​YO NO QUIERO SABER DE QUÉ COLOR ES SU PIEL. QUIERO SABER POR QUÉ UN NIÑO SOLO NOS INCOMODA MÁS QUE 353.000 UCRANIANOS

YO NO QUIERO SABER DE QUÉ COLOR ES SU PIEL. QUIERO SABER POR QUÉ UN NIÑO SOLO NOS INCOMODA MÁS QUE 353.000 UCRANIANOS


POR FIDEL ROMERO


Hay preguntas que incomodan. Y precisamente por eso creo que hay que hacerlas.


Estos días leo que la llegada de unos cientos de menores extranjeros no acompañados a Ceuta se presenta casi como una crisis nacional. Y no puedo evitar una pregunta: ¿dónde estaba ese límite cuando España acogió a cientos de miles de personas que huían de la guerra de Ucrania?


A 30 de junio de 2026, más de 353.000 personas ucranianas residían en España con protección temporal.


Y quiero dejar algo claro desde el principio: no tengo nada que reprochar a esa acogida. Cuando alguien huye de una guerra, cuando una familia abandona su casa, cuando una madre intenta poner a salvo a sus hijos, la solidaridad no es una opción. Es una obligación moral.


Por eso no cuestiono esa respuesta. Lo que cuestiono es que ahora se intente presentar a unos cientos de niños solos como una amenaza desproporcionada.


Porque aquí está la clave: no estamos hablando de miles de adultos. Estamos hablando de menores. Niños que llegan solos.


Y sí, Ceuta tiene un problema real. Ha llegado a tener más de 470 menores bajo tutela en un contexto de fuerte presión migratoria. Claro que hay un problema. Pero un problema no se resuelve con miedo ni con discursos que convierten a los menores en culpables.


Y entonces me hago una pregunta que puede resultar incómoda, pero que creo que debemos atrevernos a formular: ¿qué pasa?, ¿que no son rubios con los ojos azules?


Porque lo importante no es su origen, su religión o el color de su piel. La única pregunta relevante es: ¿son niños que están solos?


Si la respuesta es sí, la obligación debería ser clara.


Podemos debatir sobre fronteras, sobre recursos, sobre inmigración o sobre cómo debe gestionarse la llegada de personas a nuestro país. Podemos exigir una política migratoria seria y fronteras seguras. Podemos exigir que Marruecos cumpla sus obligaciones y que Europa asuma su responsabilidad. Pero no podemos convertir a un menor en el responsable del problema.


Un niño no ha decidido nacer donde nace. No ha elegido las guerras. No ha diseñado la política migratoria. No ha provocado la pobreza. Y, desde luego, no ha elegido llegar solo a Ceuta.


También quiero decir algo que considero fundamental: Ceuta no puede estar sola.


Ni Ceuta, ni Melilla, ni Canarias, ni ninguna otra comunidad que se encuentre en primera línea de una ruta migratoria puede asumir por sí sola una situación de esta dimensión. La solución tiene que pasar por el reparto, los recursos y la responsabilidad compartida.


Pero tampoco podemos confundir una cosa con otra. Que Ceuta necesite ayuda no significa que esos niños puedan quedar abandonados.


Y es precisamente aquí donde aparece mi verdadera preocupación. Tengo la sensación de que estamos construyendo una solidaridad con dos velocidades.


Cuando hablamos de refugiados ucranianos, hablamos de acogida, derechos y protección. Y me parece bien. Cuando hablamos de una familia europea que huye de una guerra, entendemos perfectamente su miedo, su necesidad y su derecho a buscar un lugar seguro.


Pero cuando hablamos de menores africanos o subsaharianos, aparecen con demasiada facilidad palabras como “invasión”, “efecto llamada”, “amenaza” o “seguridad”.


Y entonces vuelvo a preguntarme: ¿en qué momento dejamos de ver a un niño y empezamos a ver solamente su nacionalidad?


También creo que tenemos que atrevernos a mirar un poco más lejos y preguntarnos por qué huyen.


No todos huyen por la misma razón. Hay guerras, hambre, persecución, dictaduras, pobreza, falta de oportunidades y familias que sencillamente ya no pueden mantener a sus hijos. Pero tampoco podemos ignorar que muchos de esos países han sido históricamente empobrecidos, explotados o condicionados por intereses externos, también europeos.


Hablamos de países con enormes riquezas naturales, con petróleo, gas, fosfatos, minerales, tierras y otras materias primas. Y, sin embargo, millones de personas viven en la pobreza.


Yo vivo en una Europa rica. Una Europa con carreteras, hospitales, agua, electricidad, gas, tecnología, coches circulando y todas las comodidades que proporciona nuestro modelo de vida. Y no puedo dejar de preguntarme cómo es posible que haya países extraordinariamente ricos en recursos donde su propia población no pueda disfrutar de esa riqueza.


