La imagen que no talló la Iglesia

 La imagen que no talló la Iglesia

Por Fidel Romero


Hace unos días volví a leer una poesía que me golpeó el pensamiento como un mazazo. Empieza con una pregunta sencilla: “¿De qué quiere usted la imagen?” Y a partir de ahí, se abre un diálogo brutal entre lo que representa Jesús en el imaginario cristiano y lo que ha hecho —y dejado de hacer— la Iglesia Católica a lo largo de los siglos. Muchos atribuyen esta poesía a Gabriela Mistral, pero no, no es suya. Es anónima. Quizás por eso es tan universal, tan descarnada, tan libre.


Yo no creo en un Dios que nos espere después de la muerte. No soy creyente, ni espero cielos ni infiernos. Pero sí creo profundamente en quienes pasaron por esta tierra con el firme propósito de cambiarla, de rebelarse contra las injusticias, de levantarse una y otra vez pese al fracaso. A esas personas las respeto más que a muchos santos. Porque lo intentaron. Porque no se resignaron. Porque hicieron del compromiso su religión.


Y ese Jesús del que habla la poesía —el Galileo, el obrero, el que se mezcla con los pobres y no con los poderosos— no tiene nada que ver con el que hoy pasean bajo palio los fascistas, ni con el que bendice la acumulación obscena de riqueza del Vaticano. Nada que ver con la figura decorativa que algunos utilizan para adoctrinar desde la infancia, para justificar privilegios fiscales, o para sentarse cómodamente al lado de quienes niegan derechos básicos a los más vulnerables.


Porque la verdadera contradicción no está en lo que se predica, sino en lo que no se cumple. El cristianismo —al menos en su forma más pura— comparte muchas de las ideas que defendemos desde la izquierda: el reparto, la justicia social, la compasión activa. Pero los primeros que no siguen las Escrituras al pie de la letra son quienes se envuelven en sotanas, mitras y púlpitos de oro.


Los templos lujosos, los tronos barrocos, las vitrinas donde reposa “el cuerpo de Cristo” entre joyas y mármoles… ¿eso es cristianismo? ¿Dónde quedó el mensaje del que echaba a los mercaderes del templo? ¿Dónde quedó la palabra viva, humana, encarnada en el dolor de los de abajo?


No, no se puede pedir a la gente que sufra en esta vida para recibir una recompensa después de la muerte. No se puede usar la fe como excusa para aceptar la pobreza, la enfermedad, la desigualdad. Decirle a un niño que muere de hambre que será feliz en el cielo no solo es inhumano: es una falta de respeto.


La vida es demasiado valiosa como para dejarla pasar esperando una salvación futura. La lucha es aquí, y es ahora. Y si de algo sirve la poesía que comparto a continuación, es para recordarnos que el verdadero Cristo —el que muchos invocan pero pocos siguen— no está en Roma, ni en las cuentas bancarias del Vaticano, ni en las bendiciones del poder. Está, si acaso, en las calles, en la gente sencilla, en quien se levanta cada día con la convicción de que no hay justicia sin acción.


¿De qué quiere usted la imagen?

(Poema anónimo, erróneamente atribuido a Gabriela Mistral)


—¿De qué quiere usted la imagen?

—preguntó el imaginero.

—Tenemos santos de pino,

hay imágenes de yeso.

Mire este Cristo yacente,

madera de puro cedro…

Depende de quién la encarga:

una familia o un templo.

O si el único objetivo

es ponerla en un museo.


—Déjeme, pues, que le explique

lo que de verdad deseo:

yo necesito una imagen

de Jesús el Galileo,

que refleje su fracaso

intentando un mundo nuevo,

que conmueva las conciencias

y cambie los pensamientos.

Yo no la quiero encerrada

en iglesias y conventos,

ni en casa de una familia

para presidir sus rezos.


—No es para llevarla en andas

cargada por costaleros…

yo quiero una imagen viva

de un Jesús Hombre sufriendo,

que ilumine a quien la mire

el corazón y el cerebro.

Que den ganas de bajarlo

de su cruz y del tormento,

y quien contemple esa imagen

no quede mirando un muerto,

ni que con ojos de artista

solo contemple un objeto.


—Perdóneme si le digo —

responde el imaginero—

que aquí no hallará seguro

la imagen del Nazareno.

Vaya a buscarla en las calles,

entre la gente sin techo,

en hospicios y hospitales

donde haya gente muriendo,

en los centros de acogida

en que abandonan a viejos,

en el pueblo marginado,

entre los niños hambrientos,

en mujeres maltratadas,

en personas sin empleo.


—Pero la imagen de Cristo

no la busque en los museos,

no la busque en las estatuas,

en los altares y templos.

Ni siga en las procesiones

los pasos del Nazareno…

No la busque de madera,

de bronce, de piedra o yeso:

¡mejor busque entre los pobres

su imagen de carne y hueso!


Fidel Romero




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