Agua para vivir, no para especular
Agua para vivir, no para especular
Por Fidel Romero

He vivido siempre cerca del mundo agrícola. Lo he visto desde dentro, en mis años de juventud, y también lo sigo viendo hoy desde otro ángulo: me dedico al almacenamiento de agua, a fabricar depósitos y envases que ayudan a contener ese bien cada vez más escaso y más necesario. Por eso sé bien de lo que hablo cuando digo que el agua en Andalucía no solo es un recurso vital: es una frontera. Una línea que separa a quienes tienen acceso, poder y privilegios de quienes luchan por sobrevivir cultivando la tierra.
Este año, es cierto, la lluvia nos ha dado una tregua. Los embalses han subido y se encuentran, de media, en torno al 45% de su capacidad, según los últimos datos de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir. Muy por encima del 24% con el que arrancamos hace justo un año. Pero no podemos confiarnos: esta primavera lluviosa es una excepción en una tendencia que ya está marcada por el cambio climático. Se avecinan ciclos largos de sequía, y no estamos preparados. Por eso es urgente hablar del agua. No solo de su escasez, sino de su reparto, de su uso, de su modelo.
En Andalucía, el 80% del agua disponible se destina a la agricultura. Hasta ahí, lógico: somos una tierra agrícola, vivimos del campo. Pero si rascamos un poco, encontramos una realidad que escuece: más del 60% del agua de riego está en manos de una minoría de grandes explotaciones agrícolas, muchas de ellas vinculadas al agronegocio de exportación. Mientras tanto, los pequeños agricultores apenas acceden al 20% del volumen total, según datos del Ministerio para la Transición Ecológica. Así no se puede competir, ni se puede vivir con dignidad.
En la Sierra Sur lo sabemos bien. Hemos pasado por momentos en los que las fuentes estaban secas y los grifos se cortaban por las noches. Mientras tanto, se excavaban pozos ilegales, se desviaban recursos para otros usos, y se ignoraban las necesidades más básicas de la población. No podemos olvidar lo que hemos vivido por el hecho de que este año haya llovido más. Porque el agua no es solo una cuestión de clima, sino de política. De decisiones. De modelos.
No se trata de negar la necesidad de producir, ni de demonizar a nadie. Yo sé perfectamente lo que cuesta invertir en una explotación agrícola, mantenerla, arriesgar cada año con el clima, los precios, la burocracia. Pero lo que no puede ser es que unos cuantos rieguen como si el agua fuera eterna, mientras la mayoría se arruina. El modelo actual favorece la concentración, la especulación, el monocultivo intensivo, y eso ni protege el empleo ni protege el territorio. Lo que genera riqueza real es la agricultura de proximidad, diversificada, que da vida a los pueblos, que distribuye el trabajo y que cuida la tierra.
Cada vez que protegemos a un pequeño agricultor para que siga produciendo, estamos evitando el abandono rural, estamos sosteniendo una economía más justa, más estable y más eficiente. Porque los recursos bien repartidos generan más empleo, más valor añadido y más arraigo. No es una cuestión romántica. Es una cuestión de supervivencia, económica, social y ambiental.
Y hay que hablar también de los usos abusivos: los campos de golf, las macroexplotaciones de regadío, las zonas turísticas con consumo desproporcionado en pleno verano. ¿De verdad podemos permitirnos ese lujo cuando hay pueblos que dependen de camiones cisterna para abastecerse? El agua no puede seguir tratándose como una mercancía. Es un derecho humano, como reconocen Naciones Unidas y la propia Constitución española en su interpretación más humanista.
El futuro del agua en Andalucía no se puede dejar en manos del mercado. Hace falta planificación pública, inversión en infraestructuras de almacenamiento y distribución, y sobre todo, un sistema de reparto justo y transparente. Que priorice el consumo humano, que respete el medio ambiente y que apueste por un modelo agrícola que beneficie a muchos y no a unos pocos.
Lo dije al principio y lo repito ahora: el agua es frontera. Decidamos de qué lado queremos estar.
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