MEDIO PAN Y UN LIBRO… Y UNA ESCUELA PÚBLICA A LA ALTURA

MEDIO PAN Y UN LIBRO… Y UNA ESCUELA PÚBLICA A LA ALTURA

Por Fidel Romero

Lo aprendí pronto y lo repito hoy con la misma convicción: la cultura alimenta el alma igual que el pan alimenta el cuerpo. Federico García Lorca lo dijo mejor que nadie: en tiempos de necesidad, “yo no pediría un pan, sino medio pan y un libro”. Esa frase no es literatura bonita: es un programa político. Y hoy, en Andalucía, nos quieren dejar sin ese “libro”.

La Junta ha decidido suprimir los auxiliares de conversación nativos en los centros públicos. Eso significa menos apoyo en clase, menos exposición real al idioma, menos oportunidades para quienes no pueden pagar una academia. El resultado es evidente: se empobrece la pública y se crea una necesidad que solo la privada puede cubrir… previo pago. No es un error técnico: es una hoja de ruta.

Esto ya lo hemos visto en la sanidad: primero se degradan servicios, después se normaliza que “no llegan” y, finalmente, se invita a “buscar alternativas”. En sanidad lo llamaron “sostenibilidad”; en educación lo llaman “eficiencia”. El desenlace es idéntico: recortes por la puerta de atrás que empujan a las familias a la empresa privada. Esta vez le toca a los idiomas; mañana será otra pieza del sistema.

La educación pública fue el ascensor social que permitió que los hijos de jornaleros, de trabajadores, de la gente sencilla, llegaran a la universidad, se formaran y ocuparan responsabilidades cuando se les exigió. Como recordó Nelson Mandela, “la educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”. Si ahora recortamos en aquello que abre puertas —como el aprendizaje de idiomas en un mundo global— estaremos cerrando ese ascensor social. Aprender lenguas no es un capricho: sirve para comunicar, emprender, investigar, trabajar aquí y fuera. Quitar este apoyo empuja a muchas familias a pagar academias que no pueden permitirse. Quien cobra el SMI no tiene “cien euros de sobra” al mes para suplir lo que antes garantizaba la escuela pública. Y, mientras tanto, a algunos no les preocupa: sus hijos ya van a centros privados, ya pagan clases privadas, ya tienen el camino despejado.

Antes cuidaban las formas; ahora lo hacen a cara descubierta. La ultraderecha propone y el señor Bonilla dispone. Se habla de “ajustes” y “reordenaciones”, pero el efecto es cristalino: menos pública, más negocio. Si tragamos con este recorte y con los que vendrán, acabaremos con un sistema en el que solo los hijos de los ricos puedan estudiar idiomas a fondo, acceder a los mejores másteres, ocupar los centros de mando de la economía, la judicatura o la política. Y eso no es progreso: es volver atrás.

La II República lo entendió con claridad: colocó la educación pública en el centro, multiplicó escuelas y dignificó a los maestros. Rafael Alberti lo resumió con una sentencia que hoy deberíamos tener escrita en la puerta de cada colegio: “Un pueblo que no cuida a sus niños ni su escuela, no merece llamarse pueblo.” Esa fue la gran lección republicana, y sigue siendo la asignatura pendiente de quienes hoy gobiernan Andalucía.

Como ciudadano, vecino y trabajador de esta tierra, no me resigno. Mi compromiso es claro: restituir los auxiliares de conversación con contratación legal, estable y digna; blindar la educación pública frente a recortes que transfieren costes a las familias; exigir transparencia para que sepamos cuántos centros se ven afectados, cuántas horas se pierden y qué alternativas reales existen; y construir una alianza con ayuntamientos, comunidad educativa y sindicatos para defender lo común.

Porque un país que recorta en cultura y educación recorta su futuro. Y si de elegir se trata, elijo medio pan y un libro… y que ese libro esté en la escuela pública, abierta y de calidad, para que hijas e hijos de trabajadores tengan las mismas oportunidades que cualquiera. Esa es la Andalucía que quiero y que voy a defender.

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