EL SILLÓN MÁS CARO DE ANDALUCÍA
EL SILLÓN MÁS CARO DE ANDALUCÍA
Por Fidel Romero

Lo confieso: cada vez que veo a Jesús Aguirre presidir el Parlamento andaluz, no puedo evitar imaginar qué superpoderes tendrá su sillón de 4.635 euros. ¿Dará masajes? ¿Tendrá calefacción en invierno y aire fresco en verano? ¿Le susurrará palabras de ánimo en inglés, francés y mandarín mientras aprieta el botón de “orden en la sala”? Porque, por ese precio, lo mínimo sería que el sillón te atrapara el trasero con tanto cariño que no quisieras levantarte nunca.
Mientras tanto, los profesores, funcionarios de ayuntamientos o incluso los trabajadores del propio Parlamento se pasan horas y horas en sillas de 200 euros (con suerte), aguantando el peso de su jornada sin masajes, sin calorcito y sin susurros motivacionales. Eso sí, ellos trabajan todos los días. Aguirre solo se sienta en su trono cuando hay pleno, y a veces parece más pendiente de acomodar su “culo de buen asiento” que de escuchar los debates.
En mi pueblo siempre se decía aquello de “culillo de mal asiento” para referirse al que no para quieto. Pero aquí pasa justo lo contrario: tenemos un “culillo de asiento completo”, adaptado a la perfección con dinero público para que al señor presidente no le falte ni un centímetro de confort.
Y no es que uno se escandalice solo por el precio. Es por el ejemplo. Porque mientras nos piden austeridad, sacrificio y “apretarnos el cinturón”, ellos se aflojan el cinturón para que les quepa mejor el sillón de lujo.
Quizá el próximo día que algún diputado se enfade con Aguirre, en vez de pedirle que se calme, debería decirle:
—“Tranquilícese, señor presidente. Recuéstese en su sillón premium, póngase cómodo, que para eso lo hemos pagado todos.”
Y yo, desde mi silla coja de 120 euros, solo pido una cosa: que cuando se levante del sillón, deje también en pie la dignidad de quienes se lo han pagado. Porque lo del asiento es suyo, pero la vergüenza, señor Aguirre, esa nos la cobra a todos.
Porque en política podemos discrepar en muchas cosas, pero hay algo en lo que deberíamos coincidir todos: los cargos públicos no estamos para darnos lujos, sino para dar ejemplo.
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