CUANDO EL ODIO ENTRA EN NUESTRAS CONVERSACIONES, LA DEMOCRACIA EMPIEZA A PELIGRAR
CUANDO EL ODIO ENTRA EN NUESTRAS CONVERSACIONES, LA DEMOCRACIA EMPIEZA A PELIGRAR
Por Fidel Romero
Lo que está ocurriendo en Ceuta debería hacernos reflexionar profundamente. No solamente por lo que está sucediendo allí, sino por algo que me preocupa todavía más: cómo estamos empezando a hablar de otras personas y hasta qué punto estamos normalizando palabras que hace unos años nos hubieran escandalizado.
En una conversación familiar, en un bar, entre amigos o simplemente leyendo las redes sociales, cada vez resulta más frecuente escuchar palabras como «invasores», «que se vayan», «a por ellos» o expresiones que presentan a quienes llegan como si fueran una amenaza colectiva.
Y eso debería preocuparnos.
Porque una cosa es hablar de los problemas que tiene Ceuta, exigir recursos, reclamar seguridad y pedir a las instituciones que estén a la altura. Y otra muy diferente es dejar de ver personas para empezar a ver solamente «invasores».
Ahí empieza el peligro.
Cuando dejamos de preguntarnos quién es esa persona, de dónde viene, qué ha vivido, qué le ha obligado a abandonar su casa o qué espera encontrar al otro lado, y solamente vemos al enemigo que nos presentan, hemos permitido que alguien piense por nosotros.
Y el odio, cuando se repite muchas veces, termina pareciendo normal.
No podemos permitirlo.
Ceuta necesita recursos, medios, protección y respuestas. Sus vecinos y vecinas tienen todo el derecho a vivir con tranquilidad y a reclamar soluciones. Pero la respuesta a un problema nunca puede ser la deshumanización de quienes se encuentran en una situación de vulnerabilidad.
Y tampoco podemos olvidar algo fundamental: muchas de las personas que llegan no abandonan sus países porque quieran hacerlo. Huyen de la pobreza, de la falta de oportunidades, de conflictos, de gobiernos corruptos o de unas condiciones de vida que no les permiten construir allí su futuro.
Por eso las soluciones no pueden consistir únicamente en gestionar la llegada. También tenemos que preguntarnos qué ocurre en esos países y qué responsabilidad tenemos nosotros en un modelo que durante décadas ha extraído buena parte de sus riquezas y recursos sin conseguir que esa riqueza llegue justamente a sus pueblos.
Si queremos reducir la emigración, tendremos que contribuir a que las personas puedan vivir dignamente en sus propios países.
No podemos querer sus recursos y después despreciar a quienes, empujados por la necesidad, vienen buscando una vida mejor.
Y hay algo que me resulta especialmente doloroso.
España conoce perfectamente lo que significa emigrar.
Nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros hermanos y nuestros vecinos tuvieron que marcharse en momentos muy difíciles. Muchos conocieron fuera de nuestro país las miradas de desprecio, los insultos y la sensación de ser considerados menos que los demás simplemente por haber nacido en otro lugar.
¿Cómo podemos haberlo olvidado tan pronto?
Quizás por eso me preocupa tanto lo que estamos viendo.
Porque la violencia no comienza necesariamente con un golpe. A veces comienza mucho antes: con una palabra, con una broma, con un mensaje compartido miles de veces, con una mentira repetida hasta convertirse en verdad.
Primero dejamos de ver a la persona.
Después la convertimos en un colectivo.
Después en un problema.
Y finalmente en un enemigo.
Ese camino ya lo conoce demasiado bien la historia.
Por eso no podemos permanecer indiferentes ante la propagación de mensajes de odio y xenofobia. No podemos aceptar que las redes sociales y determinados discursos políticos terminen introduciendo en nuestras casas una forma de mirar al otro basada en el miedo, el desprecio y la deshumanización.
Ceuta necesita que España esté a su lado.
Necesita recursos, soluciones y respuestas.
Pero también necesita que no permitamos que su sufrimiento sea utilizado para enfrentar a unas personas contra otras.
Yo quiero una sociedad capaz de defender a los ceutíes sin odiar al inmigrante.
Una sociedad capaz de exigir que se cumpla la ley sin abandonar la humanidad.
Una sociedad que sea capaz de ayudar a quien llega sin olvidarse de quien ya estaba.
Y, sobre todo, una sociedad que no olvide que detrás de cada cifra, de cada frontera y de cada palabra hay una persona.
Porque cuando el odio empieza a formar parte de nuestras conversaciones cotidianas, ya no estamos hablando solamente de inmigración. Estamos hablando de qué clase de sociedad queremos ser.
Y yo no quiero una sociedad que aprenda a mirar hacia otro lado cuando alguien sufre.
Quiero una sociedad que sea capaz de defender la seguridad, la dignidad, la solidaridad y los derechos humanos al mismo tiempo.
Porque Ceuta necesita soluciones. Pero nosotros también necesitamos no perder nuestra humanidad.
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