Este hombre no levanta cabeza ni con un rezo a San Expedito
Este hombre no levanta cabeza ni con un rezo a San Expedito
Por Fidel Romero Ruiz
Feijóo no levanta cabeza, ni con un rezo a San Expedito. Este hombre ha dejado tras sí un rastro de incongruencia y de incoherencia en el ámbito de la política española. Empezó intentando descentrar al Partido Popular, pero ha acabado en los brazos de la extrema derecha, aplaudiendo con las orejas las políticas más radicales de una derecha rabiosa que avanza, apoyada por los fantasmas de un pasado que muchos preferirían olvidar.
En este momento, Feijóo es un líder que ha demostrado ser incapaz de construir una propuesta sólida para el futuro de España. La desconfianza que genera, su falta de dirección, y la incoherencia de su discurso le han puesto en una posición insostenible. Ya no se le puede escuchar sin recordar la falta de brillo en sus intervenciones. Su discurso se ha vuelto plano, como un cefalograma sin picos ni señales de vida, y su estrategia política, más que fundada en datos y análisis, se ha reducido a un juego de acusaciones vacías, insultos y manipulaciones.
Desde el “salvapatrias” que lo trajeron a Madrid, hasta convertirse en el hombre que se esconde en la sombra de la extrema derecha, Feijóo ha sido incapaz de tomar partido por nada. En los momentos más complicados, cuando se le pedía claridad, se ponía más de perfil que la tapadera de una lata de anchoas. No se le escucha en los problemas de la DANA, ni en los escándalos de corrupción de su partido, ni en las tragedias que han sacudido Madrid, como la muerte en las residencias de mayores. Su actitud ha sido la de un líder tímido, siempre temeroso de una posible rebelión interna en su propio partido. Y es que su liderazgo no está cimentado sobre la base de ideas claras, sino sobre el miedo a perder lo que le queda de apoyo dentro del PP.
Es preocupante pensar que, en su desesperación por conseguir una mayoría, Feijóo se ha aliado con fuerzas que amenazan la democracia, la libertad y los derechos conquistados por generaciones de ciudadanos en España. El peligro de que el Partido Popular acabe gobernando con el apoyo de la extrema derecha, de un partido como Vox que ha demostrado su falta de respeto por la pluralidad y los derechos humanos, es más que una amenaza, es una realidad cada vez más palpable. En este contexto, la cuestión no es solo el qué, sino el cómo: ¿cómo podrá Feijóo mantenerse en el poder sin traicionar sus propios principios, si es que alguna vez los tuvo?
Y mientras tanto, la izquierda sigue mirándose el ombligo, discutiendo si son galgos o podencos, y dejando que el conejo —es decir, el poder— se cuele en la madriguera.
La izquierda debe reaccionar. Urge construir una alternativa real, fuerte, valiente. No basta con un PSOE que cada vez está más lejos de las necesidades de las clases populares. Hace falta una izquierda que no se limite a gestionar lo existente, sino que tenga el coraje de transformar lo que duele y lo que falta.
Una izquierda que diga no a la guerra, no al envío de recursos públicos para destruir vidas humanas, y sí a la paz como principio irrenunciable. Que defienda la sanidad pública, la educación de calidad, los servicios esenciales no como mercancías, sino como derechos blindados por ley.
Una izquierda que no se conforme con dar limosnas a quien trabaja, sino que garantice empleo digno y estable, salarios que permitan vivir con dignidad, vivienda que no sea un lujo sino un hogar. Que legisle para que los derechos más básicos —comer, curarse, educarse, vivir bajo techo— no dependan de la suerte ni del bolsillo, sino que estén protegidos como patrimonio colectivo.
Una izquierda que sepa que no se gobierna para mercados, sino para personas. Que abrace la pluralidad de esta España compleja, rica en matices, y que se ponga del lado de los pueblos, de las lenguas, de las culturas, de los derechos civiles y de las libertades individuales. Que no tema hablar de feminismo, de igualdad, de derechos LGTBI, porque sabe que sin eso no hay democracia que valga.
Y, sobre todo, una izquierda que no tiemble ante la ofensiva reaccionaria, que no se arrugue cuando la extrema derecha ruge, y que sepa defender con uñas y dientes cada conquista social arrancada con sudor, con sangre y con lágrimas. Porque ya hemos visto lo que ocurre allí donde gobiernan: retroceso, censura, miedo. Y eso no se combate con discursos huecos ni con promesas vagas. Se combate con organización, con firmeza y con esperanza.
Porque solo una izquierda decidida, amplia y valiente podrá ser ese dique de contención frente a la barbarie. Y al mismo tiempo, el motor de una nueva ilusión colectiva
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