REBINAR CON JULIO ANGUITA, DIEZ AÑOS DESPUÉS
REBINAR CON JULIO ANGUITA, DIEZ AÑOS DESPUÉS
Por Fidel Romero
Hay personas que dejan recuerdos. Julio Anguita dejaba preguntas.
Tuve la inmensa suerte de conocerlo, de compartir con él muchas horas de conversación y de aprender de una forma de entender la política que hoy echo profundamente de menos. Julio no hablaba para convencerte. Hablaba para obligarte a pensar. Y esa era, probablemente, una de sus mayores virtudes.
En mi familia terminó instalándose una palabra que utilizábamos muchas veces después de aquellas conversaciones: rebinar.
Mi hermano Antonio, mis hermanos y yo la repetíamos casi como una forma de resumir lo que ocurría cada vez que hablábamos con Julio. Rebinar era darle vueltas a una idea, cuestionarla, volver a pensarla, no conformarse con la primera explicación. Era salir de una conversación con más preguntas que respuestas, pero también con más herramientas para comprender la realidad.
Eso hacía Julio constantemente.
No hablaba para convencerte. Hablaba para que rebinaras. Para que desmontaras tus propias certezas y volvieras a construirlas sobre argumentos y no sobre consignas.
Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que esa era una de sus mayores enseñanzas. En una sociedad donde cada vez se premia más la inmediatez, el eslogan y la opinión rápida, Julio defendía algo mucho más revolucionario: detenerse a pensar.
Hace ahora diez años, durante la campaña de las elecciones andaluzas en la que Antonio Maíllo encabezaba la candidatura de Izquierda Unida, Julio pronunció uno de esos discursos que merece la pena volver a escuchar sin prisas.
He vuelto a hacerlo estos días.
Y he vuelto a rebinar.
No porque Julio fuera un profeta, sino porque supo identificar problemas estructurales que, lejos de desaparecer, siguen formando parte del debate político y social de nuestro país.
Aquel discurso hablaba de la corrupción como un fenómeno que impregnaba las instituciones; de la pérdida de soberanía política y económica; de la influencia de poderes que no pasan por las urnas; de una democracia que corría el riesgo de reducirse únicamente al hecho de votar cada cuatro años; y de una ciudadanía que, poco a poco, se iba acostumbrando a convivir con situaciones que nunca debieron parecer normales.
Pero, sobre todo, aquel discurso contenía una pregunta que sigue resonando diez años después:
«¿Qué vais a hacer vosotros?»
No preguntaba qué iba a hacer un partido político. No preguntaba qué haría un líder. Interpelaba directamente a los ciudadanos.
Esa era la esencia del pensamiento de Julio Anguita. La política no podía delegarse completamente en quienes ocupaban las instituciones. Sin una ciudadanía crítica, organizada y participativa, ningún cambio profundo sería posible.
Escuchar hoy aquel discurso obliga, inevitablemente, a comparar muchas de aquellas reflexiones con la realidad actual. El debate sobre la independencia de las instituciones, la influencia de intereses económicos en las decisiones políticas, la pérdida de confianza en los poderes del Estado, la creciente polarización o la desafección política siguen ocupando el centro de la vida pública española.
Cada lector extraerá sus propias conclusiones.
Yo tengo las mías.
Creo que Julio comprendió antes que muchos que los grandes problemas de nuestro país no podían analizarse únicamente desde la confrontación entre partidos. Su mirada iba mucho más allá. Le preocupaban los mecanismos del poder, la calidad democrática, la cultura política y, especialmente, la pasividad de una sociedad que podía terminar aceptando como inevitable aquello que nunca debería normalizarse.
Hay una reflexión del discurso que considero especialmente vigente. Julio advertía del peligro de quienes se definían como «apolíticos». Decía que esa indiferencia era el mejor aliado de un sistema que necesitaba ciudadanos resignados antes que ciudadanos comprometidos.
Diez años después merece la pena preguntarse si esa advertencia no sigue teniendo plena actualidad.
No se trata de idealizar a Julio Anguita ni de convertir cada una de sus palabras en una verdad absoluta. Estoy convencido de que él habría sido el primero en rechazar ese papel. Lo que defendía era exactamente lo contrario: el pensamiento crítico, la duda, el estudio, el debate y la capacidad de cuestionarlo todo, incluso las propias convicciones.
Echo de menos aquellas conversaciones.
Echo de menos salir de ellas con la cabeza llena de preguntas.
Echo de menos una forma de hacer política basada en la coherencia entre lo que se decía y lo que se hacía.
Por eso comparto de nuevo este discurso.
No para que nadie piense como Julio Anguita.
Sino para que, al terminar de escucharlo, cada uno dedique unos minutos a hacer lo que él nos enseñó durante toda su vida.
A rebinar.
Porque quizá la mayor enseñanza que nos dejó no fue una respuesta.
Fue la obligación moral de no dejar nunca de pensar.
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