​LA SENTENCIA QUE NOS DEVUELVE A UN PASADO QUE CREÍAMOS SUPERADO A GOLPE DE PALA Y TIERRA ENTERRAMOS UN PASADO QUE NUNCA FUE CURADO NI SANADO

LA SENTENCIA QUE NOS DEVUELVE A UN PASADO QUE CREÍAMOS SUPERADO


A GOLPE DE PALA Y TIERRA ENTERRAMOS UN PASADO QUE NUNCA FUE CURADO NI SANADO


Por Fidel Romero




Después de todo lo que se ha dicho y escrito sobre la sentencia contra el Fiscal General del Estado, siento la necesidad de hablar en primera persona. No solo como ciudadano, sino como alguien que lleva muchos años observando cómo se mueve la justicia en España y hacia dónde nos están empujando ciertos sectores que nunca asumieron plenamente la democracia.


Comparto y suscribo punto por punto las declaraciones del juez Baltasar Garzón. Me parecen certeras, honestas y profundamente acertadas. Garzón lo ha dicho con claridad: este juicio nunca debió haberse producido, no se sostienen las acusaciones y el procedimiento entero ha mostrado unas grietas que deberían alarmar a cualquiera que crea en un Estado de derecho. Si alguien conoce por dentro los mecanismos de la justicia española, es él. Y si él afirma que estamos ante un proceso contaminado por intereses políticos, es porque hay razones sólidas para ello.


Pero más allá de coincidir con Garzón, hay algo más profundo que estamos viendo. Algo que nos está pasando por delante de los ojos y que solo puede entenderse si asumimos una verdad incómoda: de aquellos polvos, estos lodos.

De una transición mal hecha, mal ejecutada, llena de heridas que no se limpiaron, que no se desinfectaron, que no se cerraron nunca… y que se taparon a golpe de tierra, no con justicia. Heridas que hoy vuelven a supurar porque jamás fueron curadas.


Y así hemos llegado a esta situación en la que volvemos a ver comportamientos que recuerdan demasiado a los tribunales franquistas:

tribunales que juzgaban sabiendo de antemano la sentencia, que no admitían pruebas evidentes, que ninguneaban la defensa, que jamás ofrecían una mínima posibilidad de absolución. Juzgados donde la verdad no importaba porque ya estaba decidido el destino del acusado antes de que empezara la vista oral.


Lo que estamos viendo ahora se parece demasiado a aquello.

Demasiado.


Porque es tremendamente grave que por miedo a una posible filtración, el Tribunal Supremo haya decidido adelantar el fallo de la sentencia sin motivación, sin fundamentación, sin justificar jurídicamente nada, como si fuera normal dictar una condena sin explicar sus razones.

Pero lo más inquietante es lo que se desprende de ese gesto:

si el Supremo adelanta la sentencia “para evitar filtraciones”, ¿quién podía filtrarla?

¿Quién tenía acceso?

¿Quién manejaba el documento?


Evidentemente, los mismos que juzgan y condenan por una supuesta filtración que ni ha sido demostrada ni ha quedado acreditada.

Es decir: condenan al Fiscal General por algo que no se ha probado, mientras ellos mismos reconocen que temen filtraciones desde dentro del propio tribunal.

Un despropósito. Una contradicción tan grande que solo puede sostenerse desde la impunidad.


Vivimos una situación en la que pareciera que ciertos tribunales han vuelto a vestirse con la toga negra del franquismo, sentándose en los estrados con la misma impunidad con la que se sentaban en la dictadura. Esa es la sensación que queda.


Y para explicar lo que siente mucha gente de bien respecto a la justicia de este país, siempre recuerdo aquella parábola tan simple como certera.

Se reúnen las tres mejores policías del mundo para demostrar su eficacia. Sueltan una liebre en el bosque. La policía inglesa la encuentra en un día. La francesa, en dos. Llega la española —en este caso la Guardia Civil— y tres días después aparece con un jabalí ensangrentado, con la nariz rota, la oreja partida y señales de violencia por todos lados. Cuando alguien les dice que eso no es una liebre, que es un jabalí, el jabalí responde: “Soy una liebre”.


Esa es exactamente la sensación que muchos españoles tenemos cuando miramos ciertas actuaciones judiciales: que se fabrica el resultado, que se fuerza la realidad hasta que confiese ser lo que no es. Y así no se construye justicia, ni democracia, ni Estado de derecho.


Hoy, más que nunca, cuando la derecha se envalentona, cuando Vox se siente en posición de privilegio, cuando Madrid es gobernada por lo peor de la extrema derecha, estamos viendo los efectos de esa transición incompleta, de esa democracia imperfecta, de esa justicia que nunca terminó de independizarse del poder político y de los restos del aparato franquista.


Por eso escribo este artículo.

Porque no podemos callarnos.

Porque la justicia no puede convertirse en un arma política. Porque la democracia no puede ser rehén de quienes jamás creyeron en ella. Y porque, como dijo Garzón, esto es mucho más grave de lo que parece.


España necesita una justicia limpia, honesta, despolitizada y verdaderamente democrática.

Y mientras no lo exijamos con fuerza, seguiremos viendo jabalíes confesando que son liebres.

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