COMPASIÓN ES DEJAR DE TORTURAR: POR NOELIA Y POR EL DERECHO A MORIR DIGNAMENTE

COMPASIÓN ES DEJAR DE TORTURAR: POR NOELIA Y POR EL DERECHO A MORIR DIGNAMENTE

Por Fidel Romero

Lo repito sin rodeos: compasión es parar el dolor, no administrarlo a plazos. Noelia, 24 años, paraplejia irreversible y un sufrimiento que ella misma ha descrito como insoportable, cumplió cada garantía médica y legal para acceder a la eutanasia. Doctores responsables, médica consultora y evaluaciones psiquiátricas avalaron su capacidad y su voluntad; la Comisión de Garantía y Evaluación de Cataluña aprobó por unanimidad su solicitud y el procedimiento llegó a fijarse para el 2 de agosto de 2024. Todo en regla. Todo conforme a la ley. Todo conforme a su dignidad.

¿Qué pasó entonces? Que la fe sectaria y el activismo ultracatólico sustituyeron la compasión por el castigo. El padre de Noelia —representado por Abogados Cristianos— recurrió y consiguió parar “in extremis” la prestación. En marzo de 2025 una jueza le dio la razón a Noelia: reconoció su autonomía, rechazó el recurso paterno y subrayó que el derecho a la eutanasia es personalísimo. Era el primer juicio en España por muerte digna y Noelia lo ganó. Pero su agonía continúa: a día de hoy, la eutanasia sigue suspendida cautelarmente mientras no haya sentencia firme del TSJC, tras nuevas resoluciones que han mantenido el freno pese al empeoramiento de Noelia. ¿Compasión? No. Burocracia judicial contra el cuerpo de una mujer que sufre.

Me pregunto —y le pregunto a quien presuma de cruzar la plaza en nombre de la caridad—: ¿En nombre de qué Dios se legitima prolongar el sufrimiento ajeno contra su voluntad? Si el Evangelio se invoca, que sea para recordar lo obvio: la compasión no tortura. No hay excusa teológica para encadenar a una hija a su dolor “hasta que le dé la gana a tu Dios”. Lo dijo con precisión la periodista Ana Pardo de Vera en un alegato que suscribo palabra por palabra: lo que se predica de labios afuera —misericordia— se niega con los hechos cuando se instrumentaliza a Noelia como arma política. Y tiene razón: no es cristiano usar el dolor de una persona para ganar batallas.

Para subrayar ese contrapunto entre poder y compasión, recuerdo el diálogo entre el Diablo y Dios en El evangelio según Jesucristo, de José Saramago. Ahí, el Diablo encara a un Dios omnipotente que no detiene el sufrimiento pudiendo hacerlo:

“Entonces el Diablo dijo: Es necesario ser Dios para que le guste tanto la sangre.”

Y más adelante, el Diablo desnuda la lógica cruel del poder que necesita el mal para sostenerse:

“Para que yo sea el Bien, es necesario que tú seas el Mal.”

Saramago nos da el espejo perfecto: si el poder que puede frenar el dolor no lo frena, participa de él. Ese es el abismo moral que hoy separa la compasión real de su caricatura.

Como sociedad nos debemos una verdad elemental: nadie puede pedir la eutanasia por ti y nadie debería poder impedírtela si cumples la ley. En España, desde 2021 ese derecho existe con un procedimiento rápido, garantista y sanitario, no religioso ni patrimonial. Lo recuerda incluso quien impulsó la ley: los retrasos judiciales contradicen el espíritu y el contenido de la norma. Noelia hizo todo bien; lo que va mal es un engranaje que permite que recursos tácticos (con coartada moral y fines políticos) metan a una persona en un limbo de dolor.

Los hechos son tozudos:

• Comisión pública y médicos avalan la solicitud y la capacidad de Noelia; fecha programada (02/08/2024).

• Marzo 2025: la jueza autoriza la eutanasia y desestima el recurso del padre (primer caso de este tipo en España).

• Mayo–junio 2025: pese a la autorización, se mantiene la suspensión cautelar “hasta sentencia firme”, con el sufrimiento de Noelia en aumento.

• Julio 2025: las entidades por la muerte digna señalan la crueldad de este bloqueo judicial un año después.

Aquí no hay misterio teológico: o ponemos la vida de Noelia en el centro o ponemos la ideología por encima de su cuerpo. Y yo elijo a Noelia. Elijo un Estado laico donde las religiones, todas, ocupen su espacio privado y no invadan el territorio del derecho individual a vivir y a morir con dignidad. Elijo una democracia que proteja la libertad de conciencia y la autonomía personal, no una que se esconda tras formalismos para negar lo que la propia ley reconoce.

A los activistas del dolor —esos que dicen defender la vida mientras empujan a Noelia a una no-vida— les recuerdo que la ley no obliga a nadie a solicitar la eutanasia; simplemente protege a quien, en pleno uso de su capacidad, decide ejercer ese derecho. Lo mismo con el aborto: nadie obliga; se garantiza. Quien no quiera, que no lo haga. Pero que no imponga a los demás su credo ni su miedo.

Noelia no pide privilegios; pide que se respete su decisión. Y mi conclusión es clara: cuando hay capacidad, voluntad y garantías, la decisión debe ser inapelable. Si el Estado se proclama compasivo, que lo demuestre: levanten la suspensión, cumplan la ley y dejen a Noelia descansar. Porque prolongar el dolor sabiendo que puede detenerse es, sencillamente, crueldad. Y la crueldad no tiene nada de cristiana.

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