​CUANDO LA CRUELDAD SE CONVIERTE EN PROGRAMA POLÍTICO

CUANDO LA CRUELDAD SE CONVIERTE EN PROGRAMA POLÍTICO


LE EXIJO A JUANMA MORENO LA DESTITUCIÓN INMEDIATA DEL VICEPRESIDENTE DE LA JUNTA DE ANDALUCÍA. ANDALUCÍA NO PUEDE ESTAR REPRESENTADA POR QUIEN SEÑALA A QUIENES SALVAN VIDAS.


Por Fidel Romero Ruiz


Hay palabras que no son inocentes.


Cuando un responsable público señala a quienes rescatan personas en el mar como si fueran culpables de la tragedia, está dando un paso muy peligroso: convertir la solidaridad en sospecha y la compasión en un delito moral.


No es la primera vez que ocurre.


Hace tiempo escuchamos a dirigentes de la extrema derecha afirmar que había que hundir embarcaciones de inmigrantes. Ahora volvemos a escuchar ataques contra las organizaciones que, cada día, arriesgan su propia vida para salvar la de otros seres humanos.


Y conviene recordar una verdad tan sencilla como incómoda: las ONG no provocan los naufragios. Llegan cuando el naufragio ya existe.


No son ellas quienes provocan las guerras.


No son ellas quienes sostienen dictaduras.


No son ellas quienes expolian las riquezas de países enteros mientras condenan a millones de personas al hambre.


No son ellas quienes convierten la desesperación en el único equipaje posible.


Ellas aparecen cuando todo lo demás ha fracasado.


Aparecen cuando un padre entrega a su hijo a un desconocido porque cree que, al otro lado del mar, tendrá alguna oportunidad de vivir.


Aparecen cuando una madre sube a una patera sabiendo que puede morir, pero convencida de que quedarse significa una muerte aún más segura para sus hijos.


Nadie abandona su tierra, su idioma, su familia, sus recuerdos y toda una vida por capricho.


Nadie se lanza al Mediterráneo sobre una barca de plástico por turismo.


Nadie coloca a un bebé en un flotador porque quiera vivir una aventura.


Se hace cuando la desesperación ha vencido al miedo.


Cuando el hambre pesa más que las olas.


Cuando la guerra resulta más terrible que el mar.


Y entonces aparecen hombres y mujeres anónimos que extienden una mano para evitar que otra vida desaparezca bajo el agua.


¿De verdad alguien puede señalarles como enemigos?


¿Qué clase de sociedad estamos construyendo si perseguimos a quien salva una vida mientras guardamos silencio ante las causas que obligan a millones de personas a huir?


Por todo ello, le exijo al presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, que destituya de inmediato a Manuel Gavira como vicepresidente. Andalucía no puede estar representada por quien convierte en sospechosos a quienes salvan vidas y desacredita el trabajo de organizaciones que encarnan los mejores valores de la humanidad.


Nuestra tierra ha sido, a lo largo de la historia, una tierra de acogida, de emigrantes y de solidaridad. Millones de andaluces tuvieron que marcharse buscando el pan y la esperanza que aquí les fueron negados. No podemos permitir que, desde la Vicepresidencia de la Junta, se lancen mensajes que alimentan el rechazo hacia quienes hoy recorren el mismo camino de la desesperación que un día recorrieron tantos de los nuestros. Andalucía merece representantes que honren su historia y su humanidad, no que la avergüencen con declaraciones incompatibles con la dignidad del cargo que ocupan.


Soy ateo y nunca lo he ocultado.


Pero no necesito creer en Dios para comprender que dejar morir a un niño delante de nosotros sería una derrota moral insoportable.


No necesito ninguna religión para entender que la dignidad humana está por encima del color de la piel, del lugar de nacimiento o del pasaporte.


Y, precisamente por eso, me resulta incomprensible que quienes más exhiben símbolos religiosos sean, en demasiadas ocasiones, los primeros en negar la compasión al extranjero, al pobre y al desesperado.


La solidaridad nunca será el problema.


El problema son las guerras que nadie quiere detener.


El problema es el hambre que beneficia a demasiados intereses.


El problema son las dictaduras que algunos toleran cuando favorecen sus negocios.


El problema es un mundo capaz de expoliar continentes enteros y escandalizarse después cuando quienes han sido despojados llaman a nuestra puerta.


La historia siempre termina haciendo la misma pregunta.


No pregunta cuántos discursos pronunciamos.


No pregunta cuántas banderas agitamos.


Pregunta algo mucho más sencillo:


¿Qué hiciste cuando viste a otro ser humano ahogándose?


Quienes respondieron tendiendo la mano podrán caminar con la conciencia tranquila.


Quienes prefirieron señalar al que salvaba vidas tendrán que convivir con el peso de sus propias palabras.


Porque un discurso puede ganar votos.


Pero ninguna victoria política justifica perder la humanidad.


Y una sociedad que deja de conmoverse ante el llanto de un niño en el mar empieza, sin darse cuenta, a naufragar ella misma.


Porque ningún cargo institucional puede estar por encima de la dignidad humana. Quien desprecia la vida de los más vulnerables no está moralmente capacitado para representar a Andalucía. Y quien guarda silencio ante ese discurso acaba convirtiéndose, por omisión, en parte del problema. La historia no recordará los escaños que ocuparon unos y otros; recordará quién tendió la mano y quién decidió retirarla.

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