“el pueblo somos así: hablamos andaluz y pensamos con el corazón”

Reivindico ser de pueblo

Por Fidel Romero

Me crié en un cortijo, desde los siete hasta los veintitrés años. Después, en un pueblo de 4.500 habitantes: La Roda de Andalucía. Allí he echado raíces, he vivido, he amado y he entendido qué significa realmente la palabra “comunidad”.

Vivir en un pueblo es mucho más que una elección geográfica: es una manera de estar en el mundo. Aquí, los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches no son meras fórmulas, son saludos cargados de cercanía y humanidad. Aquí, los vecinos no son desconocidos: son parte de tu vida. Se interesan por ti, por tu madre si está mala, por tu hijo si ha tenido una caída, por el vecino que lleva unos días sin salir al banco de la plaza.

Se palpa en la piel la calidad de vida que da el ritmo tranquilo del pueblo. El café de la mañana, que no es solo café, es conversación, encuentro, actualidad, empatía. Se habla del campo, del tiempo, de lo que ha dicho el médico, de lo que han subido los precios, pero también de la vida. Esas tertulias al fresco, cada vez más raras, que tanto echo de menos. Porque con las nuevas tecnologías hablamos menos, aunque nos tengamos enfrente. Los más jóvenes, incluso, se mandan un WhatsApp para evitar decirse las cosas cara a cara.

No debemos perder esta seña de identidad. No debemos dejar que la pantalla sustituya al banco del parque ni que el emoji reemplace a la mirada. Las relaciones humanas tienen que darse en el marco de la fraternidad, de la solidaridad, de la amistad, de entender al otro y, como decimos aquí, de ponerse en su pellejo.

Recuerdo una anécdota que me contaron y que siempre me ha hecho pensar. Un chico de ciudad, al visitar un pueblo, vio correr un gallo por el campo. Cuando volvió a casa, le dijo a su familia horrorizado: “¡Qué lugar tan terrible! ¡Los pollos van por ahí, crudos, sueltos!”. Esa frase resume a la perfección la desconexión que vivimos. Vivimos en una sociedad donde muchos solo entienden el alimento si viene empaquetado y refrigerado. Donde no se piensa en quién lo cultiva, lo cuida, lo recoge. Donde se ignora todo el trabajo que hay detrás para que no falte de nada en la estantería de un supermercado.

Eso también es pueblo: ser la mano que siembra, que riega, que recoge. Ser quien sostiene una forma de vida real, concreta, sin artificios. Aquí no hay filtros, aquí hay humanidad. La gente es sencilla, sí. Trabajadora, también. Pero sobre todo, solidaria. Si un vecino cae, hay otros cien dispuestos a levantarlo.

Y si no, que se lo digan a aquel vecino de Humilladero —el pueblo de donde era mi familia— que lo perdió todo cuando sus cabras enfermaron de lengua azul. Era su único sustento, y desesperado, decidió sumarse a un grupo de jornaleros que partía para la vendimia en Francia. Entre ellos iba mi padre, que por entonces se encargaba de organizar a los trabajadores para esos viajes. En la frontera, al llegar a Francia, hacían un reconocimiento médico minucioso. Aquel hombre tenía un problema de sudoración: no sudaba. Algo tan insignificante aquí, pero que allí fue suficiente para devolverlo a España. Lloró como una Magdalena. Había invertido todo lo que le quedaba en esa oportunidad para levantar la economía familiar. Y se volvió con las manos vacías.

Seis meses después, el grupo que sí pudo trabajar regresó. Antes de llegar a casa, hubo una parada obligatoria: el bar Bonanza, bar de trabajadores y refugio de reuniones clandestinas, donde se cocía también la conciencia de clase. Allí, entre cervezas, callos y abrazos, juntaron el dinero ganado a destajo durante meses de durísimo trabajo. Hicieron once partes. Y una fue para él. Para aquel vecino que no había podido trabajar, pero al que no pensaban dejar solo. Porque en los pueblos, la solidaridad no se proclama: se practica.

En las grandes ciudades se puede vivir años sin saber cómo se llama el vecino de enfrente. Se comparten ascensores en silencio. Se pasa junto a un llanto sin preguntar qué pasa. Se cruzan miles de miradas sin detenerse en ninguna. Se pierde lo esencial: el lazo.

Por eso reivindico ser de pueblo. Por eso defiendo hablar andaluz, sin complejos. Porque aquí seguimos entendiendo que lo importante no es tener mucho, sino tenerse unos a otros. Aquí seguimos creyendo que hablar no es gritar, sino compartir. Que debatir no es imponer, sino pensar. Como decía un amigo: aquí no discutimos, aquí rebinamos —una palabra con raíces árabes que significa eso, pensar, darle vueltas a las cosas.

Yo no quiero perder eso. Quiero seguir viviendo donde los niños corren por las plazas y los mayores se sientan a la sombra. Donde se pregunta “¿cómo estás?” y se espera la respuesta. Donde la vida sigue teniendo nombre y rostro.

Porque los pueblos no son solo un lugar en el mapa. Son una forma de vivir. Y una forma, también, de resistir.

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