Gente honrada
Gente honrada
por Fidel Romero

Conozco políticos honrados. Los he visto, he trabajado con ellos, los he escuchado hablar en silencio, sin cámaras, y los he visto sufrir por su pueblo sin pedir nada a cambio. Y aunque hoy parezca un acto de fe decir que todavía hay políticos honestos, lo digo alto y claro: los hay. Están ahí, muchos de ellos en la sombra, alejados de los focos y de las poltronas. Son alcaldes, concejales, militantes de base, servidores públicos que no entienden la política como un negocio, sino como una vocación.
Yo he conocido a muchos que han sido ejemplo, no por lo que prometían en campaña, sino por cómo vivían y actuaban cuando nadie los miraba. Porque la política, para ser digna, tiene que empezar por ahí: por no venderte. Por tener una vida limpia. Por poder mirar a los ojos a tu gente, sin agachar la cabeza.
Julio Anguita fue uno de esos referentes. Coherente hasta el último aliento. Austero. Brillante. Con un código ético que jamás se doblegó ante las presiones del poder. Lo vi, lo seguimos, lo admiramos. Nos enseñó que la política no puede ser una profesión. Que quien vive solo de ella, termina defendiéndola como medio de subsistencia, y no como vocación de servicio público.
“Con la dignidad no se come, pero sin dignidad no se come”, decía Anguita. Y tenía razón.
Y no estuvo solo. A su lado hubo una organización entera, compañeros y compañeras de lucha, de partido, de vida, que durante años demostraron que se podía hacer política con las manos limpias y con la cabeza alta. Mientras los gobiernos de la época —especialmente el del PSOE— se hundían en casos de corrupción, la organización que dirigía Julio Anguita no tuvo ni uno. Cero. Y él lo decía con orgullo en los mítines: “Nuestras manos están limpias.” Y era verdad. En medio de una política enlodada, había un espacio donde la dignidad seguía en pie.
Recuerdo una anécdota que contaba mi hermano Antonio Romero, que refleja perfectamente quién era Julio y lo que incomodaba su ejemplo. Fue cuando murió Dolores Ibárruri, “la Pasionaria”. En la sede del Partido Comunista en Madrid, Julio estaba recibiendo a dirigentes de distintos partidos, nacionales e internacionales, que venían a rendir homenaje. Uno de ellos fue Javier Arzalluz, líder del PNV, que entró en el despacho de Julio para saludarlo. Hablaron unos minutos. Y al salir, Arzalluz se acercó a mi hermano y le dijo con sinceridad: “Julio Anguita es un moralista. Y está por ver que en este país un moralista llegue a algo en política.”
No le faltaba razón. Porque ser honrado en política en este país siempre ha sido más un obstáculo que una virtud. Porque los poderosos no temen al corrupto: temen al que no se puede comprar.
Este país, desde la mal llamada transición, arrastra una cultura política podrida por dentro. No se hizo limpieza. No se rompió con las prácticas corruptas del franquismo. Solo se maquilló. Se aceptó el clientelismo, las comisiones, los nombramientos a dedo, la política de favores. Y así hemos llegado hasta aquí: con un régimen bipartidista que se sostiene sobre un pacto de silencio entre los que mandan y los que se dejan mandar.
Y en medio de todo eso, nos quieren hacer creer que todos son iguales. Que da igual votar a uno que a otro. Pero no es verdad. Porque no es lo mismo quien defiende un escaño a toda costa, que quien defiende su dignidad aunque eso le cueste el escaño. No es lo mismo quien se apunta a la política para vivir de ella, que quien entra sabiendo que tendrá que volver a su profesión, como debe ser.
Porque la política no puede ser una forma de colocarse de por vida. No puede ser un destino blindado con sueldos, cargos, consejos de administración, diputaciones o asesorías perpetuas. Cuando alguien necesita el sillón para seguir comiendo, está condenado a traicionar sus ideas para mantenerlo.
Lo decía también Julio:
“Hay que jubilar a todo aquel político que admita un poder por encima del pueblo que lo ha elegido.”
Y yo añado: hay que jubilar también a los que han hecho de la política su modo de vida.
Al pueblo hay que hablarle claro. Si seguimos votando ladrones, somos cómplices. Si no apoyamos a los que han demostrado honradez, compromiso y entrega, si no les damos fuerza para seguir en pie, entonces nos condenamos a que los que mandan no nos representen. A que las élites corruptas sigan poniendo y quitando gobiernos a golpe de maletín y de favores.
Porque no sólo se corrompe el que cobra una comisión. También corrompe el empresario que paga campañas para luego llevarse las obras. El fondo buitre que influye en gobiernos para quedarse con la vivienda pública. El que soborna, el que calla, el que mira para otro lado.
La política necesita una regeneración profunda. Pero esa regeneración no va a venir desde arriba. Va a venir desde abajo, desde cada barrio, desde cada pueblo, desde cada persona que no se resigna a que todo sea mierda.
La honradez existe. La hemos visto. La llevamos dentro. Y si no la defendemos nosotros, nadie lo hará.
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