendo los hilos sin ser cuestionados, sin que nadie rompa el equilibrio de beneficios y favores.
En el fondo, eso es Ayuso para quienes mandan de verdad: el tonto útil que necesitaban, alguien a quien no le importa nada ni nadie mientras la mano que la mueve hace y deshace sin límites ni escrúpulos.
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