Cómo se puede dormir con 7.291 víctimas en la conciencia

Cómo se puede dormir con 7.291 víctimas en la conciencia

Por Fidel Romero

¿Cómo se puede dormir con 7.291 víctimas en la conciencia? ¿Cómo se puede ser tan cínico? ¿Cómo se puede llegar a acusar, desde una presidencia de gabinete, a una mujer de inventarse la muerte de su madre? ¿Cómo se puede llegar tan bajo en política? ¿Cómo se puede firmar un protocolo que dictaba quién vivía y quién no, que dejaba morir en la más absoluta oscuridad, sin asistencia, sin consuelo, a nuestros mayores en las residencias?

Esas preguntas me persiguen. Y no soy el único. Nos persiguen a todos los que aún conservamos un mínimo de humanidad. Porque esto no es una cuestión de ideología, es una cuestión de conciencia. De moral. De decencia.

Hay dos momentos en la vida donde somos más frágiles, más indefensos. El primero es cuando nacemos. Llegamos al mundo desnudos, dependientes, necesitados de cuidados, alimento, afecto. El segundo, cuando envejecemos. Volvemos a necesitar ayuda para caminar, para comer, para sobrevivir. Volvemos a ser niños. Y entonces, ¿cómo se puede justificar haberles abandonado? ¿Cómo se puede mirar a otro lado cuando miles murieron solos, sin una mano que les calmara, sin un abrazo de despedida?

Eso es lo que pasó en Madrid. Solo en Madrid. No en Andalucía, ni en Cataluña, ni en Castilla-La Mancha. Solo aquí se activaron unos protocolos inhumanos que prohibían derivar a los ancianos de residencias a hospitales. Firmados por Carlos Mur, continuados por Francisco Javier Martínez Peromingo. Protocolos que ahora, por fin, empiezan a ser investigados judicialmente tras años de negación, archivo e impunidad.

Y digo por fin porque ha tenido que ser el clamor unánime de miles de familiares —valientes, organizados, incansables— el que doblegue el muro de silencio institucional. Porque ellos, las asociaciones como Marea de Residencias o 7291: Verdad y Justicia, no han dejado de luchar. Y lo han hecho en nombre de todos.

Mientras tanto, desde la cúspide del poder madrileño, lo único que ha habido es desprecio. Isabel Díaz Ayuso llegó a decir, sin pestañear, que “de todas formas se iban a morir”. Como si eso justificara el abandono. Como si eso no agravara la tragedia. Como si la muerte, por ser previsible, no mereciera siquiera un mínimo de dignidad.

Y su jefe de gabinete, Miguel Ángel Rodríguez, aún fue más allá. Acusó públicamente a una hija de mentir sobre la muerte de su madre. Una madre real. Una mujer que murió en una residencia de Madrid. Acusarla de inventar su dolor. ¿Hasta dónde están dispuestos a llegar para proteger el relato? ¿Hasta qué punto están dispuestos a pisotear la verdad, la memoria y la compasión?

¿Cómo se puede actuar así? ¿Cómo se puede tener una conciencia tan atrofiada?

No habrá justicia ni reparación sin responsables. No basta con imputaciones menores. No basta con sacrificar piezas intermedias. Aquí se necesita que los verdaderos responsables —los que firmaron, los que ejecutaron, los que defendieron— rindan cuentas ante la ley. Porque la muerte sin cuidados, sin atención, sin dignidad, es una doble tragedia: primero para quien la sufre, y luego para la sociedad que la permite.

Lo más terrible no fue la muerte. Fue la forma. Fue la soledad. Fue la resignación programada desde los despachos del poder. Fue el olvido institucional. Fue convertir en prescindibles a quienes toda la vida fueron ciudadanos, padres, madres, abuelos, personas.

Y lo más indecente es que aún haya quien lo defienda. Quien lo excuse. Quien lo relativice.

Lo hemos visto en otros contextos. En la guerra. En Gaza. En los que justifican la muerte de niños. En los que deshumanizan al enemigo. En los que normalizan lo intolerable.

Por eso no nos sorprende. Pero sí nos repugna.

Porque aún creemos —a pesar de todo— que hay límites. Que hay cosas que no se pueden tolerar. Y que hay muertos que, si no reciben justicia, seguirán muriendo cada día en nuestra conciencia colectiva.

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