Durante décadas hemos mantenido relaciones económicas y políticas con gobiernos autoritarios. Nos hemos sentado a la mesa con dictadores y con regímenes que vulneran derechos fundamentales cuando esos acuerdos resultaban útiles para nuestros intereses económicos, energéticos o estratégicos.


Y muchas veces resulta más fácil entenderse con quien está dispuesto a vender las riquezas de su pueblo que con quien decide que determinados recursos deben quedarse en su país y beneficiar a su propia gente.


Después nos sorprendemos de que haya personas que quieran marcharse.


No digo que esta sea la única explicación de la inmigración, porque no lo es. Pero sí digo que forma parte de la realidad que debemos mirar de frente.


Porque es muy fácil defender nuestras fronteras cuando vivimos en el lado rico de la frontera. Lo difícil es mirar al otro lado y preguntarnos qué está ocurriendo allí para que una persona esté dispuesta a arriesgarlo todo, incluso su propia vida, para cruzarla.


Y cuando quien cruza esa frontera es un niño que llega solo, todavía deberíamos hacernos esa pregunta con más fuerza.


No se trata de quitarle nada a nadie. No quiero quitarle absolutamente nada a una persona ucraniana. No quiero que se reduzca la protección a quien huye de una guerra. No quiero que se cierre ninguna puerta a quien necesita ayuda.


Quiero exactamente lo contrario.


Quiero que esa solidaridad sea universal. Quiero que nuestros principios no dependan del color de la piel. Quiero que nuestros derechos no tengan nacionalidad. Quiero que nuestra humanidad no tenga fronteras.


Porque si somos capaces de decir que una familia ucraniana que huye de las bombas merece protección, debemos ser capaces de mirar a un menor que llega solo y decir exactamente lo mismo:


TÚ TAMBIÉN MERECES PROTECCIÓN.


Y si alguien considera que España no tiene recursos suficientes para atender a estos menores, perfecto. Hablemos de dinero. Hablemos de presupuestos, de plazas, de profesionales, de financiación, de planificación y de cómo repartir los costes y las responsabilidades.


Pero no usemos la pobreza de un niño como argumento político.


Porque eso es demasiado fácil.


Y demasiado cruel.


España necesita coordinación, recursos y responsabilidad compartida. Necesita una política migratoria seria. Necesita cooperación con los países de origen y tránsito. Necesita combatir a las mafias. Necesita proteger sus fronteras.


Pero puede hacer todo eso sin perder algo que considero mucho más importante: su humanidad.


Podemos defender nuestras fronteras sin deshumanizar a quienes llegan. Podemos combatir las mafias sin criminalizar a sus víctimas. Podemos exigir integración sin convertir al extranjero en un enemigo. Podemos decir que España tiene una capacidad limitada sin decir que un niño no merece protección.


Yo no quiero saber de dónde viene un niño antes de saber qué necesita.


Quiero saber si está solo.


Quiero saber si tiene frío.


Quiero saber si tiene hambre.


Quiero saber si necesita ayuda.


Quiero saber dónde están sus padres.


Porque antes que inmigrante, antes que extranjero y antes que cualquier etiqueta administrativa, es un menor.


Y un menor solo debería despertar una respuesta en una sociedad democrática: protección.


Por eso no voy a acusar a todo el que discrepa de mí de ser racista. No sería justo. Pero sí creo que tenemos derecho a hacernos preguntas incómodas.


Y esta es una de ellas:


¿Por qué somos capaces de acoger a cientos de miles de personas en un caso y, al mismo tiempo, discutir la protección de unos cientos de menores?


Quizá la respuesta sea compleja. Quizá tenga que ver con los recursos, con la presión migratoria, con las políticas europeas o con la capacidad de cada territorio.


Pero también deberíamos atrevernos a mirar una posibilidad mucho más incómoda: que no todos los refugiados nos generan la misma empatía.


Que quizá aceptamos con mayor facilidad al refugiado cuando se parece a nosotros y nos cuesta más hacerlo cuando su piel es diferente, cuando habla otra lengua, cuando profesa otra religión o cuando viene de un lugar que hemos aprendido a mirar desde la distancia.


Yo no quiero eso para mi país.


Quiero una España que proteja a quien huye de una guerra.


Y también a un niño que llega solo.


Quiero una España que defienda sus fronteras.


Pero que no pierda su humanidad en ellas.


Quiero una España que tenga una política migratoria seria.


Pero que nunca necesite convertir a un menor en un enemigo para conseguir votos.


Porque al final, para mí, todo se resume en una pregunta muy sencilla:


¿Qué clase de país queremos ser cuando un niño llama a nuestra puerta?


Yo lo tengo claro.


Quiero ser de los que abren.


Porque yo no quiero saber de qué color es su piel.


QUIERO SABER POR QUÉ ESTÁ SOLO.


POR FIDEL ROMERO. 


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