Ni títulos falsos ni vergüenza de clase: la política necesita trabajadores honestos
Ni títulos falsos ni vergüenza de clase: la política necesita trabajadores honestos
Por Fidel Romero





Vivimos tiempos en los que algunos tratan de disfrazarse de lo que no son, de adornar sus currículums con másteres y títulos que no tienen, de inventarse biografías académicas como si los títulos fueran sinónimo de capacidad política o de compromiso social. Hemos conocido recientemente el caso de una diputada del Partido Popular que falsificó varios títulos en su currículum: decía que era abogada y no lo era; presumía de másteres inexistentes y ni siquiera había finalizado sus estudios de Derecho. Pero no es un caso aislado. Hemos visto a lo largo de estos años cómo se hinchaban currículums con estudios en Harvard, con posgrados sin terminar o con másteres regalados en universidades públicas, como el famoso máster de Cristina Cifuentes en la Rey Juan Carlos. No es solo mentira: es clasismo y desprecio a quienes llegan a la política desde el esfuerzo, desde el trabajo y desde la honestidad.
Y es desde esa honestidad desde donde quiero hablar yo, en primera persona. Como tantos otros, no tengo títulos universitarios colgados en la pared, pero sí he tenido una vida entera de trabajo, de aprendizaje y de lucha. Fui trabajador del campo, tractorista, obrero del poliéster durante muchos años, y más adelante, comercial. No me avergüenzo de ello. Al contrario: lo llevo con orgullo. Porque en mi vida no he tenido que falsificar nada. Lo que he aprendido ha sido con la vida, con el estudio autodidacta y con el compromiso diario con mi pueblo y con los trabajadores.
Un tractorista en Bruselas
Cuando era alcalde de La Roda de Andalucía, tuvimos que afrontar una situación grave provocada por los aranceles de Trump a la aceituna negra. En La Roda se encuentra la mayor exportadora mundial de aceitunas, una cooperativa de cooperativas con más de 500 trabajadores, y la medida ponía en riesgo toda su actividad.
Realizamos un informe técnico, jurídico y económico muy completo. Hablábamos de que solo 11 de los 778 municipios andaluces no tienen olivar en su término; del peso del olivar y la aceituna en la economía agraria andaluza (entre el 27 y el 30%); del papel de la PAC, que Trump manipulaba para acusarnos de competencia desleal, cuando en realidad esas ayudas iban al agricultor, no a la industria. Incluimos datos sobre comercio internacional, sobre la cuenca mediterránea, sobre el valor gastronómico y cultural del aceite de oliva.
Ese informe llegó al Parlamento Europeo. Después de una exposición del documento, un diputado belga se me acercó para felicitarme. Me preguntó:
—“Señor Romero, ¿usted es jurista?”
Le dije: “No, no lo soy”.
—“¿Entonces economista?”
Tampoco.
Y fue entonces cuando le respondí, sin rodeos:
—“Mire usted, con esa terminología, yo he sido tractorista”.
El hombre no entendía bien a qué me refería. Tuvieron que explicarle que un tractorista es el que cultiva la tierra, el que maneja el arado, el que siembra y recoge. Me miró con asombro. Y yo con orgullo. Porque por primera vez, un tractorista había defendido ante Europa a miles de trabajadores, a cientos de pueblos, a toda una economía basada en el olivar, con argumentos sólidos, con datos, con conocimiento.
De Bruselas a la embajada de Estados Unidos
No solo llevamos ese informe a Bruselas. También fuimos a Madrid, a la Embajada de Estados Unidos, a defender la verdad y la dignidad del mundo del olivar. Allí entregamos el mismo informe y una carta dirigida al entonces presidente Donald Trump. Mantuvimos una reunión con el embajador y sus asesores, entre los que se encontraba el agregado comercial para asuntos agrícolas de Europa y África.
En esa reunión estuvimos el presidente de Agrosevilla, Miguel Ángel Bustamante; el entonces parlamentario andaluz Ismael Sánchez; y yo, como alcalde de La Roda de Andalucía. Nos sentamos cara a cara con los representantes del gobierno que nos había impuesto los aranceles y, desde el conocimiento y el respeto, les expusimos con claridad que lo que estaban haciendo era una injusticia y un ataque a miles de familias trabajadoras.
Nunca he ocultado quién soy
No me ha hecho falta inventar títulos. He representado con dignidad a mi pueblo porque lo conozco, porque he estado en el tajo, en la fábrica, en el campo. Porque la política debe ser reflejo del pueblo y no un trampolín para arribistas.
No somos excepción: somos raíz
Mi experiencia no es única. Hubo y hay otros muchos como yo que llegaron al Congreso o a los parlamentos desde el andamio, la azada o la mina. Pienso en Gerardo Iglesias, minero asturiano, secretario general del PCE, fundador de Izquierda Unida y diputado. Cuando terminó su etapa política, volvió a trabajar en la mina hasta que un accidente lo retiró. Pienso en Diego Cañamero, jornalero desde niño, activista incansable y diputado sin títulos pero con todas las letras. Pienso en Antonio Romero Ruiz, que fue jornalero, sindicalista, diputado, y miembro de comisiones parlamentarias que investigaban desde los GAL hasta los fondos reservados del Estado. En Juan Antonio Romero, albañil, cabrero, parlamentario andaluz y referente de la lucha obrera.
Y, por supuesto, pienso en Marcelino Camacho, histórico dirigente de Comisiones Obreras, obrero metalúrgico, sindicalista perseguido por el franquismo, preso político y, más tarde, diputado por el PCE en el Congreso de los Diputados durante la Transición.
Todos ellos fueron voz de los trabajadores. Todos ellos entendieron la política como servicio público, no como pedestal para aparentar. Nadie necesitó falsificar nada, porque llevaban la verdad escrita en las manos, en la piel y en la conciencia.
Política para el pueblo, con el pueblo
La política debe estar hecha por gente honesta, con o sin carrera, pero con verdad. Y lo primero que hay que tener para estar en política es trabajo, humildad y honestidad. Ser albañil, jornalero, agricultor, cabrero o trabajador del poliéster no te impide representar dignamente a tu pueblo, ni ser un buen parlamentario, ni tener una mirada justa y profunda sobre la economía, la sociedad o el mundo. La formación académica es valiosa, claro que sí. Pero más valiosa aún es la formación ética y la experiencia de vida de quienes han sufrido en sus carnes la desigualdad y la injusticia.
Necesitamos que la política siga representando a quienes no tienen apellidos ilustres ni títulos universitarios, pero tienen algo más importante: el respeto del pueblo y el compromiso con la justicia social. Porque la voz del campo, de la fábrica, del andamio, de la mina, también debe retumbar en los parlamentos.
Y esa voz, cuando es honesta, no necesita disfraces.
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