TRES MUJERES ASESINADAS. Y TODAVÍA HAY QUIEN DISCUTE EL NOMBRE DEL CRIMEN.

. TRES MUJERES ASESINADAS. Y TODAVÍA HAY QUIEN DISCUTE EL NOMBRE DEL CRIMEN.


MIENTRAS LA VIOLENCIA MACHISTA SIGUE ARREBATANDO VIDAS, HAY QUIENES PREFIEREN CUESTIONAR LAS HERRAMIENTAS QUE SE CREARON PARA COMBATIRLA.

LA POLÍTICA DEBERÍA DISCUTIR CÓMO SALVAR MÁS VIDAS, NO CÓMO PONER EN DUDA A QUIENES NECESITAN PROTECCIÓN.

Por Fidel Romero Ruiz




Hay días en los que escribir duele.

Duele porque detrás de cada línea hay una mujer asesinada. Una familia rota. Hijos e hijas condenados a crecer con una ausencia que nadie podrá reparar. Duele porque, mientras la violencia machista sigue arrebatando vidas, hay quienes continúan empeñados en negar la propia naturaleza de esa violencia.

No consigo comprender cómo hemos llegado hasta aquí.

¿Cómo es posible que, en pleno siglo XXI, existan responsables políticos que cuestionen una realidad avalada por las sentencias judiciales, por las fuerzas y cuerpos de seguridad, por los profesionales que atienden a las víctimas y por las estadísticas oficiales? ¿Cómo hemos normalizado que desde las instituciones se escuche un discurso que pone en duda aquello por lo que tantas mujeres han luchado durante décadas?

Lo más preocupante ya no es únicamente lo que dice Vox. Lo verdaderamente inquietante es que ese discurso haya dejado de ocupar los márgenes para instalarse en el centro del debate político y condicionar gobiernos.

Hubo un tiempo en el que se decía que “los trapos sucios se lavan en casa”. Aquella frase no era inocente. Era el muro de silencio que protegía al maltratador y condenaba a la mujer a soportar sola el miedo. Hoy ya no se pronuncia con esas mismas palabras, pero me preocupa que algunos discursos vuelvan a recorrer ese mismo camino: el de minimizar, relativizar o desdibujar una violencia que sigue costando vidas.

El machismo no desaparece cambiándole el nombre a la violencia.

Cada vez que se ridiculiza el concepto de violencia de género, cada vez que se intenta sustituirlo por expresiones que diluyen su significado o se cuestionan las políticas específicas de protección, se envía un mensaje profundamente peligroso. No porque las palabras maten por sí solas, sino porque las palabras construyen cultura, legitiman comportamientos y condicionan las decisiones públicas.

Las leyes no nacieron por capricho. Los recursos tampoco.

Existen porque hubo miles de mujeres que denunciaron una realidad que durante demasiado tiempo permaneció escondida entre las paredes de los hogares. Existen porque demasiadas víctimas llegaron tarde a una protección que nunca encontraron. Existen porque la sociedad entendió que mirar hacia otro lado también era una forma de complicidad.

No hay mayor irresponsabilidad política que negar una violencia que sigue arrebatando vidas y destrozando familias enteras.

Por eso me preocupa profundamente que en Andalucía el Gobierno de Juanma Moreno Bonilla haya aceptado la influencia política de quien cuestiona esos consensos democráticos. Gobernar también significa decidir con quién se construyen las mayorías y qué ideas terminan marcando la agenda pública.

No basta con condenar cada asesinato cuando ya se ha producido.

La verdadera responsabilidad política consiste en fortalecer la prevención, reforzar la protección y blindar todos los recursos destinados a salvar vidas. Lo demás son declaraciones que llegan demasiado tarde.

No quiero una Andalucía donde una mujer tenga que esperar ayuda porque faltan profesionales. No quiero una Andalucía donde una víctima encuentre una lista de espera cuando lo que necesita es salir de casa esa misma noche. No quiero una Andalucía donde un ayuntamiento siga sin integrarse plenamente en los mecanismos de coordinación policial porque nadie ha considerado prioritario hacerlo.

Y tampoco quiero una España en la que quienes niegan la violencia machista puedan decidir el futuro de las políticas públicas destinadas a combatirla.

Porque no estamos ante un simple debate ideológico.

Estamos hablando de derechos fundamentales. De seguridad. De libertad. De la posibilidad de que una mujer pueda romper con su agresor sabiendo que detrás encontrará un Estado que no la abandona.

Me produce una enorme preocupación escuchar determinadas declaraciones de dirigentes de Vox, tanto en Andalucía como en el ámbito nacional, cuestionando las leyes contra la violencia de género, proponiendo su derogación o reduciendo este problema a categorías que ignoran la desigualdad estructural que reconocen nuestro ordenamiento jurídico y los tribunales. No comparto esa visión porque considero que supone un retroceso respecto a consensos construidos tras años de trabajo institucional y social.

La violencia machista no necesita menos leyes; necesita menos asesinos y más protección para las mujeres.

No podemos permitirnos retroceder.

Cada euro destinado a prevención, atención psicológica, asistencia jurídica, protección policial o casas de acogida no es un gasto. Es una inversión en vidas humanas.

Cada profesional que acompaña a una víctima representa una oportunidad para romper el círculo del miedo.

Cada medida de protección puede significar la diferencia entre vivir o morir.

Por eso no pienso callarme.

Porque el mayor triunfo del machismo sería conseguir que acabáramos aceptando esta tragedia como si fuera inevitable.

No lo es.

Lo inevitable es actuar. Lo inevitable es reforzar las políticas públicas. Lo inevitable es proteger a las mujeres con todos los recursos del Estado y de la Junta de Andalucía.

La violencia machista no desaparecerá porque algunos dejen de nombrarla.

Desaparecerá el día en que toda la sociedad, sin excepciones ni cálculos políticos, decida combatirla con la misma firmeza con la que hoy lamenta cada asesinato.

Porque mientras algunos discuten las palabras, otras mujeres siguen perdiendo la vida.

Y esa es una realidad demasiado cruel como para convertirla en moneda de cambio de ninguna estrategia política.


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