LOS OBISPOS VUELVEN A LEVANTAR LA CRUZ… PERO PARA HACER POLÍTICA
La Conferencia Episcopal pide elecciones… y yo me pregunto: ¿Dónde estaban antes?
Por Fidel Romero

La Conferencia Episcopal Española ha pedido elecciones anticipadas. Así, sin disimulo. Como si fueran un partido político más, como si les tocara, como si tuvieran autoridad moral para hacerlo. Y, al escucharlo, no puedo evitar recordar todo lo que callaron antes.
¿Pidieron elecciones cuando estalló la Gürtel? ¿Cuando la sanidad y la educación públicas eran desmanteladas a golpe de decreto y de recorte? ¿Cuando los desahucios dejaban a miles de familias en la calle mientras ellos acumulaban patrimonio y privilegios? ¿Cuando gobernaban los suyos, aunque gobernaran contra los pobres? No. No dijeron ni pío. Entonces no les preocupaba la democracia. Ahora, sí.
Y no es casualidad. Durante más de una década, bajo el pontificado de Francisco, la Iglesia española —esa que siempre ha tenido más poder que fe, más púlpito que humildad— pareció mantener cierto silencio. Tal vez contenida por un Papa que hablaba de pobreza, de justicia social, de acogida al migrante, de paz, de ecología, de dignidad. Un Papa que muchos tachaban de “woke”, de “rojo”, de “marxista”, simplemente por hablar de Evangelio.
Pero ahora, que soplan vientos de reacción, se sienten envalentonados. Vuelven a levantar la voz. Vuelven a salir a la calle, pero no para acompañar a las mujeres que no pueden o no quieren ser madres, no para proteger a los niños que fueron víctimas de abusos en el seno de su institución, no para defender el derecho a una muerte digna o una vida libre de violencia estructural. No. Salen a exigir elecciones. Elecciones anticipadas, sí, pero solo cuando el gobierno no es del agrado de su moral de sacristía y su alianza con la derecha más ultramontana.
Siempre en la misma dirección. Siempre con los mismos compañeros de viaje: jueces que dictan antes de que hable la ley, políticos que desprecian los derechos humanos, periodistas que llaman libertad a su odio. No han cambiado tanto desde el nacionalcatolicismo. Solo han afinado el tono. Pero el mensaje sigue siendo el mismo: ellos quieren decidir por todos, desde los altares, sin pasar por las urnas.
Y a mí no me engañan. Porque yo no olvido lo que hicieron durante la dictadura. No olvido que eligieron bando: el bando franquista. No olvido que señalaron a quienes no comulgaban con ellos, para que fueran fusilados sin piedad. Sin pensar en los hijos que quedaban huérfanos, en las mujeres condenadas al hambre, en los abusos que se perpetuaron bajo su amparo. Siempre han estado ahí, del lado del verdugo.
Recuerdo a mi padre cuando murió. Era ateo, como lo soy yo. Me pidió que no hubiese cruz en su ataúd, que no se le impusiera ningún símbolo religioso. Temía que, incluso después de muerto, le colocaran la cruz que él siempre rechazó. Y cumplí su voluntad, porque fue un hombre de principios, que no soportaba la doble moral ni las dobles caras de esa Iglesia que tanto daño hizo y hace. Él señalaba a los de sotana como quienes entregaron a camaradas, hermanos, amigos, para ser asesinados. Él conocía bien la historia y sabía que muchos de ellos nunca se movieron del lugar: siempre dispuestos a señalar con el dedo, a castigar la desobediencia, a imponer con violencia su moral única.
Ahora, con la extrema derecha enseñando la patita, ellos también se quitan la careta. Ya no disimulan. Vuelven a desatarse, como fieras que huelen el poder. Porque lo que ansían no es rezar, es mandar. No quieren evangelizar, quieren imponer. Como cuando decidían qué mujer podía vivir y cuál debía ser maltratada, humillada, ultrajada por su “pecado”. Como cuando reprimían la diversidad sexual, convertían iglesias y conventos en centros de tortura para niños indefensos, y escondían sus crímenes bajo el manto del silencio.
Eso no era Evangelio. Era puro infierno en nombre de Dios.
Decían los pueblos indígenas de América que cuando llegaron los conquistadores les pidieron cerrar los ojos y rezar con una Biblia en las manos. Cuando los abrieron, ellos tenían la Biblia… y los otros, su tierra. Les habían arrebatado todo. También a ellos los masacraron en nombre de Dios.
Por eso, cuando oigo a la Conferencia Episcopal pedir elecciones, no solo me chirría: me indigna. Porque son, con toda probabilidad, quienes menos autoridad ética y moral tienen para decirnos cómo debe funcionar la democracia. Si quieren hacer política, que se presenten a las elecciones. Que militen, que funden su partido, que se sienten en las Cortes junto a Vox o al PP, a quienes tanto defienden. Pero que no hablen en nombre de un pueblo que ya no les cree.
Yo, al menos, no.
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