Morir ganándose el pan
Morir ganándose el pan
Por Fidel Romero

Hay muchas formas de perder la vida. Algunas, como los deportes de riesgo o las decisiones inconscientes, pueden ser evitables. Otras, imprevisibles. Pero quizá no haya tragedia más dura ni más injusta que perder la vida mientras uno se gana el pan. Morir trabajando, entregando tu tiempo —el tiempo de vivir, de soñar, de compartir con los tuyos— a cambio de un salario, debería ser una imposibilidad moral y social en pleno siglo XXI. Y sin embargo, ocurre.
Ocurrió hace solo unos días en Estepa, a un vecino que, como tantos, salió temprano de casa con la ilusión de volver por la tarde. Quizá tenía ya planificadas unas vacaciones, una comida familiar, una escapada con los suyos. No volvió. Una claraboya cedió bajo sus pies. No había red. No había línea de vida. No hubo margen para salvar la suya.
En situaciones como esta, es importante recordar que la responsabilidad de garantizar las condiciones de seguridad recae sobre la empresa. No es razonable que un mozo de almacén se vea realizando tareas como la limpieza de placas solares sin arnés, sin protección, sin línea de vida ni red. Es ahí donde fallan los protocolos, y donde el sistema debe actuar con más rigor y control.
Cuando una vida se apaga así, el silencio institucional duele el doble.
Hay veces que, por intentar “que el trabajo cunda”, se toman atajos fatales: no me pongo el arnés porque me incomoda, no bajo a por la mascarilla porque estoy apurado, no coloco el protector de la máquina porque “solo va a ser un momento”. Y a veces, ese momento es el último. Porque el mayor error es creer que no va a pasarte a ti. Que la vida no se corta así, de golpe, por ahorrar unos segundos. Pero se corta.
Por eso, la prevención no es una opción. No es un trámite. Es una línea roja que debe respetarse sin excusas. Porque no estamos hablando de normativas, sino de familias. De hijos que se quedan sin padre. De madres que se quedan sin abrazo. De compañeras que se quedan sin compañero. De vidas que se vacían por completo por una negligencia, por una prisa, por un descuido que pudo evitarse.
Y no podemos quedarnos callados.
No lo hizo un vecino de Estepa, Ángel, que intervino en el último pleno del Ayuntamiento con una petición tan simple como poderosa: un posicionamiento. No pedía una ley, ni una medida concreta. Pedía que las instituciones se mojaran, que dijeran con claridad que están del lado de los trabajadores, que condenan los accidentes laborales, que exigen el cumplimiento riguroso de las medidas de seguridad. Pedía que el Ayuntamiento del pueblo de este trabajador —como cualquier otro— dijera alto y claro: “Nunca más”.
Pero ese pronunciamiento no llegó. Hubiera bastado con una frase:
“Estamos con la clase trabajadora. Estamos con la vida. Exigimos prevención, seguridad, y respeto.”
Pero ni eso. El silencio institucional, cuando se trata de vidas humanas, es una forma de complicidad.
Desde aquí, desde este pequeño rincón de conciencia que aún conservamos los que no nos resignamos, queremos decirlo. Queremos gritarlo si hace falta: ni un muerto más por ganarse el pan.
La vida no se negocia.
La vida no vale menos que un minuto de productividad.
La vida es lo primero.
A la familia de este joven, a sus compañeros y a toda la comunidad de Estepa, nuestro abrazo. Que su muerte no caiga en saco roto. Que sea un grito que remueva conciencias y fuerce cambios. Porque hay cosas que no se pueden repetir. Porque la felicidad —y el derecho a volver a casa— debe estar garantizada para cualquiera que sale cada mañana a buscar su sustento.
Y porque una sociedad que no cuida a quienes la sostienen con su trabajo, no tiene futuro.
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