CHINCHORROS: EL PARASITISMO ECONÓMICO QUE ARRUINA EL CAMPO, LA VIVIENDA Y LO PÚBLICO
CHINCHORROS: EL PARASITISMO ECONÓMICO QUE ARRUINA EL CAMPO, LA VIVIENDA Y LO PÚBLICO
Por Fidel Romero
Un chinchorro no es quien trabaja ni quien produce.
Un chinchorro es quien se beneficia del trabajo ajeno sin aportar valor, quien extrae riqueza sin crearla, quien vive como un parásito a costa del esfuerzo de otros, del deterioro de lo público y del empobrecimiento de la mayoría.
El chinchorro no cultiva, no construye, no cuida, no cura: chupa y se va.
Con esta definición clara, hablemos del campo.
Criar patatas, tomates o cereales, producir leche o cuidar ganado exige madrugar, invertir, asumir riesgos climáticos, pagar salarios y sostener vida en los pueblos. El campo no solo produce alimentos: genera empleo, fija población y crea riqueza real en el territorio.
Pero al final de la cadena aparecen los chinchorros: grandes intermediarios y cadenas de distribución que compran productos agrícolas a 10 o 15 céntimos y los venden multiplicando su precio por veinte, treinta o más. Ese margen no es eficiencia ni mercado libre: es extracción de renta organizada.
El agricultor asume el riesgo.
El chinchorro se queda el beneficio.
El mismo esquema se repite con la vivienda. Casas necesarias para vivir y desarrollar un proyecto vital se convierten en activos financieros en manos de fondos y grandes tenedores. Al acumular viviendas, disparan los alquileres y convierten la compra en una condena de deuda perpetua. No construyen comunidad ni garantizan derechos: ordeñan una necesidad básica.
Y el parasitismo alcanza su máxima expresión en los servicios públicos.
Primero se recortan recursos en sanidad, dependencia, residencias y servicios sociales. Se colapsan plantillas, se alargan listas de espera y se degrada deliberadamente la atención. Después, los mismos intereses sentencian que “lo público no funciona”.
Es una operación política consciente.
Cuando el sistema público está exhausto, entran los negocios privados:
si quieres atención, paga;
si tienes un problema grave, no tienes alternativa.
Hospitales privatizados, residencias mercantilizadas y dependencia convertida en negocio. Las listas de espera se inflan para engordar beneficios privados mientras la mayoría sufre.
Eso no es modernización ni colaboración público-privada.
Eso es saqueo.
Frente a este modelo parasitario, defendemos otro muy distinto: una economía productiva, socialmente útil y arraigada al territorio. Empresas que produzcan, que transformen materia prima, que creen empleo estable y salarios dignos. Cooperativas de primer y segundo grado que añaden valor al producto agrícola, devuelven renta al agricultor y sostienen pueblos enteros. Industria, servicios y sector primario trabajando para redistribuir riqueza, no para concentrarla.
Y conviene dejar de hablar en abstracto y llamar a las cosas por su nombre.
Chinchorro es el modelo de las grandes cadenas de distribución —Mercadona y otras similares— que compran a precio de saldo lo que el agricultor produce con esfuerzo y riesgo, y lo venden multiplicando su valor sin aportar nada al proceso productivo.
Chinchorro es el fondo buitre que acumula viviendas, dispara alquileres y convierte el derecho a un hogar en una mercancía especulativa.
Chinchorro es el modelo de Quirón y la sanidad privatizada, que se alimenta del debilitamiento deliberado de la sanidad pública: primero se recorta, luego se colapsa y finalmente se deriva al negocio privado. No curan por vocación social: facturan sobre la enfermedad y la espera.
Estos chinchorros no crean riqueza social: la succionan.
No generan empleo digno: lo precarizan.
No mejoran servicios: los mercantilizan.
Frente a ellos está el otro modelo, el que sí merece ese nombre.
El del agricultor que se levanta de madrugada y produce.
El de las cooperativas que transforman, industrializan y dan valor añadido.
El de las empresas que generan empleo, pagan salarios, cotizan y sostienen la economía real.
Unos producen.
Otros chupan.
Unos generan vida, empleo y futuro.
Otros viven de encarecer la existencia y vaciar derechos.
Aquí no hay equidistancia posible:
o se está con quienes crean riqueza colectiva,
o se está con los chinchorros parasitarios que viven de saquearla.
Porque cuando el parásito manda, la sociedad enferma.
Y cuando se protege a quien trabaja, produce y cuida, el país avanza
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