BLINDAR LA CULTURA ES INSULTAR NUESTRA HISTORIA
BLINDAR LA CULTURA ES INSULTAR NUESTRA HISTORIA
Por Fidel Romero

Vivo con la certeza de que nuestra cultura no es un bloque de piedra que se defiende a golpes, sino un río en el que confluyen muchas aguas. A veces escucho propuestas políticas que hablan de “blindar” las tradiciones españolas, como si se tratara de un tesoro puro que hay que custodiar. Y siempre me pregunto: ¿qué es exactamente lo que quieren blindar? Porque lo que hoy llamamos cultura española, y más aún la andaluza, es el fruto de siglos de mestizaje, de encuentro, de convivencia y de aprendizaje de civilizaciones distintas.
En Andalucía todavía caminamos sobre huellas romanas: puentes, calzadas, acueductos que nos recuerdan que Roma nos enseñó a construir ciudades. También conservamos la impronta de los visigodos y, cómo no, la inmensa herencia musulmana que impregna nuestro idioma, nuestra gastronomía, nuestra arquitectura y hasta nuestras músicas. El flamenco, orgullo de nuestra tierra, no sería lo que es sin raíces moriscas y sin ese aire oriental que todavía resuena en algunas saetas de Semana Santa.
Si alguien quisiera borrar lo árabe de nuestra vida cotidiana, tendría que arrancar de nuestro vocabulario palabras tan comunes como alcalde, barrio, almohada u ojalá. Tendría que tapar las yeserías y artesonados que embellecen iglesias y palacios, o renunciar a la dulzura de un pastel de almendra y miel que hunde sus raíces en la repostería andalusí. Tendría que dar la espalda a los jardines con agua, patios y fuentes, que siguen siendo alma de nuestras casas.
Gracias a ese mestizaje, la humanidad dio pasos de gigante. Sin la medicina árabe, Europa difícilmente habría sobrevivido a sus pestes. Sin la numeración arábiga, seguiríamos contando con palitos romanos. Sin la transmisión de saberes, hoy no tendríamos universidades ni bibliotecas como las que marcaron nuestra historia.
Andalucía es un espejo donde se refleja la grandeza del mestizaje. Aquí han pasado fenicios, íberos, romanos, musulmanes, judíos, cristianos… y todos han dejado algo que forma parte de nosotros. Pretender blindar la cultura es como querer congelar el río: un intento condenado al fracaso. La cultura vive, cambia, se transforma, se enriquece con cada encuentro.
Yo me siento orgulloso de vivir en una tierra donde lo diverso no es amenaza, sino riqueza. Y me rebelo contra los discursos que intentan meter el miedo en las casas, como si compartir, escuchar o aprender de otros fuera una traición. Lo que de verdad temen quienes defienden esas propuestas es perder su negocio político: el negocio del miedo.
Nuestra historia nos enseña justo lo contrario: que la humanidad avanza mezclándose, no separándose. Y que la cultura, lejos de blindarse, florece cuando se abre a otros pueblos.
Porque la cultura es como un árbol de raíces profundas y diversas: fenicias, romanas, árabes, judías, cristianas… raíces que se entrelazan bajo la tierra y que dan fuerza al tronco común. Sus ramas son nuestras lenguas, nuestras músicas, nuestras fiestas; sus frutos, el pan que compartimos, la poesía que cantamos, el arte que nos emociona.
Blindar la cultura sería como intentar cortar esas raíces para que el árbol quedara puro: un árbol así estaría condenado a secarse. Nuestra cultura vive precisamente de esa mezcla, como el río que recoge aguas de mil manantiales y se hace más caudaloso al avanzar.
Y yo, como andaluz, sé que no hay orgullo mayor que el de reconocernos hijos de todas esas huellas, herederos de todos esos pueblos, custodios de una riqueza que no se encierra, que se comparte.
Y por eso lo digo claro: cuando en un parlamento o en un pleno alguien propone “blindar” la cultura, no está defendiendo la tradición, está insultando nuestra historia. Porque la cultura andaluza, la española y la europea son mestizas por definición. Pretender lo contrario no es proteger nada: es hacer el ridículo
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